Pterodáctilos de esponja

Narrativa

En esos años, nuestra azotea tenía vista a los volcanes. En las mañanas, si tenías que subir a colgar la ropa o a fumar un cigarro, podías ver las siluetas de los pequeños pterodáctilos amarillos descansando en los cables de teléfono, con el sol asomado entre el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl. Nuevos edificios taparon la vista.

 

Aparecieron poco a poco. Un día, mi hijo llegó de la escuela con las esponjitas comprimidas en forma de cápsula. El empaque donde venían era de pésima calidad: una bolsa engrapada a un pedazo de cartón con el dibujo de un dinosaurio cuello largo sonriendo. No había marca ni nombre de lo juguetes, el único texto decía: “Mételos en agua y espera. Crecen hasta 600%”.

 

Siempre fue de pocas palabras, mi hijo. Le pregunté qué era eso, solamente dijo que eran esponjas. Que iban a crecer si las dejaba en el agua. Todo lo decía sin ánimo, sin cambiar el tono de su voz, sin hacer caras. Le dije que eran juguetes para niños. Él todavía era un niño en esos años, o así lo veía yo. Dijo que sí, que los iba a vender. El primero solo era una prueba. Lo puso sobre la mesa: una cápsula roja, de apenas unos centímetros. Le pregunté qué tipo de dinosaurio era. Dijo que no sabía, eso se veía cuando empezaban a crecer. Así como si nada, tomó la cápsula y se fue a su cuarto.

 

Oficialmente, yo no fumaba, y él tampoco. Pero los dos sabíamos que mi hijo guardaba cigarros en una caja de zapatos en el clóset. De vez en cuando, cuando mi ex me me hablaba para chingar, entraba a su cuarto a robarle un cigarro. Yo no decía nada, él tampoco. Un día o dos después de que me enseñara la cápsula, entré a su cuarto. Mientras buscaba un cigarro, vi un camino de baba en la alfombra, como si un caracol se hubiera metido. El rastro se perdía debajo de la cama. Me asomé y lo vi: un velociraptor rojo brillante, más chico que un huevo de gallina. La pobre esponja era desesperadamente estúpida: se estrellaba una y otra vez contra la pared, pero no se daba la vuelta, no buscaba otro camino.

 

Lo agarré para verlo de cerca. Estaba cagado de miedo. Era una criaturita ciega y patética que se sacudía en mi mano con todas sus fuerzas. La esponja estaba mojada y resbalosa; sin querer, el velociraptor se me cayó al piso. Tal vez porque era alfombra, la caída no lo mató inmediatamente, pero era obvio que estaba sufriendo. Me hizo recordar algo años antes, cuando le regalaron un pollito a mi hijo en una fiesta de cumpleaños y se murió a los dos días. No sabía qué hacer, y lo único que se me ocurrió fue envolver al pollito en un periódico y tirarlo en un bote de basura de la calle.

 

Me puse los zapatos de mi hijo y aplasté la esponja. Rápido y fuerte, para que no sufriera. Hizo un sonido mojado. Me quedé fumando en su cuarto hasta que llegó. Le enseñé el cadáver del pequeño velociraptor rojo. Mi hijo sacó una libreta de su mochila y escribió algo rápidamente. Me dijo que le debía 50 pesos, y que los cigarros no eran suyos.

 

En pocas semanas, los dinosaurios eran una plaga.

 

Mi hijo tenía la casa invadida por cubetas y vasos: en las escaleras, libreros, ventanas, debajo de las sillas. Cualquier espacio era bueno para incubar a los pinches dinosaurios. Obviamente, no vi ni un peso de ese negocio. 

 

Mi hijo compraba cápsulas el fin de semana, las dejaba en agua durante unos días, y el jueves llevaba tuppers con los pequeños reptiles de plástico. Era algo triste de ver: los animalitos se estrellaban contra las paredes transparentes de los tuppers. Algunos se estrellaban con tanta fuerza que sus pequeños cuerpos de esponja se iban deshaciendo poco a poco. La gran mayoría de los dinosaurios no llegaban a la escuela vivos, por eso teníamos tantos.

 

Honestamente, me sentía mal por ellos. Pero mi hijo no tenía muchos intereses fuera de fumar y leer, así que me sentí bien de verlo hacer algo. Además, los juguetitos no hacían ruido, ¿cómo iban a sufrir, si no tenían boca?

 

La única regla es que no quería ninguno en mi cuarto ni en mi baño. En realidad, había dos reglas, la segunda la puse un tiempo después: no podía ser cruel con ellos. A veces los dejaba al sol, recuerdo muy bien cómo un cuello largo se quedó pegado al piso del patio, luchó y luchó para despegarse, pero solo pudo liberar su cuerpo; su cabeza y cuello se quedaron pegados hasta que se secó. Después de eso, le dije que debía tratarlos con un poco de respeto. No sé si sentían miedo o dolor, pero daban lástima. Los dos sabíamos que esa regla era más por mí que por los animalitos.

 

Después de un tiempo, se compró un perro. Un Russell Terrier. Mi hijo tenía esos destellos de crueldad: nuestra colonia estaba llena de perros de la calle. El Ruti, no sé por qué le puso así, era una pinche bestia. Mordía paredes, rasgaba muebles, ladraba toda la noche y se orinaba en mi cama. Pero lo peor era que parecía disfrutar cazando a los dinosaurios. No sé cuántas veces regresé a la casa para encontrarme estampidas de triceratops y espinosaurios en la sala escapando del Ruti. Pero eran tan pendejos: daban vueltas en pánico, se pisoteban entre ellos. Siempre terminaba en masacre.

 

Le dije varias veces que amarrara al Ruti, que lo subiera a la azotea o que lo escondiera en su cuarto. O si no, que por lo menos pusiera los vasos y cubetas en otro lugar. Cada vez que le decía, acabábamos en una pelea espantosa. Azotaba puertas, gritaba que se iba a vivir con su papá, decía que me odiaba. Muy dramático el niño. 

 

Después, hacía lo que le había pedido. Cuidaba que Ruti no hiciera un genocidio, guardaba a los dinosaurios donde el perro no los alcanzara. Pero esto solo duraba unos días. Así fue durante meses. Con el tiempo, empecé a cuidarlos yo misma. Me aseguraba de que estuvieran hidratados, los dejaba correr en la regadera. A veces, cuando me sentaba a ver la tele con Ruti a mis pies, lo escuchaba masticar algún juguete de plástico y me entraba un miedo caliente y pesado. Le abría la boca al perro, pero siempre era su pelota o su carnaza.

 

Un día, mi hijo me dijo que iría a quedarse con su papá durante el fin de semana. Había ganado dinero suficiente para pagarse el viaje en camión hasta Reynosa. Era la primera vez que salía solo de la Ciudad de México, la primera vez que visitaba a su padre, y la primera vez que yo me quedaba sola en la casa con las esponjitas.

 

Ese viernes, compré una botella de vino y me senté a ver una película. El Ruti tenía su juguete, podía quedarse entretenido así por horas. Los pocos momentos en los que era un buen perro.

 

Después de un rato, subí al cuarto de mi hijo por un cigarro. Era una marca nueva, que no me gustaba. Me tardé en encontrar los cigarros, mi hijo los había cambiado de lugar. Todo parecía ajeno. Antes de irse, movió todas las cubetas de la casa a su cuarto. La alfombra estaba empapada. Todo apestaba a humedad. Era de noche, ya no sé qué hora. Yo estaba cansada y un poco mareada por el vino. Me senté en la cama a fumarme el cigarro; igual, todo olía tan culero a humedad que un poco de humo de cigarro no iba a cambiar nada.

 

No sé por qué, pero me dieron ganas de jugar con uno de los animalitos. En todo ese tiempo, no había jugado con ninguno. Los agarraba con guantes de cocina porque no me gustaba cómo se sentían en mi piel. Solamente había tocado uno, el primero que se me cayó de las manos y tuve que aplastar con el zapato de mi hijo.

 

Metí la mano en una de las cubetas y saqué lo primero que encontré, un tiranosaurio rex azul. Estaba mal formadito, no tenía brazos. Lo puse junto a mí en la cama, le costaba trabajo caminar en los valles y crestas de la cobija. Yo le ayudaba con la mano; muy levemente le empujaba la cola para que superara los obstáculos. En un momento se cansó y se sentó a descansar, o eso me pareció. Estábamos los dos tirados en la cama, con la luz de la calle y el ruido del metro entrando por la ventana.

 

En ese momento, Ruti entró al cuarto. Me puse muy tensa, estaba lista para agarrarlo del cuello y sacarlo pero el perro se portó bien. Se acostó conmigo en la cama. Olfateaba al tiranosaurio con curiosidad; en algún momento pareció que quería morderlo, así que levanté al tiranosaurio y me lo acerqué a la cara. Nunca los había visto tan de cerca. Palpitaba. Casi imperceptiblemente, pero palpitaba.

 

Regresé al tiranosaurio a su cubeta y me fui a dormir.

 

Al día siguiente, fui al cuarto de mi hijo por otro cigarro. El Ruti estaba inmóvil en el piso, con una panzota enorme y cachos de esponja en su hocico. Todas las cubetas estaban volteadas. Cientos de dinosaurios se retorcían en el piso; les faltaban colas, patas, cabezas. Algunos, los que estaban enteros, caminaban sin rumbo en los pantanos de alfombra.

 

Después de limpiar todo, salí a comprar cientos de cápsulas al mercado y las puse en las cubetas. Envolví al Ruti en periódico y lo tiré en un bote de basura en la calle. Mi hijo nunca me creyó que se escapó.

 

Le perdió el interés a los dinosaurios. Vendió los que pudo. Echó el resto por el desagüe. Después de eso, lo mandé a vivir con mi ex. El último que vi fue un aunquilosaurio rojo caminando entre las veladoras que tenía en la cocina. Lo puse en una maceta del jardín, entre la tierra mojada y la sombra de las plantas.

Comentarios 12

J
JesusMad901 de agosto de 2025
Retratas la relación entre un padre y su hijo a través de una cápsula que se convierte en un velociraptor de esponja. Lo curioso es cómo ese pequeño juguete termina siendo un símbolo de fragilidad, confidencias y silencios compartidos. Es como si la esponja fuera más que un juguete, verdad? Como una metáfora de lo que no se dice, de lo que se rompe sin querer.</br></br>Me dejó pensando en cómo lo cotidiano puede volverse surrealista.
F
Federico Minchaca Sanjuan30 de julio de 2025
Hola paisano/a, te quedó a todas margarinas el texto, el argot chilango es inconfundible y la imaginación es de resaltar, el lugar, justo enfrente del metro y viendo los volcanes, te has ganados mis puntos de luz paisano.
S
Soldier00727 de julio de 2025
Pterodáctilos de esponja viene a extinguir, cual meteorito, viejos patrones de ilusión narrativa. Me encantó leerte, sin duda, este relato es bastante hermoso.</br></br>¡Éxitos!
A
Adrian Andrade Ma.22 de julio de 2025
Saludos, una historia extraña pero bastante original y pícara y con ese toque mexican especial.
H
Hasbulla15 de julio de 2025
Tu relato es excepcional. Una fábula oscura con corazón de realismo sucio, escrita con una voz narrativa poderosa y descarnadamente humana. Tiene el tono de Mariana Enríquez cruzado con Juan Pablo Villalobos, pero con una mirada profundamente íntima, doméstica, casi tierna... y también terrible.
C
cinejuanita14 de julio de 2025
¡Me encanta esta historia! Ahora hasta me emocionan esos pterodáctilos de plástico.
A
Alma Raquel Alonso Lucena14 de julio de 2025
También soy mexicana, que chingon leer a paisanos. Nada se compara a nuestro lenguaje. Saludos. ☀️
O
orlando.murillo9 de julio de 2025
Me dió lástima Ruti. Cuando era niño, aperturó un pequeño restaurante en mi pueblo que vendía pollo frito. En sus primeros días, en cada orden regalaban pollitos recién nacidos y me acuerdo que nos llevamos tres de esos pollitos a casa. Con mis hermanos los cuidábamos y les dábamos de comer, pero a los pocos días se murieron uno por uno. Creo que los descartarmos de manera bien similar, los envolvimos en papel periódico y los descartamos en el basurero municipal.
L
La garra9 de julio de 2025
Diferente. </br>Una idea divertida narrada con un lenguaje muy "chilango", atractivo por su vulgaridad (en el sentido genuino de la palabra) pero con un trasfondo reflexivo y algo salvaje.</br>¡Chido!, un gusto dejar luces.
M
Mila M9 de julio de 2025
Me encantó el cuento, se me hizo muy original el pensar de otra forma a los dinosaurios. Pinta una imágen que es muy fácil de imaginar y sentirte parte de la historia. Está muy bien escrito, felicidades!!
M
MACC599 de julio de 2025
En este momento, no sé si apiadarme más por los dinosaurios, por Ruti, o por ella misma, toda vez que a su hijo le importó menos que poco el destino de todos los integrantes del relato. De verdad, de reflexionar este cuento. .
E
Elizabeth F9 de julio de 2025
Triste final para Ruti!!! Muy buena historia!!!

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