El abismo

Narrativa

Buffalo, Nueva York. El 8 de marzo de 1927 nació un hombre: Francis Falejczyk. Fue piloto de avión, marino, paracaidista y, finalmente, buzo. La vida lo empujó hacia el fondo. No en sentido metafórico: hacia el fondo real del planeta. 

 

Se formó en una de las escuelas más exigentes de buceo del mundo y, en uno de esos experimentos donde el cuerpo humano se convierte en laboratorio, Francis se prestó como conejillo de Indias: inhaló solución salina oxigenada con sus propios pulmones. Fue el primer ser humano en respirar líquido. El precio fue alto. Contrajo neumonía. Murió a los 73 años. Pero dejó algo escrito en el agua.

 

En una de esas tantas conferencias sobre tecnología marina, mientras hablaba de sumergirse en atmósferas ajenas al humano, entre el público había un joven canadiense, flaco, con barba tupida y con los ojos de quien ya ha visto cosas que aún no existen. 

 

Tenía menos de treinta años. No hablaba mucho. Observaba atentamente los avances de la ciencia. Años más tarde, ese joven llamado James Cameron se transformaría en uno de los directores más visionarios de la historia del cine. Un hombre fascinado por la presión del océano, por el límite entre carne y máquina, por la pregunta insistente: ¿qué hay debajo, en el abismo?

 

Después de estrenar Aliens (1986), y todavía con el eco de los experimentos de Francis Falejczyk zumbándole en la nuca, James Cameron se lanzó al rodaje de El secreto del abismo (The Abyss, 1989). Era una película difícil, subacuática, de rodaje áspero. Un thriller de ciencia ficción que, aunque no fue su mayor éxito comercial, exploraba con rigor y ambición las tensiones entre la vida humana y la vida alienígena en las profundidades del océano.

 

Captura de The Abyss (1989)

 

Hace menos de dos años estuve en una presentación suya en La Rural, en pleno corazón de Palermo. Lo entrevistó Iván de Pineda y juntos conversaron sobre tecnología, exploración y futuro.  En la charla dejó clara su obsesión: la ciencia ficción, sí, pero más aún la necesidad casi espiritual de desentrañar el último gran Leviatán: el océano. Esa masa viva e infinita que intentó retratar en la segunda película de su saga: Avatar. 

 

En un momento, Cameron dijo algo que me llamó la atención: Que a veces tenía la sensación de que la tecnología comenzaba a imitar a las invenciones del cine, como si el mundo real estuviera copiando los sueños de los directores. Una especie de bucle, de retroalimentación infinita. Y entonces lanzó una pregunta que quedó flotando en el aire: ¿qué viene primero? ¿La invención o la imaginación? ¿La máquina o la ciencia ficción? 

 

Cameron en La Rural (2023)

 

De todas formas, no importa la respuesta. 

 

Pero hace unos días, en mi país, ocurrió algo insólito: más de cincuenta mil personas se conectaron en simultáneo para ver una transmisión del CONICET. No era un recital. No era un partido. Era ciencia dura.

 

Después de un arduo proceso de selección, un grupo de científicos transmitió en vivo la campaña del cañón submarino Mar del Plata, una región del Atlántico sur casi virgen, de altísima biodiversidad y escasamente explorada. Durante horas se vieron descubrimientos en tiempo real: especies nuevas, moluscos, pepinos de mar, criaturas sin nombre. Y la respuesta fue explosiva: memes de artrópodos, dibujos hechos por fans, ilustraciones digitales de seres jamás antes vistos.

 

En medio del maremoto de reacciones, apareció un mensaje en la transmisión, tímido y brillante como un faro: “Me llamo Pedro, tengo 11 años, ¿cómo hago para estudiar lo que hacen?”

 

La sabiduría que, como una espora, infectó la imaginación de un joven Cameron comenzó a reproducirse en cientos de niños. En un mundo plagado por las enseñanzas de gurús financieros, influencers de cartón y la tiranía de los casinos online, la ciencia, de pronto, encendía otra vez la chispa más poderosa de todas: la curiosidad.

Comentarios 3

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R.D.M.27 de agosto de 2025
Me interesó mucho tu escrito, habla sobre la ciencia ficción y la tecnología copiando está, además de las nuevas especies que salieron del mar y el niño de once años interesandose en estudiar lo que ve. Creo que Cameron tiene razón, otros inventan con su imaginación y los otros copian con su ciencia. Está claro que la tecnología descubrió en la ciencia ficción un potencial de inventos que traen del mundo imaginario al mundo real. Cameron trae a cada una de sus películas cada impacto que le produjo lo visto en ese señor que murió a los 70 y tantos en pro de la ciencia.
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✨Gaby✨25 de agosto de 2025
Que bonito, la mejor contribución que puede darle a la humanidad: el despertar de la curiosidad, el interés por aprender sobre lo desconocido. Siempre es un gusto leerte, te dejo mis puntitos.
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Franchesca A. Herrera Piña3 de agosto de 2025
No conocía a este personaje, me gustó tu artículo. Tomaré en cuenta la película para verla un día de estos. Un gran análisis en verdad.

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