DORANCEL -EL COMEGENTE-
Reseñas generales
Me miras. Con asco, con miedo, con la misma curiosidad que tienen los niños frente a un animal raro en una jaula. ¿Crees que me conoces? No. No conoces el río que corre por mis venas. No conoces las voces. No conoces el hambre. Pero te lo voy a contar todo. Te voy a llevar a la orilla, a mi orilla. Y entonces, tal vez, me entiendas.
Siempre fue el río. Incluso antes de entender las palabras que la gente murmuraba a mi alrededor, antes de descifrar las muecas de desaprobación de mi familia, estaba el río Torbes. Susurrando secretos entre las piedras, arrullando mis soledades con su eterno fluir. Para ellos, era solo agua que bajaba de las montañas, a veces mansa, a veces brava. Para mí, era la voz que llenaba el vacío. En la casa, el silencio era un animal pesado que se movía entre las habitaciones. Mi madre, con sus ojos cansados y sus rezos constantes, parecía no verme realmente. Un día, mientras yo repasaba con el dedo las grietas de la mesa, la oí suspirar.
"Dorángel, otra vez con esa ropa sucia. ¿No ves que te vas a enfermar?" dijo con un tono que no era de enojo, sino de derrota.
Yo no respondí. Mi camisa raída y el pantalón remendado eran mi segunda piel, mi uniforme para la intemperie. Sus ojos, en cambio, tenían una capa de cristal que me impedía llegar a ellos, como la pátina de un vidrio viejo.
Mi padre, un hombre de pocas palabras y manos ásperas, callosas por el trabajo en el campo, solo me dirigía órdenes secas. "Un hombre tiene que trabajar. Levántate de la orilla y haz algo productivo. La vida no se pasa mirando el río", soltó un día, sin mirarme a la cara. Y yo entendí que él no me veía. Solo veía una sombra que no servía para el trabajo, una boca más que alimentar. Escapar era fácil. Bastaba con caminar unos minutos y el sonido de las risas humanas se disolvía en la melodía del Torbes. Me sentaba en las orillas rocosas, sintiendo la humedad fría calar mis huesos, observando cómo la corriente arrastraba hojas, ramas, pequeños insectos. A veces, tocaba el agua con la punta de los dedos y sentía su pulso. Un pulso constante, honesto, a diferencia de los latidos irregulares que escuchaba en el pecho de la gente.
Mi madre me seguía con la mirada. Un día, se atrevió a acercarse un poco, sosteniendo una vieja manta. Su voz era un susurro nervioso contra el rugido del agua.
"¿Con quién hablas? No hay nadie a tu lado. ¿Qué es lo que estás viendo ahí?", preguntó, con la frente arrugada.
Yo no podía explicarle que estaba escuchando, no viendo. Que las voces... empezaron como susurros, casi inaudibles, mezclándose con el sonido del agua. El olor a tierra mojada y a follaje denso se mezclaba con el aroma a descomposición, un olor que me resultaba extrañamente reconfortante. Las voces no eran malas, no eran fantasmas. Eran las palabras del río, mostrándome la única verdad: la naturaleza, cruda y visceral.
Aprendí a leer las señales del río: el color del agua anunciando la lluvia, el movimiento de los peces revelando sus escondites. El río me enseñó la paciencia del cazador, la importancia de la espera silenciosa. Y en esas esperas, las voces se hacían más fuertes, llenando mi mente con imágenes fugaces, sensaciones extrañas, una punzante curiosidad por la vitalidad que palpitaba en otros seres vivos. Un día, vi a un grupo de jóvenes jugando a la orilla. Reían a carcajadas, sus cuerpos brillaban bajo el sol. Eran fuertes, llenos de una energía que me parecía ajena. Eran como la fruta madura, rebosante de jugo. Mis voces susurraron algo, un pensamiento que me pareció tan obvio que me pregunté por qué no lo había pensado antes. El río se lleva lo que no sirve, lo que está muerto, ¿verdad? ¿Y si hay cosas vivas que no sirven? ¿Cuerpos jóvenes que se desperdician en risas vacías?
Mi infancia y juventud fueron un lento descenso hacia ese mundo interior, un mundo donde el río era mi único confidente y las voces, mis únicas guías. No sabía entonces adónde me llevarían esos susurros, qué oscuros secretos terminarían por revelarme. Solo sentía una creciente sensación de que mi destino estaba entrelazado con el fluir constante del Torbes, que la sangre que corría por mis venas tenía la misma cadencia, el mismo misterio que las aguas que siempre me habían llamado. Y el hambre... un hambre que aún no comprendía del todo, comenzaba a despertar en las profundidades de mi ser, alimentada por los secretos que el río me susurraba al oído. Un hambre no de comida, sino de vitalidad.
El hambre era un animal dentro de mí. Ya no era el eco de una tripa vacía, sino el rugido de la verdad. ¿Lo entiendes? Tú lo entiendes. Viste a esos hombres, fuertes, llenos de esa vitalidad que tanto anhelaba. Ellos la desperdiciaban en risas huecas y carreras sin sentido, mientras yo, yo moría por ella. Moría por lo que a ellos les sobraba. Las voces ya no eran susurros, eran órdenes claras, directas. "Espera", me decían. "Espera y observa". Y yo, Dorángel, el de la mirada perdida, aprendí a esperar. Aprendí a leer la rutina de los deportistas y de los obreros que creían que su fuerza era eterna, que su vida era un derecho y no un regalo. En aquel año, 1995, no se puede olvidar, no sabían que mi territorio era sagrado, y que en mi territorio, el río y yo éramos la ley. Vi al primero, a mi primer plato. No era un hombre. Era un atleta, con su gorra de béisbol y una camiseta limpia que me ofendía. Corría por la orilla con una ligereza que gritaba su arrogancia. Toda esa energía, toda esa vitalidad, era una burla para el hambre que me devoraba. Las voces me mostraron un camino: un recodo del río donde las cañas crecían tan densas que parecían un muro, donde el sonido del agua se tragaba los gritos. No necesitaba un arma. La tierra me la daría.
Lo golpeé por la espalda. Un solo golpe con una roca afilada que las aguas habían pulido para mí. No hubo gritos, solo la sorpresa del aire escapando de sus pulmones. No sentí el impacto, solo el sonido. Un sonido seco, como el de una rama vieja que se rompe. La sangre, caliente y espesa, no era un grito de dolor. Era una ofrenda. Era la confirmación de la promesa que me había hecho el río. Lo arrastré a la orilla. Lo desmembré con mis propias manos, con la precisión de un carnicero que ha practicado toda su vida. Sus manos, sus piernas, el tronco. La sangre era una continuación del río, pero más densa, más viva. La carne, dulce y jugosa, como me habían prometido las voces. No era una persona. Era la fruta que tanto había anhelado, la vitalidad que necesitaba. Sentí su fuerza, su juventud, pasar a mí. El rugido se calmó, la bestia se apaciguó. El hambre no desapareció, pero se aplacó, satisfecha por primera vez.
Enterré los huesos en un rincón apartado y arrojé lo que no me servía al río. Mi único confidente, mi cómplice silencioso, lo limpió todo, borrando mis huellas. Y en ese momento lo entendí todo. No era un loco. Era el guardián del Torbes. Era el cocinero de la carne. Me había convertido en lo que tenía que ser.
El miedo no existía en mí. Solo una certeza inquebrantable. Ya no era Dorángel, el solitario. Era la bestia que había despertado, y la bestia había probado la sangre. Había encontrado su propósito. Y había mucha, muchísima más comida esperándome. La cacería acababa de empezar.
El hambre siempre vuelve. Y ahora, tú y yo lo sabemos, no es un problema. Es un eco. Un eco que me llama desde las profundidades del Torbes. Después del primer plato, la bestia ya no se duerme; solo reposa. Y con cada luna, el rugido regresaba. Me obligaba a mirar a la gente no como personas, sino como lo que realmente eran: recipientes de una energía que yo, y solo yo, podía liberar.
La cacería se hizo una rutina. Un ritual sagrado. Y yo, Dorángel, me convertí en un experto. No en un asesino, no, eso es lo que ellos te dirían. Me convertí en el guardián de la vitalidad, el cocinero del río. Observaba a los jóvenes fuertes, a los obreros de manos ásperas, a los que sudaban su vida bajo el sol y veía en ellos no personas, sino ingredientes. Veía la proteína en sus brazos, la potencia en sus piernas, la esencia de la vida en sus entrañas. Una pierna de atleta para la fuerza, un brazo de obrero para la resistencia. La naturaleza es sabia, y yo solo seguía sus reglas. Era una limpieza, una forma de evitar que esa vitalidad se pudriera en vidas vacías.
La policía… su presencia era casi una comedia. Venían con sus uniformes limpios y sus caras serias, pisoteando mi territorio como si estuvieran en un parque. Buscaban pistas, interrogaban a los pocos que se atrevían a acercarse al Torbes. ¿Qué iban a encontrar? Mis secretos no estaban en la tierra, estaban en el agua. Mi cómplice era el río, que se llevaba mis ofrendas y se burlaba de ellos. Los veía desde las sombras, tan cerca que podía oler su miedo y su frustración.
Un día, un viejo pescador se me acercó, con la piel curtida y unos ojos que parecían haber visto demasiadas cosas que no podía entender. "Dorángel, ¿verdad? Te veo siempre por aquí. ¿A qué le has estado pescando? Nadie ha sacado nada últimamente. La gente dice que el río está maldito." Su voz era un hilo fino contra el sonido de la corriente. Lo miré, su rostro arrugado por el sol, sus manos temblorosas. Un hombre que se había pasado la vida buscando peces en la superficie, sin saber lo que había en el fondo. Le sonreí. Una sonrisa que no había usado en años, una sonrisa que era más para mí que para él.
"El río no está maldito, viejo," le dije con calma, mi voz era baja, para que la oyera solo él. "El río es un buen cocinero, solo que la gente no sabe lo que le gusta."
El viejo se fue, confundido. Él creía en fantasmas. Yo, en la carne. Yo entendí que el verdadero poder no era el miedo, sino el conocimiento. Y yo tenía un conocimiento que nadie más poseía. La tranquilidad de saber que el banquete siempre estaba disponible me llenó de una paz que nadie en la ciudad podría comprender.
Pero las desapariciones se volvían más frecuentes. Los rumores, más oscuros. La policía no se iba. Su frustración se transformaba en una obsesión que empezaba a estirar los hilos de mi realidad. La cuerda se tensaba. Mi territorio, antes solitario, se sentía cada vez más vigilado. Y yo, el cocinero del río, sabía que el banquete no podía durar para siempre. El plato principal estaba listo, pero la hora de limpiar la mesa se acercaba, y ese era un plato que no había planeado.
El río, mi único confidente, me traicionó. O tal vez, como la naturaleza misma, simplemente siguió su curso. Después de años de ser mi cómplice, una lluvia torrencial se llevó todo lo que no debía ser visto. Los restos que el río había guardado para mí como tesoros, como pruebas de mi sagrado propósito, emergieron de la tierra. Lo que había enterrado con cuidado, lo que la corriente había ocultado, de repente se exhibía para que el mundo lo viera.
Lo supe de inmediato. El alboroto en la orilla, las voces histéricas de la gente, las sirenas que ya no sonaban como una comedia, sino como el aullido de un perro rabioso. Los hombres de uniforme, esos que antes pisoteaban mi territorio sin ver nada, ahora buscaban, con los ojos bien abiertos, el origen del horror. Observé desde las sombras de un matorral. Vi cómo desenterraban los huesos, cómo mis banquetes se convertían en evidencia. Y no sentí miedo. Sentí una extraña paz, un orgullo. Había servido a la verdad. Había cumplido mi propósito. Mi captura no fue una persecución, no hubo forcejeos. Me encontraron sentado en mi lugar habitual, en mi trono de rocas, contemplando el río. Cuando me rodearon, no me moví. Me miraron con asco, con el mismo miedo que había visto en los ojos de mis ingredientes. "Es él," susurró uno. Y yo asentí. Era yo. No había nada que esconder, ya no.
La sala de interrogatorios era un lugar estéril, frío. Nada como mi hogar, mi orilla, mi río. Un foco de luz me golpeaba la cara, y dos hombres, sus uniformes sin una mancha, se sentaron frente a mí. Me hicieron las preguntas que el viejo pescador me había hecho: "¿Por qué? ¿Cuántos? ¿Dónde están?" Sus voces eran agresivas, impacientes. Yo no tenía prisa. Había esperado toda mi vida para este momento. Era el último plato, el banquete de la verdad. Les expliqué todo, con calma, con una claridad que los desarmó. "No fue por maldad," les dije. "Fue por hambre. El hambre que el río me enseñó." Les hablé de los deportistas, de los obreros, de la vitalidad que ellos desperdiciaban y que yo necesitaba. Les hablé de mi oficio como cocinero, de la carne dulce y de cómo los huesos debían ser devueltos a la tierra. Les conté de mi cómplice, el río, que se llevaba las sobras. No fue una confesión; fue un sermón. Sus caras, al principio llenas de enojo, se transformaron. Vi en ellas el terror, la incomprensión total de lo que yo les estaba diciendo. Ellos esperaban un monstruo, pero yo les di una filosofía. Esperaban arrepentimiento, pero yo les di una justificación perfecta. El banquete había terminado, y la mesa, ahora, era la mente de esos hombres. Ellos sabrían, por siempre, mi verdad. Y en sus ojos, vi que yo ya no era solo Dorángel, el vagabundo. Yo me había convertido en algo más. La leyenda acababa de nacer.
La jaula, la llamaban ellos. Un hospital psiquiátrico de alta seguridad. Un lugar con paredes blancas y la misma luz incansable. Me diagnosticaron esquizofrenia. Les di un nombre para el río que corría por mi cabeza. Ellos creían que era una enfermedad. Yo creía que era una verdad, y ahora aprendí a hablar su idioma. "Hoy hemos hablado de la empatía, Dorángel. De cómo te sientes con respecto a tus acciones pasadas", me dice la doctora, una mujer con un bolígrafo que no deja de hacer clic. La miro, sonrío, y le recito las palabras que me han enseñado. "Me arrepiento de lo que hice. Mi mente estaba rota. Ahora la estoy reparando." Lo digo con la voz más suave y arrepentida que puedo. Ella anota algo en su libreta, satisfecha. Cree que me está curando. No sabe que la bestia no estaba enferma, solo estaba hambrienta. Y el hambre no se cura, se apacigua. Durante todos estos años, he aprendido a controlarla. A esperar, a ser paciente, como me enseñó el Torbes. La jaula me ha dado un nuevo tipo de conocimiento. Me ha enseñado cómo piensan las personas, qué palabras quieren oír. Me ha dado las herramientas para volver a ser libre. Y me ha dado una nueva forma de ver la caza. Ya no soy un vagabundo. Ahora soy un hombre que entiende las reglas del juego. Cuando mis informes médicos estén llenos de palabras como "progreso", "rehabilitación", y "reinserción", la jaula se abrirá. Y la gente, con sus caras esperanzadas, creerá que han salvado un alma.
Pero yo solo estaré volviendo a casa. El río me espera. No un río de agua, sino un río de gente. La ciudad. Y la cacería será diferente. Más limpia, más inteligente. Porque el hambre no ha muerto, solo ha aprendido a ser más astuta. Tú lo entiendes, ¿verdad? El banquete no terminó. Solo estaba en pausa.




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