Matrix en presente simple

Reseñas generales

 

En 1999 se estrenan El Club de la Pelea, Sexto sentido y Matrix. No se le puede pedir más a ese año en el cine.

Un año después, más de uno me mira raro cuando niego con la cabeza ante las dos preguntas consecutivas:

—¿No viste Matrix?

—¡¿Cómo no vas a ver Matrix?!

 

Consumo ciencia ficción y fantasía —en libros, cine o cómics— desde que tengo memoria. Sin embargo, por un impulso estúpido de prejuicio o simple descuido, la primera vez que veo la portada y leo un comentario breve (de apenas un renglón y medio en un libro de filosofía), meto la obra maestra de las hermanas Wachowski en la misma bolsa que películas como Blade: El cazavampiros: posible guion flojo sostenido por escenas de acción, personajes y tramas superficiales, y la ilusión de vender muchos videojuegos y muñequitos. Durante un tiempo, la dejo pasar.

Grave error.

En 2001, en la escuela, nos hacen ver la primera mitad de Matrix durante la última hora de los viernes en Espacio Institucional (el culpable: el profe de Informática, que ya carga un buen antecedente con Piso 13, de Josef Rusnak). La idea es completar la segunda mitad el viernes siguiente y después hacer un trabajo práctico sobre simulación y cuestionamiento de la realidad.

Tras ese primer acto, quedo flasheando en colores y lleno de preguntas…

—¿La chupó el teléfono?

—¿Cómo va a ser más importante atender la llamada que zafar de ser aplastada por el camión?

—¿Cómo que nunca “usó los ojos”?

—¿Licuar muertos para inyectarlos por vía intravenosa a los vivos?

Okey. ¡BOOOOOM!

Al día siguiente, sábado, entro al videoclub (sí, así de viejo me registra la Matrix) y prácticamente allano al encargado para conseguir una copia y terminar de verla cuanto antes.

La sensación que me queda es: “¿Cómo no vi esto antes? ¿De dónde viene esto? Una de las intros de cine más impresionantes que vi en mi vida”.

 

Durante los siguientes veinte años (Dios…), en varias oportunidades me preguntan:

—¿Pensás que la Matrix existe?

Y siempre respondo, rotundo:

—Sí.

La ciencia ficción tiene muchos subgéneros y matices para bajarte la línea: nacés esclavo y probablemente vas a morirte siéndolo. Y si lográs zafar, descubrís que ser libre también exige huevos como los de un dinosaurio; que la libertad puede ser otra vida de mierda. Solo que, al menos, no estás tieso, metido en un útero sintético a escala industrial, mientras un robot de mantenimiento escanea tu culo lampiño empalado con un cable de nutrición que te mantiene vivo, y tu mente se pudre en Instagram.

Como dice Morfeo: está donde quieras, a nuestro alrededor.

Está en las diez horas de trabajo por día que te mantienen agotado, triste y con apenas tiempo para asomarte al sol. Está en tener que esforzarte para animarte a caminar diez cuadras hasta ese bar y tomarte unas cervezas con la energía que te queda.

Matrix es encontrarte atrapado en la rutina: días que se repiten como fotocopia de fotocopia. Es ver cómo un año te dura tres meses y darte cuenta de que, en esa paradoja, apenas lográs sacar adelante una porción mínima de todo lo que realmente te importa.

Es verte obligado a desarrollar la habilidad de esquivar la gigantesca ola de boludez que te bombardea a la velocidad de una bala en todas esas apps a las que decís que sí cuando aceptas los términos y condiciones, permitiendo que cuanta empresa china haga lo que se le canta el culo con tu información personal. Todo eso, lejos de abastecerte de una realidad profunda, te remite únicamente a un proceso diseñado para enmascarar la ausencia de valores genuinos tras tu puramente artificial día a día…

La Matrix existe. Es un sistema… y es nuestro enemigo.

Queda, entonces, la realidad plasmada con éxito en el cine. Sea cual sea el género, la ciencia ficción suele llevar la luz del tren cuando se muestra la miseria y el patetismo humano.

Los mandatos, o “guiones de vida”, funcionan como modelos de normalidad: estudiar, recibirse, casarse y tener hijos. Trabajar, ahorrar, contratar seguros y acumular patrimonio. Consumir es fundamental. Tener estatus. Acumular bienes, acumular de todo.

 

—¿No viste Matrix? Andate de mi casa.

Se lo decimos a una amiga, medio en broma, sí, pero al sábado siguiente se la hacemos ver.

—Pero ¿cuál parte era un sueño? —pregunta— ¿La primera o la segunda?

No te preocupes; nadie logra el primer salto. Merece verse dos veces, por lo menos.

 

Con el tiempo, la fascinación y la necesidad de entender más sobre la cosmología de la obra y cómo se llega a ese producto final me obliga a recorrer un camino por los noventa, de adelante hacia atrás. Consumo todo lo que me suena familiar: Dark City, Max Payne, Equilibrium, cómics post-punk y de contracultura, gente como Grant Morrison y sus Invisibles, Masamune Shirow, la prosa de Philip K. Dick y el universo de William Gibson. Toda fuente sospechosa de tener algo que ver con la obra de las hermanas “doble V” es devorada hasta completar el ADN. Después de tragar y vomitar mil veces hasta purgarme, concluyo que, al contrario de lo que algunos dicen, las hermanas no le deben más a nadie de lo que cualquier artista debe a sus predecesores: todo viene de algún lugar. Y lo que gestan es un “súper bebé”, nacido de la síntesis entre el manga, el cine y la literatura del género que ellas mismas idolatraron en sus comienzos.

En cuanto a cómo envejece ese súper bebé, ya pasaron más de 25 años desde el estreno y, aunque la respuesta parece obvia, hoy me hago preguntas: ¿por qué la escena en la que Neo ajusta la línea de vida del arnés de Trinity a su brazo, asegurando que ella no caiga al vacío mientras el helicóptero se estrella contra el rascacielos de enfrente, sigue siendo una de las más espectaculares que se han filmado nunca, sobre todo si se la compara con la basura que hacen hoy? Capaz que, en estos 25 años, se les rompió la máquina de hacer escenas buenas. (¿?)

Vuelvo en el tiempo a aquella época de la secundaria, a la etapa pre-Matrix, y pienso: ¿cómo no la vi antes? Y también, en una sola cosa tengo razón: sí, vendieron muchos videojuegos y muñequitos. Inevitable Mister…

 

Comentarios 1

G
GulaDaddy27 de agosto de 2025
Me gusta cómo conectas Matrix con la rutina diaria, pero esa lectura de "la Matrix existe" es muy literal. La película funciona como metáfora, no como diagnóstico social real. Comparar el trabajo de oficina con estar en un útero artificial suena más dramático que preciso.