Dinosaurios.

Narrativa

 Todas las noches al caer la penumbra en las calles de la cuidad aquellos ajenos a sus acciones, disgustados de la monotonía diaria buscan revimirse reuniéndose en un mismo lugar… Dentro del bar “La Cátedra” yace una habitación impregnada de humo, humo, licor y pólvora, ahí encontrarás a los “dinosaurios” llamada así esta comunidad clandestina, conocida solo en los bajos mundos donde buscan causar temor y caos bajo una morbosa sed de destrucción. Muchos cuestionan la razón tras la búsqueda implacable del mal que desatan estos individuos, ¿Talvez renombre? Aún sabiendo que son temidos ¿Quizás poder? Aún sabiendo su inmunidad o su economía. Muy fácilmente relacionamos esto con bajos instintos humanos, instintos que acercan a aquellos a su lado más salvaje… No hay duda, no hay razón, no hay remordimiento, las bestias atacan a su presa, lo hacen para saciar su hambre…

 

El hombre sacude la ceniza del cigarrillo donde le plazca, a estas alturas lo único que importa es el juego de poker que se desarrolla sobre la mesa… frente a el, tres compañeros más, cada uno con sus rasgos, expresiones y jugadas. No hay mucho que destacar hasta que comienza lo que está mal, disparos aquí y aya. El tirador más rápido se lleva el mejor premio ¿La última risa?.

 

Bajo el telon canta el tic Tac del reloj, las copas rotas, la alfombra sucia, pobres niños, no lo saben, no saben que entre salvajes no se limpian la nariz. La tensión se rompe, se oyen gritos como si el infierno llamara sus invitados, solo así se abren las puertas para los siguientes en jugar…

 

Pero los dinosaurios no son malos, no debería juzgar los. Estos buscan conectar con su exterior, que mejor manera que compartir parte de sus ganancias con los fieles a sus lados, ¿Donar al necesitado? ¿Compartir con el pobre? Alegrar al infeliz y callar al hablador. No es poco pero tampoco nada para recordarlos, aún sabiendo lo que hacen ese ‘pero’ existirá en boca de aquellos que sus manos estrecharon a ojos cerrados, prometo que su sonrisa fue sincera.

 

Ver al elegante salir de la cátedra mejor que cuando entró, seguramente no le hace falta nada, el sabe por qué sonríe, no sabe perder, tampoco uir, culpar su descuido es la salida mas fácil cuando oyes su paso torpe sin ritmo, el sabe que le tocará si sigue cantando, si sigue anunciado sus pecados en voz alta sin pedir perdón. De cualquier modo estaba sólo, hasta que tú decidiste seguir su rastro.

 

Esa noche no fue especial, nada que deba contar, nada que debas saber, lo mismo de ayer, lo mismo de antier ¿Por qué no les haces caso? Deberías caminar a sus espaldas, no respires, no mires, y si lo haces no te preocupes… Los dinosaurios son estúpidos cuando les arrebatas los dientes, sus manos no sirven más que para barajar y sus palabras sinceras se atascan cuando el humo en sus pulmones pide salir. A fin de cuentas, no hay mala ación si no la distingues de una buena ¿No?…

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