Arrebato

Narrativa

Yo quería ser Ellen Ripley. O Sarah Connor. O la Androide 18. O Milla Jovovich en Resident Evil. En todo caso, no quería ser camionero, ni bombero, ni padre, ni esposo. Quería ser una de esas heroínas. No es que quisiera ser mujer. Quería ser hombre (supongo; tampoco es que me lo hubiese preguntado en ese entonces), pero, sobre todo, quería ser una de esas personas que lo dejan todo en el campo de batalla. Que, frente a las adversidades de la vida y de sus propias limitaciones —impuestas por una sociedad que, por entonces, consideraba débiles a las mujeres— se destacaban de todas formas.

 

Entonces, de niño, cuando me preguntaban qué quería ser, yo decía: «No sé». Pero en el fondo, mi corazón gritaba: «¡Ripley!».

 

Con el tiempo, ese deseo se fue desdibujando. Leí hace un tiempo, una entrevista vieja a Almodóvar: «Los cambios de mi vida han sido tremendos. Hubo mucho tiempo que creía que tenía que decidir entre mis emociones o la disciplina del trabajo. (…) Creí que tenía que renunciar a los sueños de mi niño interior para volverme lo que soy ahora. Pero lentamente confías en el instinto de tu niño interior. Poco a poco, y eso es la madurez, descubres que esas emociones de crío están en determinadas rutinas. Sólo hay que encontrar el perfecto momento del arrebato y creer en ellas.»

 

Esta tarde salí a trotar por mi barrio, en Buenos Aires. Estaba exhausto. La noche anterior y buena parte del día había llovido, y yo esperaba encontrar senderos anegados, barro que me obligaría a ir lento, torpe, con un ritmo apagado. Pero no. En el caminito que atraviesa el parque, las flores amarillas plantadas en los bordes, que se mecían con la brisa, flotaban como globos oníricos en un aire espeso, dorado, un ámbar precioso. Corrí lento —sí—, pero no por cansancio: por reverencia. Dentro de ese arcoíris amarillento sentí que algo me crecía por dentro. Como si ese día pudiera enfrentarme con todas mis fuerzas y cambiar el rumbo de mi vida.

 

No creo en el destino. Me parece una idea errónea suponer que solo algunos están tocados por la varita mágica para entrar en los libros de historia. Creo en lo que decía Almodóvar: el sentimiento del arrebato –como sinónimo de lo inesperado –. 

 

Y entonces recordé un diálogo de Todo sobre mi madre. Un personaje llamado Agrado (interpretada por la exquisita Antonia San Juan) se subía al escenario y, en un monólogo cortísimo, decía: «Porque una es más auténtica cuanto más se parece a lo que soñó de sí misma». La escena terminaba en una ovación del público.

 

Ese instante de lucidez que cuenta Almodóvar aparece sin aviso y se va tan rápido como vino. Se deshace como arena entre los dedos. Pocos pueden. Yo a veces me creo capaz. Para romper los hilos del maquiavélico destino (si es que existe) solo se necesita el coraje de arrojarse al vacío sin miedo. Y en esos momentos de arrebato, cuando la memoria de los sueños de la niñez olvidados flota en el aire, cuando troto por el parque de flores amarillas recordando mi infancia en un pueblo del interior del país, siento mucha virtuosidad y muchísimo miedo.

 

 

 

Comentarios 4

A
Alma Raquel Alonso Lucena6 de agosto de 2025
Todas las personas podemos entrar en ese libro de historia, ojalá encontremos el modo de arrebatarle el SI a la adversidad cada día. Abrazo. Te dejo ☀️
H
Hasbulla5 de agosto de 2025
Tu texto me atravesó. Esa mezcla de nostalgia, referencias culturales y revelaciones íntimas logra algo que pocas veces pasa: que uno se vea reflejado. Esa idea de que no querías ser tal profesión, sino un personaje que encarna coraje, me parece brillante para hablar de identidad y sueños. Y la imagen de trotar entre flores amarillas como detonante de ese arrebato… simplemente hermosa.
A
Adrian Andrade Ma.4 de agosto de 2025
La reflexión que colocaste de Almodóvar muy preciosa y más por como la implementas en esta especie de reinicio o revaloración de la vida misma que asume un adulto que nunca deja de ser un niño en su interior. Saludos.
M
MehMeh3 de agosto de 2025
Qué lindo escrito. Esa frase de Almodóvar que citaste - Porque una es más auténtica cuanto más se parece a lo que soñó de sí misma - me re llegó. Cortó hondo. Tenés razón: no queda otra que ser uno mismo. Lo otro es solo existir, no vivir. Re fuerte la reflexión.

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