Esa mujer

Personajes

La escuché por primera vez en boca de otra mujer loca. Era septiembre de 2021. Yo trabajaba en la Alianza Francesa y esa tarde la institución había organizado una charla magistral con Mariana Enriquez. El título de clase rezaba: “Obsesiones (y cómo armar con ellas un mundo literario)”.

 

Mi trabajo consistía en recibirla, organizar la fila interminable de devotos —porque los lectores de Enriquez son una suerte de secta—, y grabar con el celular para las redes sociales. Durante casi dos horas, la dama oscura habló, rió, y desnudó con lujo de detalles ese gabinete de curiosidades que la habita. Habló de cementerios, de casos policiales, de lugares donde los muertos no descansan. Y entonces la nombró. Lo dijo con esos labios grisáceos pintados como una lápida: Isabelle Adjani.

 

Ahí empezó todo.

 

Desde hace poco más de un mes, La mujer poseída (Possession, Francia/Alemania - 1981), de Andrzej Żuławski, volvió a las salas de todo el país como quien vuelve a abrir un ataúd. No es una película que se vea: es una que pasa por todo el cuerpo. 

 

Fernando Martín Peña, divulgador y programador del cine Malba, escribe sobre la película: “Aparte de la presencia protagónica de la mujer en sus películas, otra característica de su cine es el exceso. Todo es excesivo, sus argumentos, sus actuaciones, sus travellings y cámaras en mano enloquecidas. Cuando filmó Possession en 1981, Żuławski venía de divorciarse (parece que no en muy buenos términos) de su primera mujer y vomitó aquí todo su odio y su dolor en una de las descripciones más demenciales y violentas que se hayan hecho sobre la separación de una pareja”.

 

No se puede decir más. Y al mismo tiempo, hay que seguir diciendo. Possession ha sido leída como un film sobre espionaje, sobre la violencia ejercida contra la mujer, sobre la guerra fría, sobre la enfermedad, sobre la locura, sobre la imposibilidad del amor y la naturaleza maligna del hombre. Y todo eso es cierto. Pero hay algo en lo que todas las miradas convergen como agujas en un punto: Isabelle Adjani.

 

El 28 de septiembre de 2024 volví a ver a Mariana Enriquez. Otra charla magistral, otra vez sus obsesiones, esta vez en el auditorio del Malba. Hacía calor y la fila era larga, como si se tratara de una peregrinación hacia una santa laica, una que escribe sobre chicas muertas y casas tomadas por el espanto. Logré entrar y sentarme en primera fila. Como siempre, me desconcertó —y me fascinó— el contraste entre su humor filoso y esa literatura suya que sangra por las páginas.

 

Esa tarde habló de películas. Betty Blue, En mi piel, Saint Laurent, Mártires, y otra vez, como si no pudiera evitarlo, la joya negra: La mujer poseída.

 

Cuando terminó, me acerqué a hablar con ella sobre esa mujer. Coincidimos sin titubeos: es la mejor actuación que haya dado el cine de terror. No hay discusión. La escena del subte —a los 74 minutos exactos— no necesita efectos especiales. Es una resurrección filmada. Con una bolsa de compras en la mano, Adjani se arrastra por el piso como si estuviera pariendo su propio demonio. Se retuerce, se golpea, grita, gime, se desangra, y finalmente alcanza ese estado de trance con los ojos en blanco: no es histeria, es éxtasis puro.

 

La charla fue amena, hablamos poco más de quince minutos. Mariana me firmó un libro, sonrió, y antes de despedirse, me dijo: “Muchas veces se me viene a la cabeza esa escena de Isabelle. Y me inspira. Bueno, ¿viste que a veces la belleza a veces viene empaquetada en el horror? Algo así”.

 

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