Cenizas de Étherion
Reseñas generales
En el año 3057, Étherion se alzaba como la ciudad más avanzada del planeta. Torres de cristal y acero flotaban sobre el suelo, sostenidas por campos de energía, y la magia se entrelazaba con la tecnología como si fueran la misma cosa. El aire estaba lleno de luces danzantes, creadas por conjuros que filtraban la contaminación y dibujaban constelaciones visibles incluso de día.
En este mundo, cada persona nacía con un aura mágica medida por el Consejo de Arcanos al cumplir los seis años. Cuanto más intensa, mayor era la posición social. Los descendientes de magos legendarios eran celebrados como figuras sagradas… todos, menos uno.
Su nombre era Aldren Kaelis, último heredero de Kaelis el Invicto, el mago más poderoso de la historia. La profecía decía que un descendiente suyo guiaría a la humanidad hacia “el amanecer o la ruina”. El problema fue que, cuando midieron el aura de Aldren, apenas brillaba. Era débil, insignificante, “una vergüenza para el linaje”. Su madre lo abandonó en un barrio bajo, y su apellido fue borrado de los registros oficiales.
Creció en las sombras de Étherion, viendo cómo otros hijos de magos eran venerados mientras él sobrevivía robando y reparando viejos artefactos mágicos. Nadie sabía que, en lo profundo de su ser, dormía un poder que no emitía luz… sino oscuridad pura.
Aldren comenzó a sentirlo a los 17 años: un susurro en su mente, una fuerza que se alimentaba de cada desprecio y cada golpe que recibía. Esa energía no se parecía a la magia común. No pedía mantras ni varas; respondía al dolor.
Con el tiempo, ese susurro se convirtió en voz, y la voz en una presencia que le mostró la verdad: su aura no era débil, era invisible porque pertenecía a una magia prohibida, anterior incluso a la creación de la Tierra. Era la Magia Primordial del Vacío, capaz de deshacer no solo materia, sino conceptos.
No buscó venganza al principio. Solo quería que lo aceptaran. Pero la burla y el desprecio eran constantes, incluso cuando comenzó a demostrar habilidades imposibles, como detener el tiempo o caminar entre planos. Finalmente, algo se quebró.
Una noche, en el centro de Étherion, Aldren apareció ante el Consejo de Arcanos. No llevaba armas ni armadura, solo una mirada fría. Les dio una última oportunidad para aceptarlo. Ellos rieron. Y entonces, el Vacío respondió.
Las torres comenzaron a deformarse como si fueran de cera bajo un sol invisible. Los cielos se doblaron, las constelaciones se derramaron como tinta sobre el firmamento, y el suelo se disolvió en fragmentos flotantes. No hubo fuego ni explosión en el sentido común: fue una implosión abstracta. Los colores dejaron de existir, los sonidos se apagaron, y la noción misma de “mundo” se desintegró.
Aldren flotó en medio de la nada, con el eco de su respiración como único sonido. En ese instante entendió que ya no era el heredero de un mago… era el Predecesor de la Tierra y el Aniquilador de Todo.
Y con una sonrisa vacía, dejó que incluso su propia forma se disolviera, convirtiéndose en el último fragmento de conciencia en un universo que ya no existia


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