Haruki-earth
Reseñas generalesEl aire estaba cargado de polvo, como si alguien hubiese agitado un saco de cenizas sobre las calles vacías. Los edificios, corroídos por el óxido y la humedad, parecían gigantes dormidos que con el tiempo se habían rendido. Nadie en su sano juicio entraría en aquella zona olvidada, pero para cuatro niños era un mundo de aventuras.
—¡Apúrate, Haruki! —gritó Kaito, corriendo sobre los restos de una viga caída.
—¡Te vas a caer! —le advirtió Rei, con su cuaderno apretado contra el pecho.
Haruki iba detrás, con la respiración entrecortada pero con una sonrisa terca en el rostro. Tenía apenas diez años, pero la energía suficiente para seguirle el paso al siempre impetuoso Kaito. Tras él, Hiroshi, su hermano menor, arrastraba un carrito oxidado lleno de botellas, piedras y algún que otro juguete roto que había encontrado en sus expediciones.
El silencio del lugar era inquietante. A cada paso, el eco de las risas infantiles chocaba contra paredes descascaradas. Era como gritar en una tumba gigante.
Fue Rei quien lo vio primero.
En el suelo, casi cubierto por tierra y hierbas, había una compuerta metálica con un símbolo extraño pintado en rojo.
—¿Qué es esto? —preguntó con voz curiosa, señalando la tapa.
Kaito, emocionado, se arrojó de rodillas y empezó a limpiar con las manos sucias. El metal estaba frío, más firme que cualquier cosa en aquellas ruinas. Haruki y Rei lo ayudaron, mientras Hiroshi los miraba con desconfianza, chupándose el dedo pulgar.
Con un rechinido, la compuerta se abrió. Un olor rancio, subterráneo, salió disparado como un aliento guardado por años. Un pasillo descendía hacia la oscuridad.
—Parece… un escondite secreto —susurró Haruki, con ojos brillantes.
—¡Vamos! —ordenó Kaito, y sin pensarlo empezó a bajar.
Los demás lo siguieron, aunque Rei dudó unos segundos. Hiroshi se aferró a la camiseta de su hermano mayor, temblando.
Abajo encontraron un espacio extraño. Era un cuarto metálico, con paredes reforzadas y camas de hierro alineadas contra un costado. Había cajas oxidadas, estanterías vacías y un escritorio partido en dos. El eco de sus pasos resonaba con fuerza.
—Esto es como… un castillo subterráneo —dijo Rei, maravillada.
—O una base secreta de guerra —añadió Kaito, golpeando la pared con la barra de hierro que había encontrado.
Haruki encendió la linterna rota que había llevado, y la luz temblorosa iluminó el lugar como si fuese una cueva de tesoros. Para ellos, aquello no era peligroso: era un escenario perfecto para jugar.
Pero entonces, afuera, el mundo explotó.
Un estruendo sacudió la tierra como un rugido monstruoso. El techo tembló, la compuerta se cerró de golpe, y el aire caliente entró como una bocanada ardiente. Hiroshi gritó y se abrazó al cuello de Haruki. Rei cayó de rodillas, con el cuaderno apretado contra el pecho. Kaito se quedó paralizado, con la barra de hierro aún en las manos.
—¡¿Qué fue eso?! —chilló Rei.
—No lo sé… —Haruki apenas podía respirar, el corazón le latía en los oídos.
El ruido fue seguido por un silencio absoluto. Ni aves, ni viento, ni nada. Solo el eco de sus respiraciones agitadas.
Pasaron minutos. Luego horas. Intentaron abrir la compuerta, pero no cedía. Quedaron atrapados.
Los primeros días fueron un juego.
Dormían en las camas metálicas, inventaban historias de soldados atrapados en un fuerte, usaban las botellas del carrito de Hiroshi para hacer sonidos y jugaban a adivinar formas en la oscuridad.
—¡El mío parece un dragón! —decía Kaito, golpeando el suelo para que su sombra se viera más grande.
—¡Ese es un pollo! —rió Haruki. Rei lo dibujaba todo en su cuaderno, incluso las tonterías, como si quisiera recordar cada detalle.
Pero pronto llegó el hambre.
Las cajas estaban vacías, no había comida. El agua que llevaron en botellas duró poco. Haruki intentaba racionarla, pero Hiroshi lloraba en las noches pidiendo más.
Al día diez, Rei temblaba en silencio mientras escribía. Kaito golpeaba la puerta con desesperación hasta hacerse sangrar los nudillos. Haruki fingía sonreír para animar a los demás, pero cada noche lloraba a escondidas, abrazando a Hiroshi.
—Haruki… —susurró Rei una noche, con la voz débil—. ¿Vamos a morir aquí?
Él no respondió. No quería mentir, pero tampoco podía decir la verdad: que no lo sabía.
Al día veinte, cuando la esperanza estaba por quebrarse, la compuerta cedió. El metal oxidado se abrió con un gemido largo y chirriante. La luz los cegó.
Subieron a la superficie, tambaleándose, y lo que vieron los dejó mudos.
El mundo que conocían había desaparecido.
Edificios cubiertos de raíces. Autos oxidados tragados por enredaderas. Calles convertidas en selvas. En el aire, un murmullo extraño, como un rugido apagado.
—¿Dónde… dónde está la gente? —preguntó Hiroshi, con la voz quebrada.
Nadie respondió.
A lo lejos, un grito gutural resonó, un sonido que no era humano.
El juego había terminado.El aire estaba cargado de polvo, como si alguien hubiese agitado un saco de cenizas sobre las calles vacías. Los edificios, corroídos por el óxido y la humedad, parecían gigantes dormidos que con el tiempo se habían rendido. Nadie en su sano juicio entraría en aquella zona olvidada, pero para cuatro niños era un mundo de aventuras.
—¡Apúrate, Haruki! —gritó Kaito, corriendo sobre los restos de una viga caída.
—¡Te vas a caer! —le advirtió Rei, con su cuaderno apretado contra el pecho.
Haruki iba detrás, con la respiración entrecortada pero con una sonrisa terca en el rostro. Tenía apenas diez años, pero la energía suficiente para seguirle el paso al siempre impetuoso Kaito. Tras él, Hiroshi, su hermano menor, arrastraba un carrito oxidado lleno de botellas, piedras y algún que otro juguete roto que había encontrado en sus expediciones.
El silencio del lugar era inquietante. A cada paso, el eco de las risas infantiles chocaba contra paredes descascaradas. Era como gritar en una tumba gigante.
Fue Rei quien lo vio primero.
En el suelo, casi cubierto por tierra y hierbas, había una compuerta metálica con un símbolo extraño pintado en rojo.
—¿Qué es esto? —preguntó con voz curiosa, señalando la tapa.
Kaito, emocionado, se arrojó de rodillas y empezó a limpiar con las manos sucias. El metal estaba frío, más firme que cualquier cosa en aquellas ruinas. Haruki y Rei lo ayudaron, mientras Hiroshi los miraba con desconfianza, chupándose el dedo pulgar.
Con un rechinido, la compuerta se abrió. Un olor rancio, subterráneo, salió disparado como un aliento guardado por años. Un pasillo descendía hacia la oscuridad.
—Parece… un escondite secreto —susurró Haruki, con ojos brillantes.
—¡Vamos! —ordenó Kaito, y sin pensarlo empezó a bajar.
Los demás lo siguieron, aunque Rei dudó unos segundos. Hiroshi se aferró a la camiseta de su hermano mayor, temblando.
Abajo encontraron un espacio extraño. Era un cuarto metálico, con paredes reforzadas y camas de hierro alineadas contra un costado. Había cajas oxidadas, estanterías vacías y un escritorio partido en dos. El eco de sus pasos resonaba con fuerza.
—Esto es como… un castillo subterráneo —dijo Rei, maravillada.
—O una base secreta de guerra —añadió Kaito, golpeando la pared con la barra de hierro que había encontrado.
Haruki encendió la linterna rota que había llevado, y la luz temblorosa iluminó el lugar como si fuese una cueva de tesoros. Para ellos, aquello no era peligroso: era un escenario perfecto para jugar.
Pero entonces, afuera, el mundo explotó.
Un estruendo sacudió la tierra como un rugido monstruoso. El techo tembló, la compuerta se cerró de golpe, y el aire caliente entró como una bocanada ardiente. Hiroshi gritó y se abrazó al cuello de Haruki. Rei cayó de rodillas, con el cuaderno apretado contra el pecho. Kaito se quedó paralizado, con la barra de hierro aún en las manos.
—¡¿Qué fue eso?! —chilló Rei.
—No lo sé… —Haruki apenas podía respirar, el corazón le latía en los oídos.
El ruido fue seguido por un silencio absoluto. Ni aves, ni viento, ni nada. Solo el eco de sus respiraciones agitadas.
Pasaron minutos. Luego horas. Intentaron abrir la compuerta, pero no cedía. Quedaron atrapados.
Los primeros días fueron un juego.
Dormían en las camas metálicas, inventaban historias de soldados atrapados en un fuerte, usaban las botellas del carrito de Hiroshi para hacer sonidos y jugaban a adivinar formas en la oscuridad.
—¡El mío parece un dragón! —decía Kaito, golpeando el suelo para que su sombra se viera más grande.
—¡Ese es un pollo! —rió Haruki. Rei lo dibujaba todo en su cuaderno, incluso las tonterías, como si quisiera recordar cada detalle.
Pero pronto llegó el hambre.
Las cajas estaban vacías, no había comida. El agua que llevaron en botellas duró poco. Haruki intentaba racionarla, pero Hiroshi lloraba en las noches pidiendo más.
Al día diez, Rei temblaba en silencio mientras escribía. Kaito golpeaba la puerta con desesperación hasta hacerse sangrar los nudillos. Haruki fingía sonreír para animar a los demás, pero cada noche lloraba a escondidas, abrazando a Hiroshi.
—Haruki… —susurró Rei una noche, con la voz débil—. ¿Vamos a morir aquí?
Él no respondió. No quería mentir, pero tampoco podía decir la verdad: que no lo sabía.
Al día veinte, cuando la esperanza estaba por quebrarse, la compuerta cedió. El metal oxidado se abrió con un gemido largo y chirriante. La luz los cegó.
Escrito por Picols
Subieron a la superficie, tambaleándose, y lo que vieron los dejó mudos.
El mundo que conocían había desaparecido.
Edificios cubiertos de raíces. Autos oxidados tragados por enredaderas. Calles convertidas en selvas. En el aire, un murmullo extraño, como un rugido apagado.
—¿Dónde… dónde está la gente? —preguntó Hiroshi, con la voz quebrada.
Nadie respondió.
A lo lejos, un grito gutural resonó, un sonido que no era humano.
El juego había terminado.

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