Corazones líquidos
Reseñas generalesPara comenzar me gustaría cuestionar un poco, ¿Qué es amar en tiempos modernos?. Amar hoy no es lo mismo que antes claramente. No porque hayamos dejado de “sentir”, sino porque el mundo se volvió más rápido, más líquido, como decía Bauman. Las relaciones dejaron de construirse como las casas de piedra, yendo ladrillo a ladrillo, con estructuras firmes y duraderas (lo que no quiere decir que sean sanas), sino que ahora se dan como carpas de campamento, fáciles de armar y fáciles de desarmar. Las relaciones se pierden en las perspectivas a largo plazo, son tomadas como algo momentáneo o como bien dice la canción de Virus, “Amor descartable”.
Vivimos en la era del “match”, del scroll, de los “visto” sin responder. Tenemos mil formas de conectarnos, pero a veces sentimos más distancia que nunca. ¿Un poco paradójico? Sí. Queremos amar, pero sin perder esa sensación de “libertad”.
Por lo que caemos en un sinfín de contradicciones, buscamos intimidad, pero con espacio, deseamos algo profundo, pero sin que nos duela tanto... En medio de todo esto, el cine hace de espejo. Ya no nos vende el amor romántico “idealizado” (o al menos no tanto). Ahora se animan a mostrar vínculos que dudan, que se rompen, que no saben muy bien qué son, a donde van. Porque el amor moderno no siempre tiene forma clara, pero sigue ahí, intentando no naufragar entre algoritmos, miedos y promesas que duran lo que dura una historia en Instagram.
Le tenemos tanto miedo a la rutina, al aburrimiento, al conflicto… y, sobre todo, al dolor. Por eso es que veces preferimos distanciarnos, antes que ese “algo” en potencia duela. Y en ese escenario entran dos películas que entendieron en lo que a mí respecta este mundo emocional moderno, hasta incluso mucho antes de que supiéramos cómo ponerlo en palabras, esas películas son: “Her” (2013) y “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos” (2004).
Comenzando por la primera, es increíble de solo pensarlo como Spike Jonze (director de la película), visibilizó una realidad de modo futurista que aplica en décadas más delante de manera tan precisa. Theodore se enamora de una inteligencia artificial. Al principio parece raro y tétrico, pero después si lo repensás tiene mucho sentido. Samantha lo escucha, lo entiende, está ahí para él todo el tiempo. Podría representar lo que muchos buscarían en una relación, un amor artificial y un poco egocéntrico también. En “Her”, el amor se vuelve algo casi perfecto… pero sin cuerpo, sin el desgaste de lo real, sin peleas, sin silencios incómodos. Y, sin embargo, algo falta.
La película de Spike Jonze pone sobre la mesa algo que nos atraviesa en esta época, buscamos relaciones cómodas, personalizables, sin fricción. Pero eso que evitamos el roce, el error, la incomodidad, el conflicto y las diferencias, que también es lo que hace al amor real. Samantha puede ser “ideal” para Theodore, pero no puede quedarse. Porque el amor “verdadero” para serlo, también tiene que habitar el mundo real, con sus límites, sus contradicciones, compromisos, responsabilidades y por sobre todo sus dolores.
Por otro lado, en “Eterno resplandor de una mente sin recuerdos”, si hay una escena que condensa la ansiedad del amor moderno, es la de Clementine y Joel que deciden literalmente borrarse por completo el uno al otro. Eligen no hablarlo, no enfrentarlo, no entenderlo. Borrarlo directamente. Como alguien que elimina un documento de su computadora o desinstala una aplicación. Esto es un reflejo perfecto de nuestras relaciones líquidas en la modernidad, vínculos que se viven con intensidad, pero sin raíces. Cuando algo no funciona, lo tiramos, lo borramos o lo dejamos de intentar. No se busca reparar, ni tampoco nos quedamos a ver qué más podemos dar o recibir. Estamos educados para pensar que, si algo no nos hace felices de inmediato, hay que dejarlo, cambiarlo, mirar hacia otro lado. Pero el amor “real” no puede definirse, es lo que es con todo su caos, no es un producto de consumo. No hay garantías, no hay devoluciones, ni medias naranjas perfectas. Nos hacemos con y por el otro, en todos sus devenires que acompaña el tiempo, los contextos y la vida.
Lo interesante de esta película es que lo resalta explícitamente, nos muestra que ni siquiera el olvido total puede borrar lo que un amor deja. Que el deseo de evitar el dolor, de “borrar el historial”, es una trampa moderna.
Estas dos películas que mencione nos cuentan historias de amor, más precisamente, historias de amores modernos. Con miedo, con dudas e inseguridades, vividas desde la nostalgia, la soledad y la ambivalencia. Y, eso es lo que las vuelve tan fuertes, no idealizan, no romantizan en exceso. Nos muestran que el amor moderno está lleno de ruido, de interferencias y cortocircuitos, pero también de momentos muy lindos. Incluso que, si se terminan, siguen valiendo la pena.




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