El Llamado
Reseñas generalesParte I — La búsqueda
Paulina cruzó el umbral del viejo orfanato con el corazón latiéndole en el pecho, sabía que no debía estar allí, pero era necesario hacerlo, sino las pesadillas seguirían, necesitaba averiguar qué era lo que cada noche, en sus sueños, le llamaba desde aquél lugar. La puerta de madera, carcomida por los años, rechinó como si protestase su presencia. El sitio, abandonado desde hacía más de una década, se alzaba entre la neblina de la madrugada, y su fachada agrietada parecía guardar secretos que desde entonces nadie se atrevía a desvelar.
Avanzó por el largo pasillo principal, sorteando escombros y huellas de humedad. Las ventanas estaban tapiadas, pero una débil luz pálida escapaba por alguna rendija del techo, creando formas danzantes en las paredes. Fue entonces cuando lo escuchó: un leve susurro, como el eco de una voz infantil, arrastrado por el viento.
Se detuvo. El silencio regresó, más pesado que antes. Cuando alzó la vista, notó en uno de los muros un grafiti antiguo: “Te estoy esperando” —dijeron las letras, apenas visibles sobre el blando yeso. Paulina dio un paso atrás, sintiendo que el aire se volvía más denso, menos natural.
Continuó, obligándose a avanzar a pesar del miedo creciente. Al llegar a la sala central, encontró un viejo columpio oscilando lentamente, como empujado por una brisa invisible. Y entonces lo supo, era el lugar, el que tantas veces soñó, y en el que se le indicaba que debía decir tres veces aquél nombre para poder liberar su alma. Se llenó de valor y de su boca casi inaudible se escuchó: Mariano…. Mariano… y allí, cuando estaba por mencionarlo por tercera y última vez, sin querer retrocedió y empujó el columpio sin querer —tan suavemente que pareció flotar en el aire— y el chirrido del mecanismo pareció despertarlo todo. De pronto, todo volvió más real: la voz infantil, aquélla voz que ahora reconocía, aún más clara, era la voz de aquél niño que todas las noches suplicaba que lo liberara.
Paulina encendió su linterna. Era él, la luz iluminó su figura diminuta parada en el marco de una puerta medio oculta: el niño de rostro inexpresivo, con mirada fija, vestido con un uniforme escolar antiguo, ensangrentado en el borde de su camisa. El columpio dejó de moverse. Y entonces supo que este era el niño de sus sueños, solo que en vez de angelical, ahora parecía sumido en la más espectral oscuridad. El silencio regresó, y el miedo pareció helar su sangre.
Ella retrocedió, pero sus piernas se negaron a obedecer. El niño ladeó la cabeza, y un susurro escapó como un aliento helado:
— Ven… Sálvame.
Murió el eco y, en la oscuridad, ella escuchó un golpe seco detrás de sí.
Parte II — Algunas almas no deben ser salvadas
Sin pensarlo, Paulina reaccionó: corrió hacia la puerta por la que había entrado. Tropezó con escombros, su linterna cayó y rodó por el pasillo hasta estrellarse y apagarse. Todo quedó en tinieblas salvo un rayo de luz que entraba por el techo, indicándole el camino de salida.
Iba a alcanzarlo cuando escuchó un crujido a su izquierda. Levantó la linterna rezagada del suelo y la encendió nuevamente. Dio con su brazo tembloroso y alumbró un rostro sobre la pared: un dibujo, antiguo, pintado con tiza cenicienta: el niño del uniforme. Y debajo, una frase garabateada con letra infantil: “Ahora te toca a tí…”
El columpio volvió a chirriar. El corazón de Paulina se encogió. Toda lógica desapareció. Lo que antes era una atmósfera cargada de opresión, se transformó en un agujero que la atraía hacia adentro.
Con paso tembloroso, retrocedió hacia la salida. La puerta estaba a unos pasos, pero un leve chillido resonó por el pasillo: un crujido, como si algo roto se recomponía. Se volvió por instinto y frente a ella apareció otra figura distinta: una silueta adulta, angulosa, con los ojos hundidos y boca sin labios, como si hubieran sido borrados. Se deslizó hacia ella, sin hacer ruido, con un movimiento antinatural.
Paulina gritó, corrió. La puerta se abrió frente a ella, y salió al exterior como impulsada por una tormenta. El viento gélido la envolvió, como si el edificio la exhalara. Cuando se dio vuelta por última vez para mirar, la silueta estaba de pie en el umbral… y detrás, el niño, observándola con aquella inexpresiva mirada.
Paulina no volvió nunca más al orfanato. Pero, una noche, en su cama, tuvo un último sueño con el niño aquél. En su sueño, y tal como lo había visto en el orfanato, el niño le preguntaba por qué no lo había salvado, a lo que ella le respondió que no pudo pronunciar su nombre tres veces, y entonces el niño le respondió: es una lástima, de haberlo hecho, habrías tomado mi lugar y entonces me habrías salvado.
Paulina volvió de su sueño, en su mente resonaban aquéllas palabras: “habrías tomado mi lugar”.

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