Las Ratas del Desagüe
Reseñas generalesEl agua helada del drenaje me lame la espalda, viscosa, cargada de un hedor que seguramente apesta a mierda, aunque la máscara de gas me salva de confirmarlo. La tengo pegada a la cara como una segunda piel, un plástico acalorante que me protege del veneno del aire y de las bacterias. Mis manos aprietan mi metralleta KZ-38, tengo su cañón corto pegado a mi pecho como si fuera parte de mí. Estoy escondido en una tubería oscura, tan estrecha que apenas puedo mover los hombros. La putrefacción que me rodea, espesa y pegajosa, enmascara mi olor de los perros rastreadores. Arriba, las botas enemigas hacen crujir el pavimento, un ritmo marcial que me golpea el cráneo como a un tambor. No sé cuántos son, pero suenan como un maldito ejército. Creen que el pueblo está vacío, que nos barrieron por completo. Se equivocan, somos las ratas de alcantarilla.
Petro, mi compañero, está escondido en un tubo contiguo, a unos metros de mí. No lo veo, pero sé que está ahí, tan quieto como yo, obedeciendo las órdenes al pie de la letra. Siempre obedecemos. La disciplina es lo único que nos mantiene vivos, aunque a veces me pregunto por qué peleamos, cuál es la razón de toda esta masacre. El enemigo quiere matarnos, y nosotros a ellos, y lo único que nos distingue es la bandera cosida en el uniforme. Es todo lo que sé, todo lo que necesito saber para sobrevivir. Estamos agotados, con amigos enterrados en fosas improvisadas y raciones de comida que alguna vez nos gustaron, pero que ahora solo llenan el estómago. Intento no pensar en Simón, en su mirada llena de terror por el zumbido de un dron kamikaze que salió de la nada y le arrancó la cabeza en un instante. Obedezco sin cuestionar, porque pensar demasiado es un lujo que no puedo permitirme y morir parece la única forma de detener esta pesadilla.
Recuerdo la Regla 8: El silencio te hace invisible. Un solo tosido, un roce de la metralleta contra la tubería, y alguien morirá. Probablemente yo. Un calambre me trepa por la pierna, un alambre de púas que se clava en el músculo, y aprieto los dientes hasta que siento las encías palpitar. No me muevo. No puedo. El reloj en mi muñeca vibra con un zumbido corto: Tzz. Es Anya, su señal me golpea como un latigazo. Mi dedo encuentra el detonador, frío y metálico contra mi piel. Estoy listo. Otra vibración: Tzz. Todos apretamos los detonadores al unísono, un pulso colectivo de rabia, miedo y venganza. El drenaje tiembla con un rugido que me sacude los huesos. Arriba, el infierno de desata.
Gritos, fuego y metralla se mezclan con explosiones, polvo y escombros. El contingente enemigo se desgarra en pedazos, devorado por llamas que rugen hacia el cielo. Los alaridos llegan hasta la tubería, ecos de caos y muerte. Nosotros los causamos. La guerra de hoy se libra como ratas: escondidos en lo oscuro, sin aviso, ya no se mira al enemigo a los ojos, es mejor así.
El motor del arnés zumba y me arrastra fuera de la tubería, el metal frío raspa mi uniforme, dejando un escozor en la piel que ya está curtida de cicatrices. Recuerdo la Regla 12: La emboscada no termina hasta que el último enemigo deja de moverse. No puedo parar, no puedo dudar. Dudar es morir. Si algo respira, sigo disparando. Quito la tapa que protege los lentes de mi visor térmico, arranco la rendija de la tubería y me asomo, metralleta lista. Petro, en la retaguardia, hace lo mismo, su silueta apenas visible en el humo. Liln, en la vanguardia, dispara con ráfagas cortas, precisas. Mis piernas, rígidas por el frío del drenaje, protestan con cada paso, pero las obligo a moverse. El humo espeso se arremolina, pero no puede ocultar a los enemigos de nuestros visores térmicos, no después de tanta explosión.
Algunos soldados y velociraptores siguen en pie, rugiendo entre el caos. Un raptor, con garras brillando bajo el resplandor de las llamas, se lanza hacia Petro, esquivando mis balas como si supiera exactamente dónde van a caer. Mi amigo grita, un sonido que me retuerce las entrañas, él se intenta arrastrar hacia el drenaje, desesperado por escapar. No lo logra. Arranco el pasador de una granada con un movimiento brusco y la lanzo, el grito ahogado por la máscara de gas. La explosión ilumina el aire como un relámpago, y el velocirraptor se deshace en una lluvia de carne y hueso. Pero es tarde. Petro yace en el suelo, su cabeza arrancada, un charco oscuro extendiéndose bajo él. Prometí que volveríamos a casa. Prometí que le presentaría a mi hermana. Mi pecho arde, una furia que me quema las costillas. ¡¡Se llamaba Petrovich y era mi amigo!!. La adrenalina me sacude el cuerpo, despierta mis piernas entumecidas. Sigo disparando a cualquier cosa que se mueva, mientras mi mente no deja de gritarme por haberle fallado. Al menos ese maldito reptil pagó por ello.
El reloj vibra con dos pulsos cortos: Tzz-tzz. La señal para lanzar granadas. Arranco el pasador de otra con furia, como si pudiera borrar lo que acabo de ver, y la lanzo con todas mis fuerzas. Los demás hacen lo mismo, los velociraptores saltan como demonios entre el humo, esquivando la explosión contigua, solo para caer en otra explosión. El fuego revienta el aire, iluminando cuerpos destrozados. Saco la escopeta automática. Disparo: una, dos, tres, cuatro veces; el raptor es rápido, pero al sexto disparo cae, su cuerpo agujerado por los perdigones.
Tzz-tzz-tzz. La señal para correr al tejado y revisar el oeste. Corro agazapado hacia un muro destrozado, trepando con dificultad. Mis piernas, entumecidas por el frío y el cansancio, apenas responden, pero la adrenalina las empuja. Mi corazón late como si quisiera romperme el pecho. Me pego al concreto, la metralleta en mano, y escaneo el horizonte con el visor térmico. Nada al oeste. Envío una señal larga a Anya para confirmarlo. Otros compañeros hacen lo mismo desde sus posiciones, sus vibraciones resonando en mi reloj como un código de supervivencia.
Vuelvo a la zona de batalla, me arranco el visor térmico y miro al suelo. La cabeza de Petro está allí, sus ojos abiertos, vacíos. La rabia me quema el pecho, un fuego que no se apaga. Cuatro compañeros se deslizan hacia los camiones enemigos, sombras moviéndose entre los escombros. Liln está a mi lado, nos movemos hacia en el último piso de un edificio en ruinas, para vigilar los alrededores. Los camiones parecen de suministros. Espero que lleven explosivos; gastamos demasiados hoy. Los compañeros revisan el cargamento, sus movimientos rápidos pero cautelosos. De pronto, un zumbido rasga el aire, como un nido de avispas despertando. Las cajas metálicas en la parte trasera de un camión se abren solas.
—¡Mierda! —murmuro. ¡Es una trampa!
No hay tiempo para gritar. Un enjambre de drones kamikaze surge de los camiones, explosiones pequeñas pero letales estallando contra mis compañeros. Cuatro de ellos caen, sus cabezas reventadas por la precisión de máquinas controladas por alguien sentado frente a una pantalla, bebiendo una maldita limonada. Anya reacciona al instante, dispara un lanzamisiles que impacta el camión, y luego dispara al otro. Un par de bolas de fuego iluminan todo, y las cajas de drones restantes se deshacen en una lluvia de metal retorcido. Pero muchos drones ya escaparon, suficientes para aniquilar a todo el escuadrón.
Cinco vibraciones cortas en mi reloj: Tzz-tzz-tzz-tzz-tzz. Drones kamikaze. Anya alerta al resto del grupo. Luego, siete pulsos rápidos: Tzzt-tzzt-tzzt-tzzt-tzzt-tzzt-tzzt. Retirada. Ahora.
Anya se mueve como un espectro, deslizándose entre los escombros. Yo salto por un hueco en el suelo, descendiendo a los pisos inferiores con Liln a mi lado. Mis piernas gritan de dolor, pero la adrenalina las fuerza a seguir. Alguien dispara una ráfaga al cielo, intentando derribar drones, cubriendo nuestra huida. Lanzo un señuelo térmico hacia un edificio lejano, quizá desviando a los drones por un instante, no miro para confirmarlo. El zumbido de los sobrevivientes crece, avispas negras y explosivas que nos persiguen. Los odio. Odio a los bastardos que los controlan desde tan lejos que nunca podré alcanzarlos. Pero yo fui como ellos una vez, pilotando drones cuando era joven, pensando que era un juego, sumando puntos con cada muerte.
Nos dispersamos, los que quedamos. Se escuchan disparos al fondo. Quien se retrase debe cubrir la retirada, debe quedarse para disparar al enemigo. Llego a la trinchera al borde del pueblo, una cicatriz negra entre la maleza, nuestro camino de escape. Recuerdo la Regla 17: Nunca montes velocirraptores hambrientos. Un raptor famélico es una bomba de tiempo, capaz de volverse contra ti. Jadeando, alcanzamos la sección de la trinchera donde los velocirraptores esperan, ocultos bajo el suelo, escondidos entre hierba, sus collares neurales los mantienen quietos. Vargo, el cuidador, los ha alimentado; sus fauces brillan húmedas bajo el crepúsculo. Grisha, mi montura, levanta la cabeza cuando siente mi peso sobre su lomo. Desactivo su collar neural, y sus fosas nasales olfatean el aire cargado de pólvora y muerte.
El zumbido de los drones regresa, un rugido que me eriza la piel. Golpeo las costillas de Grisha, y arranca, sus garras destrozando la tierra, un trueno de patas mientras los demás nos siguen. Un drone impacta donde estábamos hace segundos, su explosión pequeña pero precisa, lanzando lodo y metal, el calor me lame la nuca. Grisha gira, sus reflejos afilados esquivan un segundo estallido, pero la metralla rasga nuestro flanco izquierdo. Siento un hilo de sangre en mi muslo. Grisha gruñe, pero no se detiene. Nos dirigimos al bosque, donde una telaraña de ocables antidrones nos salvarán si llegamos. Disparo hacia atrás con la metralleta, apuntando a los drones, mientras Grisha corre.
Logramos ver en la lejanía refuerzos enemigos: infantería, vehículos pesados que ya se dirigen hacia nuestra dirección. El bosque ya no es una opción. Grisha se desvía a la derecha, hacia terreno enemigo, sin detenerse. El giro permite que algunos drones nos alcancen. Zigzagueamos entre explosiones, lodo salpicando los vidrios de mi máscara. Me la arranco, el aire apestando a muerte. El zumbido de los drones es una maldición que no calla. Cada paso es un riesgo, cada sombra un posible final. No lo lograremos. Alguien tiene que sacrificarse.
Hago girar a Grisha en dirección contraria a mis compañeros. Disparo a los drones, corriendo en diagonal hacia ellos. Quiero que me sigan, que me persigan. Quiero ser un mártir. Saco la escopeta y me agoto los cartuchos. Saco la metralleta y sigo disparando, cabalgo hacia mi muerte y la de Grisha. Algunos drones caen, pero son demasiados. Cierro los ojos, disparando, mientras Grisha salta con furia. Escucho explosiones, siento a Grisha zigzaguear…
La muerte no llega. El resto de drones no me persiguen. Se lanzan hacia mis compañeros, en la dirección opuesta. Estoy solo, una rata de alcantarilla en un campo de batalla. Giro a Grisha, miro la nube de drones, corro tras ellos, pero es inútil. Grisha está agotado, su respiración es un jadeo áspero. No hay nada más que hacer. A lo lejos, explosiones iluminan el horizonte. Los refuerzos enemigos avanzan hacia mis compañeros y les disparan. Recuerdo la Regla 24: Si la batalla está perdida, sobrevive hoy para vengarte mañana.




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