Ala rota

Reseñas generales

Nunca me gustó que me dieran órdenes. Desde chico, me ganaba problemas por discutir con los profesores, por responderle a los curas del colegio con ironías que nadie esperaba de un pibe de once años, y por retar a mi viejo (un ferroviario de manos grandes y paciencia corta) cada vez que me decía cómo debía vivir la vida. No lo hacía por maldad, ojo. Solo que ellos no sabían nada.

Lo cierto es que tenía cabeza rápida, memoria fotográfica, y un extraño talento para las máquinas voladoras. A los diecisiete ya arreglaba motores con la misma naturalidad con que otros se ponían un forro. Cuando me enlisté en la fuerza aérea no fue por patriotismo, ni por necesidad, ni mucho menos por una causa justa. Fue porque quería volar. Porque quería sentir que el cielo era solo mío. Y porque, aunque suene algo narcisista decirlo, me gustaba la idea de que todos los demás estuvieran por debajo.

A los 24 años ya era capitán. Volaba mejor que nadie. Tenía una puntería que parecía truco de circo, y hablaba con ese tono de suficiencia que uno solo se permite cuando cree que nada puede tocarlo. Y sí, lo admito: me encantaba que los otros me miraran con esa mezcla de respeto y fastidio que solo provocan los genios.

Me llamo Elías Villalba. Argentino, y esta es la historia de mi muerte.

Era el año 1944. La Operación Sable del Sur: reconocimiento sobre la región amazónica ecuatoriana. Supuesta zona enemiga, aunque nunca se había registrado actividad nazi allí. Nos mandaban por rutina, por presión diplomática, o porque los superiores también necesitaban justificar su existencia. Cinco pilotos. Yo al mando. Estaban los hermanos Varela, representados por tener mucha puntería y poca paciencia; Gerson, que hacía reír hasta a los sargentos; y Lucho, un mecánico que sabía más de motores que de armas.    

Cuando entramos en la selva, algo fue distinto. No lo digo por decir. Los mapas la marcaban como una franja verde sin nombre, una más en ese mosaico infinito que es el Amazonas.

Desde la cabina, todo parecía normal. El cielo algo nublado, la altitud bien, la formación pareja. Pero abajo… abajo se extendía una selva tan cerrada que parecía tragarse la luz. Un mar espeso de copas verdes que no se movían ni con el viento. No había claros, ni ríos brillando como espejos, ni un maldito espacio sin árboles. Era una masa oscura, uniforme, pesada. Y no vi ni un solo pájaro en vuelo. Nada. Como si toda la vida se hubiera escondido.

La temperatura dentro de la cabina empezó a subir raro. Teníamos más de mil metros de altitud, y sin embargo yo transpiraba como en verano en Santiago del Estero. El sudor me corría por la espalda, pegajoso, mientras miraba los instrumentos. Estaban bien, sí… pero había algo en esas agujas, en cómo se quedaban quietas, que no me cerraba. Como si estuvieran conteniendo la respiración.
 

Primero una vibración leve en el timón, casi nada. Después, un zumbido, como si alguien hubiera puesto una radio entre estaciones, con ese chisporroteo seco. Una estática que parecía venir de adentro del cráneo. El radar empezó a mostrar puntos que no existían. Las radios se pusieron locas, chisporroteando sin parar. Y una por una, las señales se fueron apagando. Como si el cielo nos estuviera cerrando la boca.

Todavía no lo sabía, pero ya estábamos adentro de un lugar donde las reglas no servían. Un lugar que no figuraba en ningún mapa porque no era de este mundo. No estábamos volando sobre la selva. Ella nos había tragado. Y lo peor fue darme cuenta que por primera vez desde que piloteo, no quería seguir volando.

Uno de los Varela explotó en el aire. Así, sin aviso. El otro desapareció entre las nubes como si se lo hubieran borrado. Gerson intentó virar, pero algo le cayó de arriba. No supe qué era al principio, solo vi una sombra descomunal, con alas abiertas como techos. Lucho gritaba por el intercomunicador justo cuando sentí que mi ala izquierda se arrancaba de cuajo, como si alguien la hubiese cortado con un cuchillo.

El avión entró en picada. Giraba a lo loco. Yo escuchaba sonidos que no sé cómo explicar: como si fueran gritos de aves ahogadas, mezclados con metal que se parte y una especie de viento vivo que me empujaba de todos lados. Todo se volvió un torbellino. Caía, girando, y no podía hacer nada.

Desperté en medio de la selva, con el fuselaje hecho trizas y la pierna derecha atrapada entre escombros. Me liberé solo, gritando, mordiendo mi manga para no romperme los dientes de dolor. Tenía fuego, un cuchillo de supervivencia y una única bengala. Pensé en dejar la bengala para pedir ayuda. Pero algo me decía que no había nadie que pudiera responder. Y entonces, el chillido.

Era como un rugido, pero de ave, como si una urraca gigante gritara desde las entrañas. Lo vi al anochecer: alas como velas negras, un cuello largo y sinuoso, el pico lleno de dientes. Un maldito Quetzalcoatlus. Lo supe porque una vez vi un mural sobre "los dinosaurios voladores". Nunca creí en esas cosas. Nadie cree de verdad en esas cosas. Son monstruos de museo, criaturas inventadas para que los nenes se entretengan un rato y los adultos finjan asombro. Pero eso que estaba frente mío, no era un dibujo. Y te juro que ningún nene en su sano juicio habría querido verlo como yo lo vi.
 

La criatura bajó con una lentitud. Sus alas eran enormes, y al plegarlas se oyó un crujido seco, como cuero viejo estirado con rabia. Se posó sobre el fuselaje del avión con un golpe sordo y pesado. El metal, ya retorcido por la caída, crujió otra vez bajo su peso. No tenía ojos comunes: eran como dos pozos negros, sin expresión.

Inspeccionó los restos. Acercó el pico al cuerpo destrozado del copiloto y arrancó un pedazo de carne con una violencia absurda. No lo devoró de inmediato. Lo soltó primero y luego lo engulló de un tirón. La sangre goteaba del pico como si fuera agua de lluvia.

tenía que desaparecer. Me tiré al suelo, me arrastré hasta un conjunto de ramas caídas y me metí debajo, como una rata. No pensé. El miedo me transformó en algo básico. Me acurruqué entre el barro, temblando, tapándome la boca para que no se me escapara ni un suspiro.

Y justo cuando creía que me había escondido bien, el bicho alzó el cuello. Me olió. Giró la cabeza lentamente y caminó hacia donde yo estaba. Pisó una de las chapas arrancadas y la dobló como si fuera papel de diario. Después hundió el pico entre los restos y arrancó algo más. No sé si era una pierna. No quise mirar. Solo escuchaba cómo partía los huesos, cómo tragaba.
Me paralicé. Pero el cuerpo no me obedecía. El terror era tan denso que me pesaban hasta los párpados.

Y entonces, de un salto la bestia cayó justo sobre mi escondite. Una de sus patas llena de garras me rasguñó el costado y me arrastró unos centímetros fuera de la cobertura. Grité. No pude evitarlo. El monstruo soltó un chillido tan agudo que me vibraron los dientes. Me agarró con el pico por el brazo izquierdo. Me sacudió como si quisiera arrancarme el alma a tirones.

El dolor fue tan grande que por un momento pensé que me iba a desmayar. Sentí el hueso crujir, separarse del hombro. Lo único que hice fue buscar el cuchillo que tenía atado en la pierna. No lo pensé. No hubo estrategia. Solo desesperación. Se lo clavé en la parte blanda del cuello, justo donde la piel parecía menos dura.

El bicho chilló. Soltó el brazo. Yo rodé hacia atrás como pude, sangrando, mareado, con medio cuerpo dormido. Me arrastré entre ramas, barro y vísceras, sin saber bien adónde iba. Solo quería alejarme. Solo quería vivir.

No sé cuánto tiempo estuve arrastrándome. Me acuerdo del barro entrando por la boca, de la sangre pegándome la ropa al cuerpo, del ruido horrible de esa criatura aún detrás mío. Pero no me siguió. No sé por qué. Quizás el cuchillazo lo asustó. O quizás simplemente decidió que yo no valía el esfuerzo.

Esa noche no dormí. No recé. No pensé. Solo respiré, cada vez más lento, hasta que el dolor fue más fuerte que todo.

Rompí la parte menos sucia de mi remera y la usé para envolver el brazo, firme, aunque gritaba con cada vuelta. Después me quité el cinturón y lo apreté alrededor del hombro como torniquete.

Encontré parte de una caja de emergencia del avión entre los restos esparcidos. Había una bengala rota, un encendedor y una botellita de alcohol casi llena. No había jeringas, ni vendas de verdad. Pero el alcohol era algo.

Me mordí un palo, lo más fuerte que pude, y me eché el líquido encima de la herida. Me ardió hasta los huesos. Me desmayé un rato, creo.

Después, cuando pude volver a respirar, usé una parte metálica del fuselaje para calentarla al fuego que logré hacer con hojas secas y el encendedor. Una chapita. Filosa. La acerqué a la herida y cautericé el corte. No lo hice bien. No soy cirujano. Pero sirvió. La sangre paró. El olor a carne quemada me revolvió el estómago. Pero la muerte, por ahora, se quedó en pausa. Y me dormí en el momento. 
 

Me desperté por sonidos de fuertes pasos era la bestia que me volvió a encontrar, No sé cómo, pero lo hizo. Tal vez siguió las huellas de sangre deje a cada paso. O tal vez simplemente no había escapatoria.

Esta vez, no hui. Ya no tenía fuerzas para correr, y además… ya no quería. Algo había cambiado en mí. El miedo seguía ahí, claro, pero era un miedo que ya no controlaba mis piernas. Era como una alarma interna, que me decía: “Si vas a morir, hacelo de frente, de pie. O lo más cerca de eso que puedas”.

La idea de la trampa había estado madurando en mi cabeza durante días. Todo ser vivo tiene un límite. Hasta un monstruo que vuela. Solo había que encontrar cómo llevarlo ahí. Volví a los restos del fuselaje y rescaté lo que pude: un tambor de combustible semilleno, partes metálicas para reforzar el cuerpo, el encendedor que me había salvado antes, y la bengala.

entonces lo vi. Esa sombra alada que parecía cubrir medio cielo. Sus alas se abrían como velas rotas, y bajó en picada con una fuerza que hizo temblar la tierra. No gritó. No esta vez. Vino en silencio. 

Corrí hacia él con la bengala encendida en la mano, el fuego tiñéndome la cara de rojo, jadeando como un animal herido. Corrí con todo lo que me quedaba. Lo vi abrir el pico, desplegar sus garras, alzar las alas para aplastarme. Y justo en ese momento, le metí la bengala encendida dentro del tambor de combustible.

El mundo explotó.

No fue un fuego: fue un estallido naranja, negro, sordo, brutal. Una ola caliente me empujó por el aire como un muñeco. El rugido de la bestia se mezcló con el sonido de la explosión y quedó flotando en el cielo, como si ni el eco quisiera apagarlo. Me reventaron los oídos. No sé cuánto volé. No sé cuántos huesos se me golpearon. Solo recuerdo un árbol, y el crujido seco cuando mi cuerpo chocó contra él. Después, nada. Silencio, oscuridad y después, luz.

Cuando abrí los ojos, estaba tirado entre hojas chamuscadas. El cielo estaba claro. El aire… quieto. Olía a humo, a carne quemada y a tierra. Sentí la lengua reseca. La cabeza me latía.  Me senté. Vi partes del monstruo regadas por el claro. Una de sus alas seguía humeando. El cráneo partido al medio, derretido. No quedaba nada que pudiera volar.
 

Caminé siete días. Con el brazo colgando, medio cuerpo en carne viva, y cada paso como si me partieran al medio. Sobreviví a bichos, a la lluvia, al hambre, y a un dolor que ya no era físico, sino algo más profundo.

Me encontraron tropas brasileñas en una zona remota, cerca del límite con Perú. Me miraron como a un loco que salió de una leyenda. Un sobreviviente que no tenía que estar vivo. Conté lo que había pasado. Lo del monstruo, el ataque, la selva, la explosión. Todo. Nadie me creyó.

Me llamo Elías Villalba. Perdí un brazo, una tropa y la idea que tenía de mí mismo. Pero gané algo que vale más que cualquier medalla: la certeza de que, si uno no aprende a ser humano en medio del infierno, entonces no sobrevivió. Solo quedó vivo.

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