La comedia se nos murió de risa

Reseñas generales

Las comedias son ese salvavidas emocional al que uno recurre cuando la vida real se empeña en parecerse a un noticiero de medianoche. Pero a veces, esos salvavidas vienen pinchados. El cine, siempre dispuesto a darnos una patada emocional cuando menos lo esperamos, nos regala esas películas que empiezan como un festival de carcajadas y, de pronto, giran hacia territorios donde las risas se atragantan. Y no, no hablo de las malas comedias —esas ya nacen muertas— sino de las que, con premeditación y alevosía, deciden recordarnos que la vida, incluso en clave de humor, también se muere.

Pensemos en Toni Erdmann (2016). Uno cree que va a ver a un padre payaso que intenta recuperar a su hija a punta de pelucas y dentaduras postizas. Y sí, eso está. Pero detrás de las bromas, está la soledad de un hombre que se sabe al borde del olvido y la vida gris de una mujer que se da cuenta de que su existencia laboral es básicamente una hoja de Excel interminable. Uno empieza riéndose de los disfraces y termina preguntándose si el verdadero chiste no es que todos vivamos disfrazados sin saberlo.

O The Truman Show (1998). Nos vendieron una comedia ligera sobre un tipo ingenuo que vive en un mundo falso. Pero la película es en realidad un retrato cruel sobre el control, la vigilancia y la comodidad voluntaria con la que aceptamos que otros decidan qué vemos, qué hacemos y, en el caso de Truman, hasta cuándo sale el sol. Jim Carrey, maestro de la mueca exagerada, termina dándonos una de las miradas más tristes que se han visto en un plano final. El humor está ahí, pero no te salva: más bien te prepara para la bofetada.

Incluso Pequeña Miss Sunshine (2006) parece hecha para burlarse de los concursos de belleza infantil y la disfunción familiar. Y sí, uno se ríe de la furgoneta amarilla y del abuelo drogadicto. Pero a la mitad, la risa se vuelve incómoda. Hay suicidios frustrados, quiebras emocionales y ese silencio espeso que se instala en una mesa familiar cuando todos saben que algo va mal, pero nadie se atreve a decirlo. Al final, el concurso es solo la excusa para mostrarnos que a veces la derrota conjunta es lo más parecido que tendremos a la felicidad.

El humor negro de estas comedias serias funciona porque es honesto. No intenta “compensar” el drama con chistes fáciles, sino que nos mete de lleno en la incomodidad de reír en un velorio. Porque la vida real funciona así: puedes estar llorando por la pérdida de un ser querido y, de repente, tu primo hace un comentario tan ridículo que todos estallan en carcajadas. No es falta de respeto, es supervivencia.

Pero claro, Hollywood también ha hecho de este recurso una fórmula. Jojo Rabbit (2019) intenta hacernos reír con Hitler como amigo imaginario de un niño nazi. El resultado es brillante en momentos y demasiado calculado en otros, pero demuestra que el humor, incluso el más absurdo, puede ser la puerta de entrada a temas que de otro modo rechazaríamos de plano. Reímos, sí, pero con la sospecha de que la risa es solo un preámbulo para algo más incómodo.

La trampa de estas comedias es que uno entra relajado, confiado, listo para un par de chistes y un final optimista, y termina con la sensación de haber sido estafado emocionalmente. No te avisan que la función incluye una sesión de terapia gratis. Es como ir a un stand-up y que, entre chiste y chiste, el comediante confiese que está al borde del divorcio y que piensa mucho en la muerte. La sala se ríe, pero todos miran de reojo la salida.

Quizá lo más interesante de estas películas es que, al volverse serias, nos obligan a reír con otra intensidad. No es la risa fácil del golpe en la cabeza o del chiste verde; es esa risa que llega con un nudo en la garganta, consciente de que la alegría siempre tiene fecha de caducidad. Y eso, en un mundo que nos exige estar contentos a toda hora, es casi un acto de rebelión.

En definitiva, las comedias que se ponen serias no son una traición. Son un recordatorio incómodo de que, aunque queramos vivir en el lado luminoso, la sombra siempre está ahí, esperando su turno. Y quizá, solo quizá, la mejor forma de mirarla de frente sea con una sonrisa torcida y un comentario sarcástico. Porque al final, la vida no es una tragedia ni una comedia pura: es una broma larga, rara y, si tienes suerte, bien contada.

Comentarios 1

G
GulaDaddy14 de agosto de 2025
Mucho filosofar sobre comedias que se ponen serias cuando la realidad es más simple: los guionistas quieren ganar premios y las comedias puras no ganan Oscars. Toni Erdmann es puro aburrimiento europeo disfrazado de profundidad. Dame un Adam Sandler honesto antes que estas comedias que pretenden ser tesis sobre la condición humana.

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