DARK - El Reinicio -
Reseñas generales
Todo comenzó con el fin. Con el tic-tac que se detuvo. Mi mano, que sostenía la suya, se disolvió en partículas de luz. Su rostro, la mujer que amaba, se hizo transparente. Un momento éramos nosotros, en la carretera, frente al accidente. Al siguiente, solo éramos una idea, un eco, un recuerdo borrado de la existencia. Sentí que éramos absorbidos, comprimidos en un punto singular de tiempo y espacio, y lo único que permaneció, la única verdad, fue su nombre. Martha.

Mi nombre es Jonas. Y estoy roto. No de la forma en que los otros estaban rotos en ese otro mundo. Aquí, en este mundo origen, la gente está completa. Mi madre, Hannah, es una pintora de éxito, una mujer de carácter fuerte y con una sonrisa que nunca esconde un secreto. Ella es feliz. Pero cuando me mira, a veces, hay una sombra. Como si recordara algo que no vivió. Porque en este mundo, mi padre no existe. Un amor perdido, dice ella, siempre con una melancolía que no le pertenece. Yo sé la verdad. En ese otro mundo, mi padre, Mikkel Nielsen, se había ahorcado. Y mi madre, la otra Hannah, se había suicidado después de perderlo a él. Aquí no existe esa tragedia, pero ella la siente. Y lo sé porque yo también la siento.
Mi vida, a mis 20 años, es un lienzo en blanco que la oscuridad ha salpicado de un solo color: el de la tormenta. El caos vive en mi interior y todo se manifiesta con el sonido de un reloj. Un tic-tac, que no se detuvo conmigo, sino que se quedó anidado en mi pecho, resonando con el latido de un corazón que no es el mío. Una mañana, mientras tomábamos café en la terraza, Hannah me preguntó si estaba durmiendo bien. Sus ojos, que siempre reflejaron el sol de este mundo, parecían opacados.
Hannah: Te ves pálido. ¿Estás durmiendo bien?
Yo bajé la mirada a mi taza, sintiendo el calor del café en mis manos, una sensación que no lograba anular el frío que sentía en el interior.
Tuve ese sueño otra vez. La tormenta. Y la chica.
Hannah frunció el ceño. Ella sabe que me ha estado pasando. Lo atribuye a una pesadilla recurrente, a mi soledad. Y la mía es la de un hombre que perdió a un amor que nunca conoció.
Hannah: Jonas, no es sano. Te estás aislando. ¿Deberíamos ir a ver a alguien?
No, le dije, su nombre es un susurro. La imagen de Martha me persigue. En el reflejo de una ventana de tren. En la figura borrosa de una muchacha que camina por la calle. En cada momento de silencio, ella está ahí, mirándome. Sus ojos, su cabello, la forma de su cuello. En una de esas noches de insomnio, cuando el tic-tac es demasiado fuerte, veo su rostro con tal claridad que puedo sentir el calor de su piel. Sé su nombre. Sé su mirada. Pero no sé nada más.
Hannah: No entiendo quién es ella. ¿Quién es Martha?
No lo sé, mamá. Pero siento que la amé.
Su rostro se contrajo con una pena que no le pertenecía. La pena de un fantasma. Yo salí de la casa. El aire fresco me golpeó, pero no me calmó. El tic-tac continuaba. Un dolor punzante en mi sien. Mis manos temblaban. La obsesión me estaba consumiendo. La había visto en el reflejo del escaparate de la panadería de Winden, una fracción de segundo. Una mujer con el mismo peinado que la Martha de mis visiones, pero que no era ella. Era una desconocida, una chica del pueblo, comprando pan. Me quedé parado, con la respiración entrecortada. Los rostros familiares de Winden pasaban a mi alrededor. Ulrich, ahora un hombre apacible y con una familia feliz. Regina Tiedemann, sana y dueña del hotel. Todos sin saber el peso que yo llevaba.

Mi búsqueda de la verdad me llevó a los libros de H.G. Tannhaus, el relojero. En este mundo, su obsesión por el tiempo nunca llevó a la creación de los dos mundos. Pero dejó un libro. Un manuscrito que fue descartado como una fantasía, lleno de notas en los márgenes y garabatos sobre el Ouroboros. No era un libro de fantasía. Era una confesión, un lamento. Hablaba de la paradoja. Del nudo que unió a mi familia con la suya. De la cueva. De la máquina del tiempo. Y de una verdad que ahora me atormenta: un pulso residual, un eco que se queda atrás, como la onda en el agua después de que la piedra ha caído. El eco del dolor, del amor. De los mundos que no existen. El libro era mi única pista. El tic-tac me llevó a él.
Mi búsqueda me llevó al lugar donde todo empezó. La cueva de Winden. En este mundo, es una zona protegida, una reserva natural con un camino de madera y letreros para turistas. Pero yo sentía algo más. El tic-tac, que en el exterior era un suave rumor, aquí era un rugido ensordecedor. Las rocas del túnel parecían respirar. Las veía. Todas las historias. Veía la muerte de Erik Obendorf. La desaparición de Mikkel. La voz de Claudia Tiedemann. El grito de Adam. Un torrente de imágenes que no eran mías, pero me pertenecían. La cueva no era una entrada. Era una tumba, un mausoleo de los recuerdos perdidos.
Y entonces, en lo más profundo, la encontré. No una máquina. No la partícula de dios. Una brújula. Vieja, de latón, con el símbolo del Ouroboros. Era la misma brújula que yo había tenido en mi otro mundo. Un escalofrío me recorrió la espalda. Era una reliquia, el único objeto que sobrevivió a la destrucción de la paradoja. Cuando la toqué, el tic-tac de mi pecho se detuvo. Y una voz, clara y sin interferencias, susurró mi nombre.
Martha: Jonas. No nos fuimos. Estamos atrapados en el eco. Tienes que liberarnos.

Mi corazón se llenó de una euforia febril. Mi Martha estaba viva. Y yo, solo yo, podía salvarla. Pero para hacerlo, tenía que encontrar la máquina que Tannhaus construyó en el otro mundo y que aquí nunca se usó. La brújula me guió a un sitio que no estaba en los mapas. Al antiguo laboratorio subterráneo de Tannhaus. Un lugar sin vida, sin electricidad, sin secretos. Excepto por una cosa: el prototipo de la máquina del tiempo. Inactivo, cubierto de polvo, pero con el mismo símbolo del Ouroboros grabado en su centro.
La brújula era la llave, y yo era la voluntad. Al colocarla en el centro de la máquina, un pulso de energía recorrió el aire. Las luces de Winden parpadearon. Y en mi mente, vi un árbol genealógico, pero esta vez, incompleto. Solo quedaba la línea principal del mundo origen. Pero un nuevo hilo, una nueva rama, comenzaba a crecer desde mi nombre. Un nudo que estaba a punto de ser atado de nuevo. La voz de Martha me llamó otra vez, esta vez con una nota de desesperación.
Martha: Jonas, no lo hagas. El nudo nos va a consumir de nuevo.
La brújula se iluminó con una luz azul, y en un pulso de energía, la imagen de Martha se materializó frente a mí. No era un fantasma, sino una visión, una proyección de su conciencia atrapada. Sus ojos de cierva me miraron, llenos de amor y de terror.
Martha: Tienes que destruirlo. Me suplicó su voz, que se sentía como un susurro en mi mente. Tienes que destruir la máquina. La paradoja está despertando. Nos va a consumir de nuevo.
No, le dije, con lágrimas en los ojos. No puedo. Te he buscado toda mi vida, Martha.
Martha: Jonas, este no es nuestro mundo. Me dijo con tristeza. Este es el mundo que creamos. Es el mundo que salvamos. No lo arruines por mí. Vete, y destruye la máquina.
No, repetí, y puse mi mano en la suya, en la proyección de su conciencia. Sentí su calor, su amor, y el dolor de su sacrificio. En ese instante, su imagen desapareció. Los ecos se intensificaron, y en lo más profundo del búnker, las rocas comenzaron a temblar. El nudo había vuelto. Y yo, Jonas, había sido la llave. Me habían dado una segunda oportunidad. Pero, como me enseñó el reloj que late en mis oídos, el destino tiene una forma perversa de manifestarse, de volver, como un eco de un pasado que nunca debió existir.

En el instante en que la máquina se activó, el mundo origen dejó de ser un lienzo en blanco. Los ecos se volvieron reales. La gente de Winden, sin entenderlo, comenzó a sentir lo mismo que yo. Ulrich Nielsen, ahora un feliz padre y policía, tuvo un sueño en el que una mujer rubia, su esposa Katharina, no lo amaba, sino a su hermano, Mads. Regina Tiedemann, sana y feliz, sintió un miedo repentino al ver la cicatriz de su cuello, una cicatriz que no existía. Las vidas plenas que habíamos creado, ahora estaban llenas de fantasmas.
La máquina del tiempo se encendió por completo, y en su centro, en lugar de un agujero de gusano, apareció una imagen. Era yo, el Jonas adulto, con cicatrices y una mirada de desesperación. Era la visión de un futuro que no debería existir. La Martha de la máquina me miró con una sonrisa amarga, una Martha que no conocía, una Martha que no era mi Martha.
Martha: Todo comienza de nuevo. Me dijo, su voz ahora un eco en mi cabeza. Y yo soy el principio.
El tic-tac regresó, pero esta vez no era un sonido sordo. Era un estruendo, un latido que venía de todas partes. El tiempo, una vez más, se había roto. Y yo, Jonas Kahnwald, el único que lo recuerda, estoy a punto de abrir la puerta.





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