La Tierra Compartida
Reseñas generalesMe llamo Ethan, tengo 18 años, y aún recuerdo aquel día en el que vi un dinosaurio. No en una película, no en una maqueta de museo, sino uno real. Con carne, huesos y una mirada profunda.
Un iguanodonte. Enorme, casi un camión, pero con ojos pausados, como si no entendiera que el mundo ya no era suyo. Lo vimos desde la azotea de mi escuela. Primero fue un temblor, luego una sombra y después alumnos gritando, profesores huyendo, celulares grabando, como si eso lo detuviera. Pero él no atacó a nadie. Solo siguió andando. Rompió una reja, piso el campo de fútbol, devoró 2 ardillas que estaban entre los arboles y desapareció entre los techos.
Desde ese día, todo cambió.
Pasaron menos de una semana cuando aparecieron más. Velocirraptores en barrios, un Triceratops en la vía bloqueando el paso como si fuera una protesta, incluso, un pteranodón fue visto sobrevolando la ciudad de Lima. Un anciano gritó que era un ángel y se desmayó. Los gobiernos no sabían qué hacer, enviaron tanques, drones, helicópteros. Pero los dinosaurios no reaccionaban. Solo seguían andando. Parecían perdidos, como si despertaran en un mundo que no los quería.
Mi papá, que era taxista, lo dijo así:
“Hicimos un mundo sin ellos. Y ahora que volvieron, toca ver si lo compartimos o repetimos la misma historia de siempre.”
Lo dijo mientras escuchábamos la radio juntos, sentados en su viejo taxi con el motor apagado y el cielo temblando por el paso de algo enorme caminando a lo lejos, el no parecía temer, solo estaba pensativo. Sus manos sujetaban el volante como si aún pudiera controlar el destino de todo. Ese día no salió a trabajar, prendió su cigarro y fumó sin decir ni una sola palabra, viendo el parabrisas, como esperando que alguien pasara por la calle. Yo lo observé y por primera vez lo noté exhausto, no en su cuerpo, si no harto del mundo.
-¿Sabes que me molesta?- dijo después de un rato fumando - Que aparezcan cosas tan grandes y lo primero que hagamos es temer, como si no pudiéramos ver nada a través del miedo. Como si todo lo desconocido tuviera que desaparecer antes de entenderlo.
No dijo nada más, pero al ver sus ojos, vi todo.
Hubo caos, claro. Gente armada, ataques, fuegos. Algunos dinosaurios murieron, otros se ocultaron. Se crearon zonas de evacuación y refugios, pero también nacieron otras cosas.
Zonas de paso para manadas, proyectos de coexistencia, parques de observación y leyes nuevas que prohibían la caza de los dinosaurios. Poco a poco, como pasa con todo, la humanidad se adaptó.
Hoy, 3 años después, vivimos diferentes. No hay buses los días de migración, las casas tienen techos reforzados y en las escuelas, hay clases de “convivencia inter-especie”. Actualmente yo soy parte de un equipo de reconocimiento: Vamos a registrar los pasos de las especies grandes. Los vemos con drones, sensores, no para controlarlos sino, para no estorbarles. A veces, solo en el campo, veo uno andar a lo lejos, gigantesco, tranquilo. sentí que estaba viendo algo que el mundo casi pierde.
No somos sus dueños, no somos su amenaza, tampoco, sus amigos. Somos partes del paisaje y con eso basta.

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