Maximo Decimo Milenial
Reseñas generalesSoy Máximo, décimo comandante de los ejércitos del Norte, general de las legiones Fénix y fiel servidor del verdadero emperador Marco Aurelio. Tras mi batalla con el emperador Cómodo —digo “ficticio” por lo inepto y débil; alguien sin la habilidad de reinar, aunque nacido con el poder para hacerlo— emprendí un viaje en mi mente. Yacía herido en la arena, con tantas esperanzas de ver a mi hijo y a mi esposa que aquello que llaman morir era, en ese momento, lo más preciado.

Comencé a temblar y sentí un frío que quemaba como fuego todo mi ser. Susurros se mecían de un oido a otro sin cesar; mi cabeza daba vueltas y miles de imágenes cruzaban mi mente. Los susurros se convirtieron en gritos y las imágenes en oscuridad. De pronto hubo un estruendo, como cuando dos ejércitos chocan en batalla, y después un silencio abrumador de muerte. Una luz cubrió mis ojos; extrañamente, se abrieron por completo.

Lo primero que reconocí fue una habitación iluminada por una fogata, con algo cociéndose encima y una anciana que limpiaba mi cuerpo, mirándome con preocupación. Intenté ponerme en pie para huir, pero mi cuerpo no me lo permitió; caí de nuevo sobre la cama con un dolor más profundo del que jamás había conocido. Volví a sumergirme en un sueño precario: un desastre en todo su esplendor, una pesadilla que duraba tanto como el sufrimiento eterno —algo así como el purgatorio.

Cuando logré reconectar mi cuerpo con la mente y levantarme, encontré junto a mí unos trapos extraños y una nota que decía: “Espero que los shorts y las sandalias de mi hijo te sean de ayuda para continuar tu viaje.” Me cubrí con las ropas y me dispuse a salir. Al abrir la puerta no podía creer lo que veían mis ojos ni lo que contemplaba mi alma: ¿qué había pasado con Roma? ¿Qué le ocurría a las calles y a sus gentes?
Los hombres caminaban delgados y frágiles, con miradas perdidas. El sistema, al parecer, estaba más corrupto que nunca —algo casi inimaginable—. Ya no había necesidad de luchar en la arena: los hombres se mataban en las calles sin pudor ni motivo aparente. El Senado, murmuraban, estaba lleno de ratas cosa que al parecer si seguia tal cual; el cielo mostraba un gris amenazador, como una tormenta que se aproxima, y respirar era tan complicado como cuando llevaba la armadura con la herida que me había causado Cómodo. Supe en un instante, sin dar más de dos pasos, que si en la arena había sido fácil elegir la muerte por la gloria, en este infierno gris —sin campos ni cultivos, sin animales, sin vida— aqui sería aún más sencillo sucumbir.

Caminé hasta la playa, donde aguardaban las olas frescas del mar. No dudé: me sumergí en sus aguas y avancé hasta estar totalmente bajo la superficie. La respiración se tornó imposible, y por un momento fui feliz; mi hora parecía cumplirse. Comencé a temblar y sentí un frío que quemaba como fuego todo mi ser. Susurros se mecían de un oido a otro sin cesar; mi cabeza daba vueltas y miles de imágenes cruzaban mi mente. Los susurros se convirtieron en gritos y las imágenes en oscuridad. De pronto hubo un estruendo, como cuando dos ejércitos chocan en batalla, y después un silencio abrumador. Una luz me cubrió los ojos.
Cuando los abrí, estaba nuevamente tendido en la arena del coliseo. Sentí alivio y, al incorporarme, distinguí a mi familia. Caminé entre los campos de trigo y…

Maximo Decimo Milenial


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