Amigos de tragos

Reseñas generales

Esta película puede ser muchas cosas, pero básicamente es la historia de una mujer y su soledad camuflada. De alguien que trata de conectar con lo que cree que es su mundo afectivo pero no lo es tanto. Al menos no como ella lo desea.

También es la historia de esta mujer que pretende echarle la culpa de su soledad a la persona más cercana que tiene. Para ello, Joe Swanberg, el director, se vale de recursos dramatúrgicos muy sutiles, muy finos.

De entrada vemos a esta persona muy empoderada, muy siglo 21, muy autónoma y autosuficiente, muy popular dentro de su círculo, - aparentemente muy rodeada - observando un anillo de bodas de una pareja de amigos que se van a casar.

 Su reacción abre todo un mar de dudas para el espectador de manera subliminal. Es una escena que, si se mira bien, parece estar no enganchada a nada dentro de la trama de la película, excepto porque nos muestra su lugar de trabajo y el leitmotiv de la cerveza como elemento formal. 

Luego, más adelante, se devienen otro tipo de sutilezas como aquella donde la mujer en cuestión invita a su mejor amigo, - con quien evidente hay una tibia tensión sexual-, a que se sumerjan juntos en el mar de la media noche, luego de haber encendido cierto fuego en la playa.

Él se resiste. Ella se desnuda e ingresa sola. Él se queda mirándola con nostalgia, vestido, al lado del fuego. Le insiste a ella que no lo haga. Ella lo hace. Parece que hubiera aquí una posición moral, sino ética, pues aquel mejor amigo de ella tiene una pareja con la que convive. 

Swanberg quizás aquí se nos confiesa de derechas. ´´No te sumerjas en ese océano, por mucho que te lo ordene el corazón´´.  Como alguna suerte de moralista de derechas, fungiendo de rompe-aguas progresista con su propuesta formal de izquierdas. O sea: la familia es sagrada, así sea la familia al mejor estilo gringo y hay que respetarla por encima de cualquier sentimiento. Ella, obvio está diciendo, ´´es sólo un chapuzón en nuestras aguas de la amistad´´.

Del mismo modo, Swanberg pretende vendernos la idea de que en Estados Unidos todavía hay un sector de la fuerza industrial donde los obreros son blancos de clase media con hábitos de consumo medianamente exquisitos. 

Nos plantea un Estados Unidos sin inmigrantes, sin latinos de baja estatura, un Estados Unidos que precisa de una clase media muy cool dispuesta a arremangarse la camisa cuando los tiempos lo ameriten y parece ser que estos tiempos lo ameritan. 

Y de alguna manera podría acertar. Para como están las cosas, trabajar  en una fábrica de cerveza atendiendo los procesos, puede ser tan ondero como trabajar en Google, desde que al interior del lugar de trabajo haya un bar con cerveza gratis para sus empleados.

Pero todo esto es trasfondo. Lo loable es el gran Swanberry haciendo de las suyas con la fotografía llena de planos raros, disruptivos. Igual el casting tan indy que da cuenta de una mirada muy estilizada en algunas esferas de las generaciones emergentes. Tampoco, nunca vas a ver una actuación dudosa en este gurú del mumble-core. La influencia del teatro prevalece en un estilo absolutamente cassavetsiano.

Al final, la película es reconciliadora, pues por encima de todo lo que pueda pasar entre dos amig@s, lo más importante siempre van a ser esas noches en que te emborrachaste con ell@s y amaneciste resacoso y vestido a su lado, ellas también vestidas, una encima del otro, sin haber contemplado siquiera la posibilidad del sexo. Noches en las que siempre va a perder alguno de los bandos, pues alguno de los bandos sí quiso tener sexo pero al otro ni siquiera se le pasó por la cabeza. Noches que siempre van a pasar a la historia personal, básicamente, por ello.

De todos modos, un bonito homenaje a los parceros de tragos. Más que a la amistad misma, es un homenaje al ritual. Es muy importante tener amigos de copas.

Disfrazada de comedia romántica donde chica encuentra chico, este tipo de cine es mucho más que eso.

DRINKING BUDDIES, se puede conseguir en Netflix.  

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