Abastosaurio

Reseñas generales

Qué harías si los dinosaurios vivieran hoy?

Esa pregunta puede inspirar mil respuestas de acción, caos o ciencia ficción. Pero yo quise responderla desde otro lugar: el de la ternura, el absurdo cotidiano y la melancolía urbana.

“El último brontosaurio del Abasto” no es solo una historia sobre un dinosaurio en Buenos Aires. Es una fábula moderna sobre lo distinto, lo que no encaja, y lo que hacemos como sociedad cuando algo fuera de lo común aparece entre nosotros. ¿Lo cuidamos? ¿Lo explotamos? ¿Nos preguntamos de dónde vino… o simplemente sacamos una selfie?

Ambientada en un escenario reconocible para cualquiera que haya caminado por la ciudad —con colectivos, panchos, manteros y youtubers—, esta historia imagina un hecho imposible con una lógica que parece completamente real. Y en ese cruce entre lo mágico y lo cotidiano, aparece lo más importante: el vínculo entre un periodista olvidado y una criatura que solo quiere encontrar su lugar.

La historia no busca dar respuestas épicas, sino plantear una mirada distinta: ¿y si convivir con un dinosaurio hoy no fuera una amenaza… sino una oportunidad para pensar quiénes somos y cómo tratamos a lo que no entendemos?

Gracias por leerme.


Nadie lo vio venir. Un día estaba el Abasto como siempre, lleno de turistas, músicos callejeros y vendedores de pochoclo, y al otro día, ahí estaba él: un brontosaurio de más de veinte metros, quietito frente a la entrada del shopping. No rompía nada. Solo estaba ahí, con los ojos perdidos en el cartel de Mostaza. Como si esperara algo.

Los primeros en acercarse fueron los pibes que pedían monedas en la puerta. Dijeron que se llamaba “Pancho”, porque lo vieron intentando agarrar uno de los pancho del carrito con la lengua. Después vinieron los medios, los influencers, los políticos. Pero Pancho no se movía. Solo comía hojas de los árboles de la vereda y dormía la siesta entre los taxis.

Yo me acerqué al tercer día. Con mi grabadora vieja, la misma con la que antes hacía entrevistas en la calle. “Periodista independiente”, decía mi bio de Instagram. Nadie me leía, pero esto… esto podía cambiarlo todo.

 

En una semana, Buenos Aires cambió por completo. El GCBA mandó a cerrar calles. Pancho se volvió atracción turística. Los manteros le vendían gorras de Boca y Racing. Los restaurantes ofrecían “menú Pancho-friendly”. Y yo… yo me convertí en su cronista.

Le escribía todos los días. Publicaba “La vida secreta de un brontosaurio urbano”. Me empezaron a seguir miles. Me entrevistaron en la radio. Pancho me reconocía. Me olía la mano. Hasta me dejaba apoyarme en su panza para dormir la siesta. Nadie sabía de dónde había salido. Nadie más apareció. Solo él.

 

Pero con los días, Pancho empezó a cambiar. Comía menos. Miraba al cielo por horas. Una vez rompió sin querer una parada de bondi. Otra vez casi pisa a una nena. No era malo, era grande. Y no pertenecía acá.

Me di cuenta que lo que le habíamos hecho era egoísta. Lo usamos como espectáculo. Lo envolvimos en una ciudad que no podía entender.

Entonces, una noche, me lo llevé. Con ayuda de unos amigos, lo guiamos hasta la Reserva Ecológica. Me quedé con él hasta que el sol salió. Le acaricié la piel rugosa por última vez.

Y le dije: “No sé si vas a encontrar a los tuyos. Pero al menos acá vas a poder buscar.”

 

Hoy volví al Abasto. Ya no hay brontosaurio. Solo turistas, músicos callejeros y pochoclo. Pero cuando miro hacia la Reserva, me gusta imaginarlo ahí. Tranquilo. Libre. Esperando. O tal vez soñando que alguna vez existimos nosotros

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