La Infancia Interminable
Reseñas generales
Show no fear
For she may fade away
In your hands
The birth of a new dayRhymes that keep their secrets
Will unfold behind the clouds
And there upon the rainbow
Is the answer to a never ending story...
Never ending story...
Limahl - Never ending story
Aún hoy, aguardo soñar que vuelo sobre Fújur, el dragón aperlado de ojos color rubí.
Imaginar dormida que monto su escamoso lomo con toda mi tristeza acumulada y ésta se aligera entre las nubes hasta desaparecer.
Sobrevolar por cada una de las tierras de vileza y locura humana habitadas por los monstruos que acechan el mundo, que la Nada no me alcanza, que no me toca un sólo cabello.
Anhelaba un amigo como Atreyu: valiente, fiel, entregado, que me acompañara en “la gran búsqueda”. Aún hoy lo añoro.
Quería llegar hasta las esfinges de belleza horrible, despojarme del miedo interno y atravesar esa entrada con templanza. Mirarme en el espejo mágico y saber quién estaba detrás. Cruzar esa puerta y tratar de no olvidar ni mi nombre, ni mi primer sueño. O, si así llegara a ser, que Atreyu me recordara quién soy a la distancia: entre letras y susurros.
Quería escuchar al silencio Uyulala y dejarme guiar hasta el gran Enigma con versos transparentes.
Y, otra vez, volar con Fújur de regreso a la Cura con los abuelos gnomos, con la suerte de mi lado.
Vencer a la bestia negra de dientes afilados y ganar confianza en mí misma para encontrar al fin la respuesta.
Saber que soy yo, esa criatura humana que nombra y decide el destino de Fantasía y de su vida.

Sí, yo me sentía Bastián Baltasar Bux: introvertida, solitaria, dubitativa pero llena de un infinito deseo por jugar con la palabra y la fantasía, queriendo volar con Fújur de la mano de Atreyu hasta el fin de lo interminable.
Cuando vi la Historia Sin Fin (1984), tenía 10 años, habían pasado ya 8 de su estreno.
En la casa de mi abuela paterna, mis tíos tenían en la sala un televisor grande y pesado, de esos que todavía no tenían control remoto pero se conectaban a una videocasetera VHS. Ese lugar era el centro de reunión dominguera de la familia. Al lado del televisor, frente a la ventana, tenían un mueble de madera rectangular para escuchar música; el tocadiscos, donde escuché mil veces Never Ending Story de Limahl.
La portada del LP era lustrosa y hacía parecer que el negro del fondo era una brillante noche estrellada. Era inagotable el placer de contemplar la imagen de la funda y traer a la mente escenas de la película.
A los 10 años, sólo quería vivir esa aventura, aunque fuera en sueños.

Mi prima, mi hermana y yo vimos la película. Como dije, era muy tímida, así que en varias escenas me tragué las lágrimas, las mismas que hallaron un lugar entre la garganta y el pecho. Como ver a Atreyu perder a su amigo Ártrax en el pantano de la tristeza o mirar cómo el gigante de piedra veía sus manos preguntándose a dónde se había ido su fuerza cuando debía sostener a sus compañeros ante el embate de la Nada. Aún hoy, me dan ganas de llorar pero las lágrimas se desvían al corazón, a menos que esté sola.
El impacto que tuvo en mí esta película hizo que años después leyera el libro como si mis manos estuvieran pegadas a la tapa. En más de una ocasión, llegué tarde a clases y compromisos por no poder soltarlo.
Todo aquel que ha leído “La historia interminable” de Michael Ende, sabe de la magia que se despierta en ese mundo onírico de palabras que oscilan entre la Fantasía y la Realidad de un niño que busca el abrazo de su padre a través de cientos de historias.
El equilibrio de Auryn, el talismán imperial de protección.
La cordura para reconocer la frontera entre una tierra y otra.

La metáfora empleada en esta historia sobre los distintos conflictos y matices de la condición humana encarnado en seres de Fantasía, atraviesan un cuerpo infantil que vive una aventura fantástica gracias a las vívidas palabras del libro: “La Historia Interminable”. El significado del simbolismo filosófico no requiere de grandes cavilaciones sino la comprensión del corazón profundo de un niño. La esperanza es mejor recibida en un ánimo limpio.
Esa fue mi experiencia al ver la película de niña y que repetí al leer el libro de joven.
Ya de adulta, cuando llegaron mis hijos, tuve a mis propios “Bastián" y ahí brotó el coraje y la confianza para cuidar que esos corazones se hagan valientes y nobles.
Aún hoy, estamos en el camino.
Todo para que la Nada no nos ocupe pese a habitar en este mundo raro y violento.
Fue así que muchos días volví a ser niña y joven junto a ellos. He visto y disfrutado películas, series y programas gracias a su mirada. Fue entonces que vimos Stranger Things (2016).
Y, me emocionó muchísimo ver aquella escena de la temporada 3 en la que Dustin y Suzie cantan a dúo Never Ending Story para salvar al mundo. Suzie levantando el brazo con el puño cerrado mientras canta:
Make believe I'm everywhere
Given in the light
Written on the pages
Is the answer to a never ending story...
Ese par de niños enamorados, me transportó instantáneamente al mismo Bastián cruzando el cielo sobre Fújur, a mi emoción infantil por recorrer los mundos de Fantasía y cantar en ese momento, junto a ellos, como si aún fuera aquella niña soñadora.
Claro que mis hijos se rieron y después de imitarme entre los dos, preguntaron por el origen de Never Ending Story, ese guiño a los fabulosos niños ochenteros.
Y la historia interminable se volvió a contar esa tarde de lluvia.
Esa escena, captura el espíritu de todos aquellos que crecimos a mediados de los ochenta y principios de los noventa y nos deleitamos con la canción de la Historia Sin Fin.
Todo lo que dejó en mí esta película se concentra en un pequeño sentimiento por imaginar todo aquello que deseamos, porque esa es la semilla que construye los actos más valientes, las grandes obras, las películas que nos marcan. Esa esperanza que dejamos empolvar al dudar, al crecer. El olvido de nuestra propia existencia, la Nada.
Por eso, aún hoy, aguardo ese encuentro con Fújur y Atreyu.
Aunque, para ser sincera, a veces me parece ver un brillo rojizo en los ojos de mis dos hijos: uno siempre con la alegría de la suerte y el otro con el coraje valiente de un buen guerrero.






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