CASI ALGO

Reseñas generales

A sus 28 años, Daniel y Valentina nunca se habían cruzado. Vivían en la misma ciudad, frecuentaban los mismos cafés de moda, usaban las mismas apps para encontrar el amor y, sin saberlo, compartían una misma sensación: la de estar buscando demasiado en un mundo que ofrece muy poco. O quizás al revés.

Daniel tenía una cuenta muy activa en Instagram. Subía historias en blanco y negro con letras de canciones, frases que parecían indirectas, pero que en el fondo eran gritos silenciosos que nadie respondía. Acababa de salir de su tercera relación corta en un año. Todas intensas, todas fugaces. Las conexiones empezaban rápido, con fuegos artificiales, pero se apagaban sin razón aparente. El último “adiós” fue por un mensaje de voz que ni siquiera se dignó a responder. Sentado en su cuarto, cansado de repetir el ciclo, escribió algo que no había hecho nunca: le habló a una inteligencia artificial. “¿Por qué siempre me esfuerzo tanto por alguien que no está listo para quedarse?”, preguntó. Y luego confesó algo que no había dicho ni a sus amigos: “Siento que soy fácil de dejar”.

Valentina también tenía 28. Se dedicaba al diseño y amaba escribir captions poéticos que nadie leía con atención. Su perfil era bonito, estético, lleno de libros, girasoles y tazas de café con corazones dibujados en la espuma. Pero detrás de cada foto, había alguien exhausta de intentarlo. Había salido con hombres que parecían tenerlo todo, pero que no sabían sostener una conversación honesta. Amores que la hacían sentir especial un fin de semana y al siguiente ya no estaban. A veces se preguntaba si era culpa suya por esperar tanto, o si simplemente el amor ahora era una ilusión bonita pero frágil. Una noche, después de otra cita decepcionante, le escribió a la inteligencia artificial con la que solía desahogarse en silencio: “¿Y si nunca encuentro a alguien que me mire como yo miro a los demás?”

Ambos, sin saberlo, seguían caminando en círculos. Probando. Fallando. Publicando cosas que el otro quizás vio, pero no notó. Hasta que un día, en un comentario de una publicación sobre “el arte de soltar”, Daniel leyó algo que le dolió por dentro. Era Valentina, con su foto de perfil sencilla y una frase que decía: “A veces el problema no es lo que esperamos de los demás, sino lo poco que creemos que merecemos”. Él no sabía quién era, pero le dio “me gusta”. Y algo cambió.

No fue un flechazo inmediato. Fue una charla. Luego otra. Luego compartir playlists. Memes. Confesiones. Hasta que se dieron cuenta de que no necesitaban que alguien los salvara, solo necesitaban a alguien que no huyera. Alguien que no compitiera por tener el control, sino que caminara al lado.

Ambos entendieron, gracias a tanto buscar, que el amor no es algo que se encuentra porque sí. Es algo que se construye cuando dejas de esperar un milagro y empiezas a ser tú mismo.

Quizás no eran “el mejor partido” del mundo para nadie más, pero lo fueron el uno para el otro. Porque después de todo, no se trata de encontrar a alguien perfecto… sino a alguien dispuesto.

Comentarios 0

Todavía no hay comentarios.

De este autor