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Reseñas generalesAl inicio eran siete jóvenes los que llegaron en un bus desvencijado hasta un campamento en medio de la sierra. No se conocían entre sí, y la primera noche fue incómoda: silencios largos, chistes que no pegaban, y miradas que evitaban cruzarse.
Pero al amanecer, llegaron cinco más, enviados en un segundo transporte. Ahora eran doce en total, repartidos en dos cabañas de madera que crujían con el viento.
Antes de retirarse, el guía del campamento, un hombre viejo de mirada cansada, les contó una advertencia:
—Aquí los bosques son antiguos… y están habitados por nahuales. Gente que aprendió a cambiar de piel, a tomar la forma de animales. Nadie sabe distinguirlos, porque pueden vivir entre nosotros sin que lo notemos… hasta que ya es tarde.
Los jóvenes rieron, algunos incómodos, otros incrédulos. Pero la leyenda quedó rondando en el aire.
Las primeras sospechas
La segunda noche, algo raro ocurrió. Una de las linternas del campamento desapareció, y aunque todos dijeron no haberla tomado, al amanecer la encontraron tirada en la entrada del bosque, cubierta de barro.
Uno de los nuevos, un muchacho llamado Ernesto, comentó con voz seria:
—En mi pueblo dicen que los nahuales roban cosas para marcar su territorio.
Algunos se burlaron, pero esa misma madrugada, mientras todos dormían, Mateo juró haber visto a alguien salir de la cabaña… caminando erguido, pero con la sombra de un lobo proyectándose en la pared.
Cuando lo contó, nadie le creyó.
El juego de la desconfianza
Poco a poco, cada uno empezó a notar comportamientos extraños entre los compañeros:
Valeria siempre escribía en su cuaderno, pero nunca dejaba que nadie lo viera.
Lucía se quitaba los audífonos solo en la madrugada, como si escuchara algo que los demás no.
Damián regresaba con rasguños en los brazos, diciendo que se había caído, aunque nadie lo había visto salir.
Ernesto, el que hablaba de los nahuales, conocía senderos del bosque que los guías nunca mencionaron.
El ambiente se tensó. Dejaron de confiarse cosas, dormían con la puerta trancada y evitaban alejarse solos.
La primera desaparición
Al cuarto día, Sofía, la más nerviosa del grupo, desapareció. Solo encontraron su mochila junto a la fogata, abierta, con las cosas esparcidas. Nadie escuchó gritos ni pasos.
La buscaron por horas entre los árboles, pero lo único que hallaron fueron huellas extrañas: parecían humanas, pero terminaban en garras.
Esa noche, todos decidieron dormir juntos en una sola cabaña, pero el miedo se instaló como un veneno. Nadie cerró los ojos realmente.
Revelaciones bajo la luna
En la quinta noche, durante una tormenta, el poder eléctrico se fue y la oscuridad los envolvió. Al iluminar con velas, Mateo vio algo imposible: Carla, la más amable del grupo, tenía los ojos amarillos brillando en la penumbra.
Carla sonrió, y por un instante su rostro se distorsionó, revelando colmillos.
—¿Ya lo notaron? —susurró—. No todos los que estamos aquí somos lo que aparentamos.
El grupo estalló en caos. Unos corrieron hacia la puerta, otros intentaron confrontarla, pero cuando encendieron otra vela, Carla ya no estaba. Solo quedaban huellas de lobo mojadas en el suelo de madera.
La última noche
El miedo se transformó en paranoia. Los once restantes se acusaban entre sí, sin saber quién era humano y quién nahual. Nadie confiaba en nadie.
Esa madrugada, mientras afuera aullaban lobos, Valeria dejó su cuaderno abierto sin querer. Dentro había páginas y páginas describiendo a cada uno del grupo, con detalles de sus rutinas, sus gestos y hasta sus miedos. En la última hoja, escrita con tinta roja, decía:
"Quedan pocos. Los nahuales ya estamos dentro. Pronto serán todos nuestros."
Valeria juró que no era suyo, que alguien lo había escrito haciéndose pasar por ella. Pero a esas alturas, ¿quién podía saberlo?
Epílogo
Días después, cuando los coordinadores regresaron al campamento, encontraron las cabañas vacías. Solo quedaban los restos de la fogata, mochilas rotas y huellas de animales mezcladas con pisadas humanas.
De los doce jóvenes, nunca se volvió a saber nada.
Algunos dicen que los nahuales los devoraron. Otros, que los transformaron para unirse a ellos.
Lo único seguro es que, desde entonces, en las noches de luna llena, se escuchan doce aullidos diferentes en lo profundo del bosque.

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