MENEM
Reseñas generalesMiniserie distribuida por Amazon y MGM Studios, producida por Claxson y Yulgok Media, filmada en La Rioja y Buenos Aires, para Amazon Prime Video
Género: Biografía, drama político.
Idea: Mariano Varela
Dirección y producción ejecutiva: Ariel Winograd, Fernando Alcalde, Mariano Varela y Mariano Kohan
Guion: Silvina Olschansky
Mariana Levy
Guillermo Salmerón
Federico Levín
Luciana Porchietto.
Fotografía: Félix Monti y Magdalena Ripa Alsina
Compositor: Sergei Grosny
Editor: Andrés Quaranta
Actores:
Leonardo Sbaraglia Juan Minujín Griselda Siciliani Marco Antonio Caponi Guillermo Arengo Jorgelina Aruzzi Alberto Ajaka Agustín Sullivan Cumelén Sanz Mónica Antonópulos Martín Campilongo |
- Valentín Wein como Miguel Salas
- Candela Vetrano como Victoria
- Violeta Urtizberea como Amira Yoma
- Diego Pérez como Horacio Rubino
- Osvaldo Djeredjian como Bernardo Neustadt
- Fabián Arenillas como Raúl Pirandello
- Matthew Robert Wray como Thomas Jackson
- Ignacio Saralegui como Horacio Liendo
Participaciones
- Virginia Gallardo como Sandra Silvestre
- Miriam Odorico como Juana
- José Luis Arias como Carlos Ruckauf
- Sebastián Almada como Eduardo Duhalde
- Gabo Correa como Mohamed Alí Seineldín
- Mario Alarcón como General Gonnet
- Lucía Maciel como Estela Ayala
- Mónica Raiola como Úrsula Lunaris Astralis
- Fernán Mirás como Raúl Alfonsín.
Llamada a secas por el apellido, el nuevo producto de Winograd se divide en 6 episodios: el primero, sobre las elecciones internas del peronismo y luego presidenciales, que catapultaron al carismático y extrovertido líder riojano a la presidencia de la Nación. El segundo es descrito como “una bomba de relojería”, las promesas de campaña no pueden cumplirse sin previamente sofocar un segundo intento de golpe de Estado, luego del levantamiento carapintada, esta vez ejecutado por las fuerzas que respondieron al rebelde-golpista y ex veterano de Malvinas (que contraste!) Coronel Seineldín, confidente de Zulema Yoma, Primera Dama y futura mujer divorciada de Menem (a quién incluso lo llama por el apellido). El tercer episodio toca las privatizaciones de empresas públicas, con sus respectivos negociados con capitalistas y sindicalistas (afines y opositores al nuevo modelo) para llevar a cabo el plan. El cuarto ya se mete con escándalos de corrupción, la inflación galopante y el nombramiento del Ministro Cavallo, quien salva las papas del fuego, un fuego muy peligroso que a fines de 1989 e inicios de 1990 se concretó en precios por las nubes, pobreza extrema y saqueos y finalmente fue apagado con el Plan de Convertibilidad.
El quinto episodio involucra el intento de reforma constitucional por parte de Menem, no para un perfeccionamiento de la Carta Magna sino para sellar su voluntad de reelección, pero esto se mezcla con pesadillas frecuentes y la aparición de la brujería y el pensamiento mágico antimoderno como salvavidas del Presidente.
El último episodio es el más delicado: una pulsación con dramatismo intenso del Atentado terrorista a la AMIA, con una mención al Atentado a la Embajada de Israel, aunque sin señalar a los autores iraníes, tanto intelectuales como materiales de los dos actos genocidas- antisemitas. Este evento se mezcla con la tragedia de la muerte de Carlos Junior, de quien se discutió si murió en un accidente o en un atentado, cobrando fuerza la segunda hipótesis por voz de Zulema Yoma, aún sin esclarecimiento.
Luego de esta introducción descriptiva- diseccionadora de cada episodio, la crítica como tal es la siguiente:
La miniserie, no es una reivindicación de la figura del ex mandatario, sino una composición atrevidamante irreverente tanto de su gobierno como de su individualidad, hago una distinción: es posible cuestionar una forma de gobernar sin puntualizar en la personalidad, sin embargo, aunque el mismo Menem no es repudiado en sentido estricto, tampoco es exhibido como el ídolo salvador del país. Lo que resulta muy llamativo es que la misma Zulemita haya supervisado el guion sin percatarse de que la producción lo exhibe como un corrupto: mediante un asesor ficticio, Ariel Silverman, encarnado con brillantez por Guillermo Arengo, obsequia billetes a los pobres habitantes de un desértico y caluroso pueblo riojano, para que se acerquen a saludar al caudillo, así como también se insinúa que uno de los personajes claves, quien funciona como contrapeso de los ideólogos publicitarios del Menemato, es víctima de una feroz golpiza que provoca su hospitalización, con el pleno conocimiento y complicidad del mandatario.
El foco en este joven es relevante: es un periodista que pretende investigar al poder, sabiendo que se arriesga a quemarse, o mejor dicho, a ser quemado, siendo hijo del fotógrafo Olegario Salas, protagonista ficticio y por momentos narrador en presente de lo que ocurrirá en el futuro político general y en el de su propia vida. Esto último da cuenta de un procedimiento que muestra sin pudor el artificio, en sintonía con el cine moderno. Salas es Juan Minujín, quien se luce, no tanto como en "Coppola, el representante" (también de Winograd) pero manteniendo intacta su credibilidad, portando la tonada riojana, que se escuchará permanentemente.
Sbaraglia no brilla tanto como otros dijeron: su caracterización física y su tonada son muy fieles, pero se aleja de la composición realista y apela a una caricatura que por momentos ralla lo ridículo: su gestualidad resulta en varias escenas forzada, al fingir una sonrisa que lo hace quedar en babia reiteradamente, como un zombie. También fue errado pasar por alto el cambio de look que tuvo Menem a lo largo de los años, una falla tanto del vestuario como del maquillaje: su ropa no varía (cuando el real solía vestir con vistosidad), su pelo se mantiene intacto y las patillas no son cortadas, no se acompaña la elipsis temporal del montaje.
Griselda Siciliani está impecable, resulta impresionante cómo abandonó por completo su propio ser y se transformó en Zulema Yoma, la cornuda, despechada y también, implícitamente señalada en la miniserie, como encubridora de los delitos de su ex marido y de su hermano Emir Yoma (temidamente representado por Alberto Ajaka), ninguno de los cuales pagó sus mañas con la cárcel.
Por momentos, Salas opaca al mismo Menem, así como Cavallo, magistralmente personificado por Martín Campilongo, también oscurece con su logro económico al Presidente, siendo objeto de su envidia, hasta que “se quema” por sobreexposición mediática.
Menem es mostrado acertadamente en su carisma, su sentido humorístico despreocupado, su poder de seducción, su ser mujeriego y putañero, así como su insaciable ambición de poder, su amor por la frivolidad farandulesca y la esencia misma que edificó a los años 90: el derroche de consumo, la ostentación política y el capitalismo de amigos que permitió las privatizaciones monopólicas como la de Entel y tantas otras, no sin procederes judicializados (subrayo capitalismo de amigos, para distinguirlo del genuino liberalismo que soñaron los Padres de la Patria).
El problema no fueron las privatizaciones en sí mismas, sino los delitos cometidos con ellas.
Mónica Antonópulos, en su rol de María Julia Alsogaray, brilla como dama deseada por la mayoría de hombres poderosos, así como símbolo de la frivolidad ostentosa, pero su elección en términos de fidelidad, dista mucho de quien fue la verdadera (de tez oscura), no obstante, esto parece no importarle a Winograd, quien se encarga de subrayar con un cartel, una crítica a la intención de extremo apego a los sucesos verídicos y una defensa del uso de dramatizaciones ficticias, lo cual en sí mismo no es negativo, pero es problemático cuando se comparan los personajes con las personalidades, exceptuando las construcciones irreales.
Marco Antonio Capponi también se destaca con creces en el rol del canchero, cínico y corrupto Gerónimo Ayala, no es porteño como Silberman sino también riojano, en oposición, las participaciones de Fernán Mirás como el gran Raúl Alfonsín son directamente horribles, es pésima la elección actoral. En cuanto a Carlitos y Zulemita, el primero está pintado, no tiene casi relevancia, ella cobra notoriedad en un acto en La Rioja, pero tampoco se luce.
La estética de Winograd es idéntica a la de “Coppola el representante”: fotográficamente es inobjetable, puesto que detrás de cámara estuvo el maestro Félix Chango Monti y este logra con facilidad transmitir la soledad y tristeza del poder, así como la euforia, la intimidad y la cocina del poder, que no se materializa de otro modo que con las fiestas: esto se ve bien en la comitiva organizada para convencer a los inversores europeos de adquirir Entel, resultando vencedores los capitales franceses y españoles por persuasión de María Julia. El inconveniente es la elección estética del director: tiene una obsesión molesta con mostrar a los actores-personajes como si estuvieran siendo filmados o espiados por una cámara de VHS propia de la época, es un juego que se distancia de la lógica documental, puesto que no aparecen los sujetos reales, pero se siente como una redundancia inútil. Más allá de este aspecto, es notable que la inspiración nace del cine de gángsters de Martin Scorsese, cuando la imagen queda detenida y emergen las letras gigantes para describir al personaje que surge, siempre con una intención satírica bien lograda para generar comicidad, esto ocurre en Buenos Muchachos, Casino, El lobo de Wall Street, entre otras.
El dramatismo alcanza su punto álgido, por obvias razones, en el episodio de la recreación del Atentado a la AMIA: es de una fortaleza enorme y tampoco hace quedar bien a Menem, aunque no concreta una denuncia radical del encubrimiento a los iraníes, por el que fue condenado en segunda instancia, Silberman, invadido por el dolor, le dice a Menem en la cara “yo te conozco, a vos solo te importa la reelección”.
El tono ferozmente crítico se extiende al periodismo, ese que hoy se acusa (con injusta y excesiva liviandad) de “ensobrado”, no obstante, en este caso, se apela a la explicitación: es sabido que Bernardo Neustadt hizo escuela, pero durante esa década fue más un militante del menemismo que un honrador del espíritu crítico, pilar fundamental que constituye al periodismo, Neustadt se exhibe como un chupamedias del poder, un ensobrado, aunque con todo, tampoco actuó como una marioneta, ya que llegó a presionar al gobierno con el “Yomagate” en la tv.
El tono didáctico de la miniserie se decanta definitivamente por el relato fabuloso más que por la representación fidedigna, pero no por ello es suavemente condescendiente en su contenido: más allá de la autojustificación de Winograd, la intención mordaz es incuestionable y está bien que sea así, incómoda para los poderosos, tanto para el oficialismo actual como para la oposición, que fingen ser enemigos de ese modelo “neoliberal” cuando en verdad fueron cómplices de la gran corrupción de un falso liberalismo.
Si bien hace un ruido extraño la participación de Zulemita, supuestamente activa en la supervisión del guion, es mucho más cuestionadora de lo que ella piensa y menos ingenua, no se actúa un humor inocente.
Aun así, no es una comedia memorable poe su excelencia, y aunque el talento actoral sobra, el guion peca de repetir clichés típicos sobre su figura, como la famosa “mufa”, todo para ridiculizar pero sin profundizar como hubiera debido hacer.
Eduardo Menem, hermano del fallecido ex Presidente, dijo: “Es una serie cuyo rumbo es contrario al del presidente Menem. Es como la continuación de la demonización que se le hizo en vida y que han tenido la mala leche de seguir y no respetar su memoria después de muerto. Así que tuve mucha paciencia para verla porque quería ver hasta dónde puede llegar la infamia".
Si Eduardo Menem condenó la serie, me alegro, puesto que es otro punto a favor de Winograd, que a pesar de sus fallas estéticas, más que nada visuales, no cae en la tontería y se enmarca en una crítica aguda a una época injustamente idealizada por muchos.
Una frase para pensar que dice Capponi bajo su personaje: “toda la guita es sucia”. Un pensamiento muy alejado del liberalismo.




Comentarios 0
Todavía no hay comentarios.