BATMAN: EL ÚLTIMO RECUERDO

Reseñas generales

La lluvia caía con fuerza sobre Ciudad Gótica. Las gotas golpeaban los ventanales de la Mansión Wayne como si intentaran despertar algo que llevaba años dormido. En el interior, Bruce Wayne permanecía de pie frente a una chimenea apagada, con la mirada fija en una vieja fotografía: él y Alfred, sonriendo en tiempos que ya no volverían.

Desde que Barry Allen alteró la línea temporal, algo había cambiado. El universo se había reiniciado, pero Bruce... Bruce recordaba. Recordaba la batalla. Recordaba su muerte. Y recordaba al joven velocista que lo había traído de vuelta.

—No debí haber sobrevivido —murmuró Bruce, con voz áspera—. Pero si lo hice... hay una razón.

Se giró lentamente y caminó hacia el viejo reloj de pie. Lo abrió con manos temblorosas. Detrás, el acceso a la Batcueva seguía intacto. Bajó los escalones con paso firme, como si cada uno lo acercara a una parte de sí que había enterrado.

La Batcueva estaba cubierta de polvo. Las luces se encendieron poco a poco, revelando el traje, la Batcomputadora, los recuerdos. Bruce se acercó al traje, lo observó en silencio.

—Una última vez —susurró.

La Batcomputadora parpadeó. Una alerta interrumpió el silencio: Actividad criminal inusual – Distrito Financiero. Una transmisión emergió en la pantalla. Risas distorsionadas. Música de carnaval. Y una silueta que Bruce conocía demasiado bien.

—¡Ciudad Gótica! —gritó una voz en la transmisión—. ¿Me extrañaron? Yo sí. Y para celebrar mi regreso… ¡una fiesta explosiva en la Torre Arkham!

Bruce apretó los puños. Su mirada se endureció.

—Joker...

 

La Torre Arkham, un edificio de treinta pisos en el corazón de Ciudad Gótica, estaba rodeada por patrullas. En el piso más alto, el Joker había tomado rehenes. Globos flotaban por los pasillos, gas venenoso se filtraba por las rejillas, y una sinfonía clásica sonaba a todo volumen.

El Joker caminaba entre los rehenes con una copa de vino en la mano y una sonrisa pintada de locura.

—¡Oh, cómo extrañaba esto! —exclamó, girando sobre sí mismo—. ¿Sabían que el caos tiene ritmo? ¡Escuchen!

Disparó al techo. Los rehenes gritaron. Él rió.

—¡Silencio! O el próximo será el piso entero.

Uno de sus secuaces se acercó nervioso.

—Señor... hay algo en el cielo. Parece... el Batwing.

El Joker se detuvo. Miró por la ventana. Una silueta descendía entre las nubes.

—¡Oh, oh, oh! ¡El murciélago viejo ha salido de su cueva! —rió—. ¿No estabas muerto?

 

En la Batcueva, Bruce se colocaba el traje. Más lento que antes, pero con la misma determinación. Alfred ya no estaba. Pero su voz vivía en su memoria.

—Señor Wayne... —susurró la voz en su mente—. La ciudad siempre lo necesitará. Incluso cuando usted crea que ya no puede.

Bruce cerró el traje. Activó el Batwing. Las turbinas rugieron.

—Entonces que me necesite una vez más.

El Batwing surcó el cielo nocturno, dejando una estela de fuego sobre los tejados de Ciudad Gótica.

 

Batman descendió sobre el techo de la Torre Arkham. Los reflectores lo iluminaron. La policía lo observaba con asombro. Nadie esperaba verlo de nuevo.

Dentro del edificio, Joker lo veía desde una pantalla.

—¡Bravo! ¡El anciano aún sabe entrar con estilo! —dijo, aplaudiendo—. Ven, Brucey. Te guardé un asiento en primera fila.

Batman descendió por los ductos de ventilación. Neutralizó a los secuaces con precisión. Lanzó bombas de humo, usó el gancho, esquivó balas. Pero estaba más lento. Más vulnerable.

—¡No deberías estar aquí! —gritó un secuaz antes de caer—. ¡Eres historia!

—La historia... siempre tiene un epílogo —respondió Batman.

Finalmente, llegó al piso 30. Joker lo esperaba con una bomba en la mano.

—¡Suéltalos, Joker! —ordenó Batman.

—¿Y si no quiero? —respondió el Joker, girando sobre sí mismo—. ¿Y si prefiero ver cómo el murciélago se rompe como un juguete viejo?

—Entonces te romperé primero.

La pelea fue brutal. Joker era ágil, impredecible. Batman resistía, pero cada golpe le costaba. Finalmente, lo inmovilizó contra el suelo.

—¿Por qué sigues? —jadeó el Joker—. ¡Ya no eres el mismo!

—Porque tú sí lo eres. Y mientras existas… yo también.

Batman desactivó la bomba. Los rehenes fueron liberados. La policía entró. Joker reía mientras era esposado.

—¡Nos vemos en el próximo reinicio, Bats! —gritó mientras lo llevaban.

 

Bruce regresó a la Mansión Wayne. Guardó el traje. Se sentó frente a la chimenea apagada. Miró la ciudad desde la ventana.

—No sé cuánto tiempo me queda —pensó—. Pero mientras recuerde… mientras exista el mal… yo estaré aquí.

La pantalla se oscurece. Solo se escucha el eco de una risa… y el rugido del Batwing alejándose.

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