La Extinción que Merecemos

Reseñas generales

Mi nombre es Jessica Sosa.
El mundo me llama “la carnicera del Jurásico”.
No me importa.

No nací para amar criaturas prehistóricas.
Nací para proteger el futuro de la humanidad.
Y a veces, proteger significa ensuciarte las manos.

Los dinosaurios volvieron hace trece años, no por magia ni milagro, sino por culpa del hombre.
Un laboratorio japonés —que ya fue convenientemente silenciado— logró reactivar un genoma fosilizado. Querían fama. Querían premios. Y lo lograron: abrieron las puertas del infierno.

Primero fueron exhibidos como atracciones.
Un triceratops en el Zoológico de Berlín. Un raptor en Dubái.
Gente riendo, haciéndose selfies.
Luego, empezaron las fugas. Las muertes. El caos.

Ahora son plaga.

Ciudades como Quito, Medellín y Ciudad de México viven bajo estado de excepción.
Los pteranodones anidan en las antenas de telecomunicaciones.
Los compys se cuelan en los drenajes y se reproducen como ratas.
Las autoridades están superadas.
Los ecologistas los llaman “seres sagrados”.
Yo los llamo lo que son: errores evolutivos que jamás debieron regresar.

Trabajo para el Grupo C-9, un escuadrón internacional de contención biológica.
Nos llaman cuando los gobiernos se rinden. Cuando la esperanza muere.
Cuando queda solo una opción: limpieza total.

Y yo soy la mejor en eso.

Dicen que soy una villana porque eliminé a 123 dinosaurios en una sola operación.
Lo que no dicen es que esos dinosaurios estaban devorando una aldea entera en Bolivia.
Lo que no dicen es que uno de ellos —un tiranosaurio albino, ciego, pero brutal— desgarró a mi hija en dos.
Lo que no dicen es que yo también lloré.

Pero seguí disparando.

Una vez, en las ruinas de lo que fue Bogotá, encontré a una niña de no más de ocho años.
Tenía el rostro cubierto de ceniza y una iguanodonte bebé abrazada como un peluche.
“No le hagas daño”, me dijo.
Y yo la miré.
Y dudé.
La duda casi me cuesta la vida: la madre de esa iguanodonte nos emboscó cinco minutos después.
Murieron dos de mis hombres.

Desde entonces, no dudo.

Los dinosaurios no odian. No conspiran. No entienden el bien o el mal.
Pero tampoco se detienen.

No es su culpa haber vuelto. Es nuestra.
Pero ahora están aquí, y se multiplican, y su instinto siempre gana.
Los humanos seguimos construyendo, contaminando, expandiéndonos.
Los dinosaurios solo... existen.
Y ese es el verdadero problema: no cabemos todos en este planeta.

Me llaman villana porque hago lo que nadie quiere admitir que es necesario.
Dicen que odio a los dinosaurios.
La verdad es que los envidio.

No mienten.
No destruyen por codicia.
No necesitan excusas para ser lo que son.

En unos años, tal vez no quede nadie para escribir esta historia.
Ni dinosaurios, ni humanos.
Solo ruinas y fósiles de un error repetido: la arrogancia.

Pero hasta entonces, seguiré cumpliendo mi deber.
Seguiré matando lo que amamos, para proteger lo que aún queda.
Y si eso me convierte en villana...
entonces soy la villana que este mundo merece. Una que carga con el precio de la paz.

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