El Amor, la variable independiente
Reseñas generalesCómo seria si fuese a mis padres a quien le tocara escribir esta reseña sobre el Amor en los tiempos modernos por allá en la década de los 70´s. La televisión en su entorno no estaba muy difundida pero seguro escribirían sobre las radionovelas y los héroes de oído, de la emotividad de las cartas de amor, de los poco discretos telegramas, de la literatura y música romántica, del florecimiento del feminismo y el empoderamiento de la mujer y el cine, dominado por la guerra fría y Vietnam. Sospecho que no escribirían sobre Deep Throat (1972), pero seguro escucharon o vieron algo de Elvis pero no les interesaba el rock and roll. Harían énfasis en la intransigencia de sus suegros, ambos la pasaron mal. Mi padre tuvo que lidiar con sagacidad a mi abuelo materno, un personaje que no toleraba ni negociaba con contradictores. Alguien parecido a Don Pedro Aragón en Un paseo por las nubes (1995) y mi madre lapidada por su condición social tuvo que soportar chismes clasistas y segregatorios de las hoy mis tías, todas ellas la reencarnación de Martha Baring de Secretos de sangre (1998). Fue su contexto de modernidad. Hombres y mujeres forjados en la educación y costumbres católicas que amaron y se desencantaron en el formalismo de la época. Tiempos en que las mayoría de las mujeres, a consta de vergüenza y pudor, eran criadas para un sólo hombre. Abuelas y madres herederas del legado de decoros de Úrsula Iguaran, la matrona de Cien años de soledad . Ese fue el entorno cultural y tecnológico en que se desarrollaban las relaciones de aquel entonces. El amor se nutria de ese presente muy diferente al de hoy en que la tecnología de las comunicaciones y su esnobismo posibilita viralizar el contacto pero también lo impersonaliza. La monitorización de las relaciones y sus pecados ha trasladado el rito de la seducción a otro nivel. Simplifica el temor al rechazo y a la zozobra, facilita la infidelidad y los conflictos de pareja, exhorta a cruzar limites morales y a la vulgaridad. Todo un reto a la confianza y a la seguridad humana. Nos encontramos, ligamos o nos descartamos. Extremadamente visual y narcisista. Cuando ví Wicker Park (2004) me llamó la atención que el único que no tenia un celular era justamente Matt, el protagonista, de lo contrario se hubiese abreviado el drama. Habría que admitir, de la misma manera, que para los verdaderos enamorados, para los amantes hiperactivos, esta modernización en la interlocución es también una panacea. Las redes sociales la mensajería inmediata, los audio-videos y demás, impactan en la consolidación y el seguimiento del vinculo. En fin, esa modernidad de la que alardeamos hoy, facilita los beneficios tanto como los riesgos.
Por eso para hablar de amor es necesario sufrir el amor, nos permite algo de autoridad, por lo menos para opinar. Cuando vi por primer vez El camino a casa (1999), un drama romántico chino, me fascinó la postura autentica y rebelde de Zhao Di. La esperanza de su mirada que desgarraba los músculos de sus ojos buscando acertar con la figura solemne de aquel joven profesor que apenas se percataba de su existencia. Esa sonrisa, celestina de su mirada, resguardaba su fascinación y angustia por obtener un ápice de atención de aquel forastero que había alterado su cotidianidad de 18 años. Su determinación desafiaba el rigor de la costumbre de los matrimonios acordados. La misma determinación que condujo a sus piernas entre la densa nieve o el fango a recorrer la distancia suficiente que lo hiciera visible al pasar. O el pozo de agua, testigo de los faros de sus ojos que se anclaban en la puerta de la escuela. Ella solo quería coincidir. Se descaró ante su ausencia y sufrió su inclemencia. Lo espero y se quedo con él por 40 años hasta que la muerte imparcial intervino y ella, aún, con la misma resolución de aquella niña obnubilada, hizo recorrer en procesión el féretro con su esposo por aquel camino que fue testigo de su pasión y libertad, el camino que conduce a casa. En la película no hay ni un abrazo ni un beso de los protagonistas (posiblemente por normativa estatal), pero, particularmente es una de las historias románticas preferidas por mi.
El amor es como una carrera de relevos, todos tenemos una historia que contar y el cine tiene la responsabilidad de no debe dejar morir en sus producciones esa sensación asfixiante en nuestro pecho y emotiva en nuestra mente . Que no muera el poeta espejo de ese amor cómplice y solidario lleno de vitalidad. Ese amor que nos pone a planificar un mañana y que aunque algunas veces no se consolide, nos deje una anécdota de existencia mas allá del dolor, la decepción o el odio: fui libre cuando amé sin importar las consecuencias. Como ese Mensaje en la botella (1999) repleto de sabiduría y resignación que nos enseña que saber amar no se olvida o en Ghost (1990) un amor que se enceguece pero no ensordece y que deja a los protagonista en un atajo entre la vida y la muerte o si el final es inminente y cruel como en ese Dulce noviembre (2001). Esa dulzura y esa vitalidad no debe escapar de los guiones del séptimo arte. No deben renunciar a los riesgos repetitivos del amor. La magia de la pantalla gigante no debe escapar al suspiro de unir o separar dos almas al final de una historia. No importa la inteligencia artificial o si vamos y volvemos de Marte, el amor siempre hará fuerte o frágil al ser humano y será argumento de cuestionamiento de su sensatez.

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