MI AMIGA CANDY
NarrativaNunca podría sacar de mi mente esas melodías ni la religiosidad con que esperaba la hora para ver mis comiquitas vespertinas. Era un ritual sagrado en mi niñez: la tarde caía lentamente, el calor se colaba por las ventanas, y yo me sentaba frente a aquella TV que tenía una perilla para pasar los canales manualmente y una pantalla de apenas trece pulgadas. Sí, a color, claro… pero más colores podían tocar mis ojos de apenas cuatro años que los que la tecnología podía mostrar.
Recuerdo con nitidez aquella “flautilla” que sonaba alegremente, anunciando que el momento había llegado: “Si me buscas, tú a mí, me podrás encontrar, yo te espero aquí, sí, sí, este es mi lugar”. Y ahí estaba yo, encontrándome con mi amiga Candy todos los días, mientras duró la transmisión y las repeticiones del ánime en los canales nacionales. Fue un acompañamiento constante durante toda mi infancia y buena parte de mi adolescencia. El único televisor familiar fue cambiando con los años a uno más moderno, pero igualmente pequeño, y curiosamente compartido con bastante equidad entre mis hermanos y padres.
“Si quieres reír, descubre la alegría de soñar, un mundo de aventuras sin igual”. Esa letra se iba quedando en mí, dibujando partes de mi identidad que no compartía con nadie. Era como si cada verso fuera una semilla que germinaba en silencio. Y, sin darme cuenta, se cumplía en mi vida la promesa de la canción: “Si te sientes solo, recurre a mí, te estaré esperando aquí. Cuéntame tu historia, te alegrará saber que una amiga tendrás”.
Hoy comprendo que la resiliencia de Candy ante las tribulaciones que enfrentaba capítulo tras capítulo no era solo ficción. Salía rota física y emocionalmente del roce social cruel y discriminatorio, pero conservaba puro su corazón para amar y servir. Esa fuerza silenciosa me enseñó que la ternura no es debilidad, que la bondad puede ser un acto de resistencia.
Incontables noches pasé tarareando su melodía para dormir, como si fuera una canción de cuna: “Cierro los ojos, quiero soñar con un dulce porvenir. Quiero vivir y disfrutar la alegría de la juventud. Cada noche, para mí, mil estrellas que den luz… Jira, jira, carrusel, tus ruedas de cristal”. Mis lágrimas caían silenciosas, porque seguía sin hablar de eso con nadie. Era un refugio íntimo, un diálogo secreto entre mi corazón y esa música.
Ni mi madre nunca supo que Candy Candy me guió para siempre seguir mi instinto, ser autónoma, tomar mis propias decisiones y discernir mi camino incluso dentro de la tormenta más cruenta: aquella que ocurre dentro, la que no se ve, la que te obliga a elegir si sales de ella más oscuro o más luminoso.
Con el tiempo entendí que no era solo un dibujo animado. Era una escuela emocional. Me enseñó que la vida no siempre es justa, que las pérdidas duelen, que la soledad pesa… pero también que la amistad, la esperanza y la capacidad de soñar son faros que pueden sostenernos incluso en la noche más cerrada.
A veces, cuando escucho una flauta dulce o una melodía infantil, me sorprendo sonriendo. No es solo nostalgia: es gratitud. Gratitud por aquella niña que, sentada frente a una pequeña pantalla, aprendía sin saberlo a ser fuerte, a cuidar de su luz interior y a creer que, pase lo que pase, siempre habrá un lugar —aunque sea en la memoria— donde una amiga te espera.





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