El amor, ¿aún?

Reseñas generales

El prólogo de la última película de la directora con ascendencia surcoreana Celine Song, ya introduce los preceptos de la misma. Una pareja en la época de las cavernas, que vive de la recolección de frutos y la caza, sin estar rodeada de objetos de lujo alguno, se enamora. Y es que el amor es, en rigor, aquello que escapa al discurso capitalista, que está más allá de él, porque cuando ocurre excede todo cálculo, cuantificación o utilitarismo consciente que se haya realizado. Y es por eso es que el psicoanalista Jacques Lacan dice que el capitalismo rechaza las cosas de amor, pues el imperativo de productividad y eficiencia con el que nos determina nos deja reducidos a que seamos, o bien mercancías o bien consumidores.  

El segundo largometraje de Song, Amores materialistas (Materialists, 2025) se inspira también en elementos autobiográficos; ya no de su idiosincrasia de origen surcoreano como en Vidas pasadas (Past Lives,2023), sino de su experiencia durante los meses en que trabajó como casamentera para ganarse la vida. La película sigue entonces a Lucy (Dakota Johnson), una joven que trabaja como casamentera para la agencia Adore y que es exitosa en dicha tarea, pues ya ha logrado matchear y llevar al altar a nueve parejas, algo que la empresa celebra. 

Así accedemos tanto a las dificultades que se le presentan realizando su trabajo, como a los propios dilemas sentimentales de su vida privada como mujer, siendo todavía joven, bonita, talentosa y laboralmente exitosa, pero aún soltera.  

A través del trabajo de Lucy en sus encuentros con sus clientes, en plano cerrado y fijo al modo de la entrevista, vemos cómo el mundo de las citas es un mercado donde el valor de los individuos que se ofertan en él está determinado, y puede variar, según su salario, su altura, su apariencia física y, a la vez, cómo el usuario, al contratar el servicio de la casamentera, se convierte en un consumidor. Paradigmático en este punto es el caso de la clienta Sophie (Zoe Winters); cuyo valor en el mercado de las citas es bajo al no tener ninguna cualidad destacable que la haga “vendible” a algún usuario. 

Se trata de la misma situación con las apps de citas, aunque mediado por una agente casamentera, que arregla los encuentros en función de las coincidencias que ambos usuarios tienen de acuerdo a los requisitos que conscientemente buscan en su partaneire. La tarea de la casamentera es entonces emparejar mercancías que puedan ser similares, se matchea por coincidencias, y se dejan por fuera las diferencias tanto entre partenaires como así también entre lo buscado y lo encontrado en el otro. Donde otrora en los romances de época, mediaba la madre de la joven buscandole pretendientes, en la actualidad reina el algoritmo o la intuición de la casamentera contratada para vincular los perfiles. En esta línea es donde cobra valor el título en inglés Materialists, dando cuenta de que buscamos relacionarnos con un otro a partir de requisitos específicos, tangibles y definidos de antemano. Mientras que el matiz que aporta la traducción al castellano, Amores materialistas, da cuenta de cómo el capitalismo ha penetrado y colonizado las cosas del amor transformando al amor mismo y a los sujetos que buscan el amor (las viejas figuras clásicas del amante y del amado), en meras mercancías. 

Por otro lado, tomando la vida íntima de Lucy, en el casamiento de su clienta Charlotte, conoce a Harry (Pedro Pascal), el hermano del novio; con quien pese a la reticencia inicial; comienza a frecuentarse y a involucrarse. Harry es lo que en el mercado de las citas se define como un unicornio porque es perfecto: tiene un buen pasar económico al ser financista, es agradable, atento, buen mozo, inteligente, en definitiva; es el famoso príncipe azul anhelado por cualquier mujer. Viniendo ambos de diferentes backgrounds familiares (familia de financistas vs. familia trabajadora) y por tanto; teniendo una posición diferente en el mercado de las citas; si Lucy acepta verse más seriamente con Harry es porque el vínculo con él, la hace sentir valiosa en términos cuantificables y es una posibilidad de ascenso social. 

Pero al mismo tiempo, en ese casamiento, la casualidad reencuentra a Lucy con John (Chris Evans); su ex-pareja, que trabaja como mozo mientras sostiene su deseo de ser actor, quien vive todavía en un departamento compartido con otros compañeros. El flashback hacia el pasado repone información de que fueron motivos económicos los que llevaron a la separación a esta pareja, al querer realizar una salida de festejo de aniversario en un restaurant, que a John se le hacía difícil costear. Las aspiraciones materiales de Lucy para su vida junto a John, que se cifran en el vestido de color azul frío, calculador que usa en la boda; es aquello que acarrea conflicto en esta pareja que claramente se ama.  

El triangulo romántico se cruza en ocasión de la obra del off Broadway en la que está actuando John, de la cual vemos el comienzo. Se trata de una escena de dos personajes de la obra de teatro de la propia Song, llamada Endlings (2019), que en clave de comedia del absurdo presenta otra versión de amor. Se trata del amor romántico, duradero y hasta que la muerte los separe; que empieza con una primera cita pero que culmina con la muerte y que, en las antípodas del banal amor materialista del mundo de las citas, apunta a preservar la dimensión sagrada; trascendental del amor, que el capitalismo ha rechazado para transformarlo en mercancía rápidamente consumible y descartable.  

Song es lúcida en las ideas que presenta a lo largo de la película, y que pone en boca de Lucy como su alter-ego; transmitiendo su mirada y su lectura acerca de los problemas de la época contemporánea. Véase por ejemplo, cuando plantea la diferencia entre el mundo de las citas y el matrimonio en tanto acuerdo comercial rentable (que acerca el trabajo de Lucy al de la morgue o los seguros, por la dimensión mortífera del cálculo; del fuera de riesgo); y el amor, que simplemente ocurre por pura contingencia, por razones inconscientes que no pueden ser claramente identificables y que surge como inevitable.

Y en definitiva, siguiendo esta línea, sucede que Harry podrá ser muy perfecto como candidato, como esposo; pero del lado de Lucy el amor, simplemente no ocurre. Por otro lado, aunque se intente forzar e incluso simular, tampoco vemos realmente a un Harry enamorado de Lucy, capaz de salir de su zona de confort. Y en rigor, la dificultad que tiene Harry para amar se debe a su desmesurada riqueza económica. El rico es incapaz de amar (que no es lo mismo que establecerse en un matrimonio), porque para amar es necesario estar en falta; porque amar no es dar lo que se tiene como da Harry (lujosas cenas, flores, un departamento majestuoso, viajes); sino lo que no se tiene, esto es, la propia falta. 

En contraposición, lo que no se tiene, la falta, la imperfección, el deseo; es por el contrario, aquello que si presenta John y por eso puede amarla. Y es porque es capaz de amarla que Lucy puede amarlo a él. Porque en definitiva el amor es un acontecimiento del decir; es el "Te amo" que John puede soltar espontáneamente, que escapa a todo calculo utilitario y que no se puede evitar decir. 

Por otra parte, en el amor entre Lucy y John si bien hay similitudes (proveniencia de clase trabajadora, interés por el teatro), también hay diferencias. Y es un amor que no rechaza las diferencias, sino que las incluye como elemento con el que hay que arreglárselas para poder estar juntos. De ahí que si Lucy y John consiguen estar juntos en el final; es porque por un lado, Lucy depone ciertas aspiraciones materiales y por otro lado, John depone parte de su bohemia, comprometiéndose a buscar más trabajo e incluso a tomar parte en proyectos actorales de corte más comercial. Se trata del arreglo; del puente del amor como invento para que dos soledades puedan acompañarse. 

Se trata en el final, en la elección de Lucy por John, claramente del triunfo del misterio del amor por sobre las conveniencias del matrimonio como sociedad capitalista. Para amar es preciso estar en falta, por eso el amor no puede ocurrir entre dos mercancías, pero si entre dos seres humanos. De ahí que el mercado de las citas, que apunta a una correspondencia entre iguales e la apariencia, muestre su envés perverso y fallido como lo refleja la sentencia en que Sophie declama “Yo no soy una mercancía, soy una persona.”, tras la fallida y violenta cita con Mark.  Se trata del punto por el cual se queja por cómo ha sido tratada, mercantilizada por la casamentera, pero sin implicarse en que ella misma al contratarla, al ingresar al mundo de las citas, se ha ofertado a ser tratada de ese modo. 

En suma, Amores materialistas es una película que apunta a que el espectador pueda reflexionar sobre la degradación del amor en la época contemporánea, como efecto del discurso capitalista que lo convierte y nos convierte en mercancías o consumidores. Y este es su aspecto más logrado y potente. 

En términos del género; por su estructura y su final Amores materialistas es una comedia romántica, pero el problema que tiene es que para que funcione en términos cinematográficos que no alcanza simplemente con sostener la cáscara de las convenciones del género. Por eso el resultado es una suerte de comedia romántica desangelada y desabrida. Porque privilegia los diálogos dramáticos explícitos y reiterados al servicio del mensaje que quiere hacer pasar la directora, por sobre los otros elementos de la puesta en escena. Es en la ejecución desalmada, carente de la chispa del humor y del malentendido, en fin; de la gracia y de la magia necesarias para convertirla en icónica y memorable, que termina triunfando el cinismo de la época contemporánea, más que el amor por las comedias románticas. 

 

 

 

 

 

Comentarios 1

M
Mari Stocco24 de septiembre de 2025
Igual, aunque la reflexión es buenísima, me quedé con la sensación de que como comedia romántica no termina de funcionar. Faltó humor, faltó esa magia que te hace suspirar. Al final me pareció más un ensayo disfrazado de rom-com. Pero aun así me dejó pensando días enteros.

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