Génesis Extinto

Reseñas generales

Nunca imaginé que terminaría corriendo por mi vida frente a un Tyrannosaurus rex en pleno siglo XXI. Y sin embargo, aquí estoy, jadeando detrás de un contenedor oxidado en lo que solía ser un parque ecológico y ahora es... bueno, un maldito infierno.

Todo comenzó seis meses atrás.

El mundo se volvió loco el día en que se anunció el “Proyecto Génesis”. Una empresa llamada BioEvo logró algo que hasta entonces era pura ciencia ficción: traer de vuelta a los dinosaurios. No como clones de ADN fósil, sino reconstruyendo genéticamente especies completas a partir de células actuales combinadas con información genómica de fósiles. Y lo lograron. No con uno, ni con dos... con treinta y siete especies distintas.

 

—“Solo estarán en reservas controladas, sin riesgo para la humanidad”, decían en las noticias.

Claro. Como si eso fuera a durar.

Yo trabajaba como técnico en drones para vigilancia terrestre en el complejo Delta-3, ubicado en una isla frente a la costa de Colombia. El lugar era gigantesco. Una mezcla entre Jurassic Park y una base militar. Había vallas de contención, sensores de movimiento, seguridad aérea... todo.

Todo menos sentido común.

Mi turno comenzó como cualquier otro. Monitorear los drones, revisar si algún Brachiosaurus se había quedado atorado en una valla eléctrica (les pasaba seguido), y sobre todo, mantener lejos a los carnívoros. O eso creíamos.

Esa noche, mientras ajustaba la cámara térmica de un dron, la pantalla se volvió negra por un segundo. Luego apareció una sola imagen.

Un Velociraptor, mirando directamente al lente.

—¿Eh? —murmuré, confundido—. Eso está mal. El Área Noroeste no tiene raptores.

Llamé por radio a Luna, mi compañera de turno.

—Luna, ¿hay alguna actividad no registrada en el cuadrante 7-B?

—Negativo. ¿Por qué?

—Creo que uno de los drones detectó un... espera.

La imagen cambió. Ahora eran tres velociraptores.

Y no estaban encerrados.


La alarma general sonó diez minutos después. Alguien había desactivado manualmente el sistema de contención del Sector Carnívoro. Al principio creímos que era un sabotaje. Después entendimos que no. Que era peor.

El sistema se había reiniciado solo.

Los dinosaurios salieron. Primero los velociraptores. Luego los Carnotaurus. Y después... el rey. El Tyrannosaurus rex.

Hubo caos. Gritos. Tiros. La mayoría de los empleados murieron en la primera hora.

Yo corrí.

No fue valentía, fue puro instinto. Con Luna y otro compañero, Darío, nos metimos por los túneles de mantenimiento. Los usamos para cruzar la zona hasta la torre de comunicaciones.

—¡El helicóptero sale en treinta minutos! —gritó Darío, mientras cerraba una compuerta detrás de nosotros.

—¿Crees que alcanzaremos a llegar? —preguntó Luna, aún temblando.

—No pienso morir masticado por un dinosaurio, así que sí —le respondí. Tal vez fue el estrés, pero nos reímos. Un poco.


El ascensor hacia la torre estaba destruido. Tuvimos que subir por las escaleras. Cada piso era una escena sacada de una pesadilla: cadáveres, sangre, trozos de uniforme, computadoras rotas... y marcas de garras en las paredes.

Llegamos al nivel 7 cuando el rugido lo congeló todo.

Un Tyrannosaurus rex había cruzado la reja del helipuerto.

No sé cómo, pero saltamos por una ventana lateral hacia el balcón del laboratorio contiguo. Quince metros de caída. Dolor. Pero vivos.

—¿¡Por qué demonios hacen animales de veinte toneladas si no pueden mantenerlos encerrados!? —gritó Luna.

—Porque al parecer, la ciencia y la estupidez no tienen límites —respondí, mientras cojeaba.

Nos arrastramos hasta la sala de servidores. Desde ahí podíamos reiniciar el sistema de contención. Si lo lográbamos, podríamos ganar tiempo para escapar.

Pero el sistema pedía código maestro. Solo lo tenía el director del proyecto.

—Ese idiota está muerto —dijo Darío.

—¿Dónde murió?

—En el sector criogénico.

Exactamente donde estaban los Spinosaurus.


No voy a entrar en detalles sangrientos. Solo diré que llegamos, vimos al director, y logramos sacar el maldito código. Pero también vimos a uno de los Spinosaurus acercándose desde el fondo del pasillo. Era más grande que un autobús, con su cresta dorsal iluminada por las luces de emergencia. Sus ojos... vacíos. No era ira. Era instinto.

Corrimos. Casi no lo logramos.

Pero subimos al helicóptero.

Miramos abajo mientras el parque ardía. La selva artificial ya no era una prisión. Era su nuevo hogar.


Ahora, meses después, vivo en una ciudad amurallada al sur del país. Hay patrullas aéreas. Satélites. Escáneres térmicos.

Pero también hay rumores.

Dicen que un grupo de Triceratops fue visto cruzando un valle en Ecuador.

Que los Pteranodon ya migran al Caribe.

Y que los humanos... ya no somos la cima.

¿Qué haría si los dinosaurios vivieran hoy?

Lo mismo que estoy haciendo ahora.

Sobrevivir.

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