Dead pool
Reseñas generales¿Alguna vez sentiste que te prometían una joya cinematográfica y, en lugar de eso, te encontraste con una película en la que hasta el protagonista parece creerse el “Jesús de Marvel”? Un supuesto salvador destinado a resucitar una empresa que, según algunos, ya no entrega buenos resultados.
Más allá del ego del personaje —que se imagina como una figura religiosa trascendental—, la película demuestra que lo económico no siempre trae felicidad. Tener un gran presupuesto puede ayudar a crear proyectos increíbles, de esos que quedan en la retina y el corazón del público. Pero más importante que el dinero es lograr que una historia conecte, que deje huella, que no se borre nunca.
En el cine actual no solo faltan ideas, sino, sobre todo, falta alma. Falta emoción. Falta ese gesto invisible que llega al espectador, lo transforma, lo interpela. Falta el mensaje que perdura más allá del final.
Sí, podemos recordar cómo el protagonista baila al ritmo de canciones que marcaron una generación. Pero ¿qué nos deja eso? ¿Qué aprendemos cuando pensamos, por ejemplo, en Deadpool? El cine se ha vuelto un reflejo de una sociedad acelerada, sin valores sólidos, obsesionada con el entretenimiento inmediato y, muchas veces, cargada de crueldad física o mental, disfrazada de humor o provocación.
Antes, cuando veíamos a nuestros héroes, queríamos ponernos una capa. Imaginábamos que ayudábamos a los demás. El amor por esos héroes era duradero, sincero. Hoy, en cambio, se cree que reunir a muchos actores famosos garantiza el éxito. Se abusa de los efectos especiales, de las pantallas verdes y azules. Pero tanto artificio cansa. Satura. Vuelve todo desechable.
Las ideas simples, los mundos modestos, también pueden ser poderosos. Recordemos al Chapulín Colorado. Sabíamos que los escenarios eran de telgopor, que los fondos se repetían, que era una parodia de los héroes tradicionales. Pero nos hacía reír. Y, aunque tenía miedo, era humano. Nos conectaba desde lo más simple, sin grandes presupuestos ni recursos, pero con honestidad.
El mundo necesita volver a sentir. Necesita conectarse con las emociones, como una necesidad básica, tan vital como alimentarse. Eso es lo que nos hace humanos. Mientras más nos alejemos de eso, más autómatas nos volvemos. Si evitamos las emociones negativas, nos volveremos impermeables al sufrimiento, al dolor... a todo. Este cine plástico, reciclable, va deteriorando nuestra capacidad de sentirnos vivos.
Y así, este “cine low cost emocional pero de alto costo económico” nos arrastra hacia un vértigo que ya no emociona, solo agota. Se nos ofrecen experiencias como Misión Imposible, con una adrenalina excesiva, en una montaña rusa en la que incluso los actores se ponen en riesgo físico solo para despertar algo en un público anestesiado que ya no siente que el cine valga la pena.
Desde la comodidad de sus casas, con acceso a todo tipo de estímulos, el espectador se aleja del cine como experiencia y aparece, cada vez con más fuerza, la pregunta impostergable: ¿siguen existiendo los héroes? ¿sigue existiendo el cine?
Pero al igual que Chapulín Colorado —con sus defectos, su torpeza entrañable y sus antenitas de vinil— cumplía una función esencial: salvarnos. No del mal absoluto, sino de la rutina, de la soledad. O simplemente, de nuestra propia tristeza.
Y nos salvaba con algo que hoy parece revolucionario: una sonrisa genuina, humana y transparente.
Algo que, ahora más que nunca, necesitamos.




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