Contrato de Afecto

Reseñas generales

En un futuro no muy lejano, el amor dejó de ser una cuestión de emociones puras.
Después de una ola global de divorcios, traiciones y corazones rotos, surgió una nueva moda: los contratos afectivos.

Las parejas ya no se “ponían de novios”. Ahora se sentaban frente a un abogado emocional, firmaban cláusulas específicas sobre fidelidad, tiempo juntos, duración del vínculo y hasta el modo de discusión aceptado.

Y así lo hicieron Sofía y León.

Se conocieron en una conferencia sobre relaciones afectivas 4.0. Sofía era abogada de vínculos contractuales; León, psicólogo. Ambos estaban hartos del caos emocional. Querían estructura, claridad, y sobre todo, garantías.

—¿Te parece exagerado? —le preguntó León cuando ella le propuso formalizar.
—No. Me parece honesto —respondió Sofía, mirándolo con la seriedad de quien no quiere perder el tiempo.


El contrato fue redactado en menos de una semana.
Cláusulas principales:

Artículo 1: Se verán tres veces por semana, mínimo dos noches compartidas.

Artículo 2: Comunicación diaria obligatoria (mínimo 2 llamadas o videollamadas).

Artículo 3: Ningún contacto romántico ni sexual con terceros, salvo aprobación previa.

Artículo 4: Prohibido esconder emociones. Cada 10 días deberán sentarse a expresar lo que sienten, sin juzgar.

Artículo 5: Duración inicial: 6 meses. Renovable por ambas partes.

Sofía firmó sin dudar. León la miró con una mezcla de admiración y temor.
—Nunca me sentí tan protegido —dijo él.
—Yo tampoco —sonrió ella.


Durante los primeros meses, todo fue perfecto.

Nunca discutían de más. Las emociones estaban contenidas, los acuerdos eran respetados. Se mandaban mensajes dulces antes de dormir. El amor parecía más ordenado. Más real. Más fácil.

Pero todo cambió en la cláusula número 4.

La noche del día 70, en la sesión emocional, Sofía habló primero:

—Últimamente siento que estamos forzando estar bien. Como si siguiéramos el contrato, pero no el corazón.

León bajó la mirada.

—Yo también siento eso. Pero pensé que era solo cansancio.

Sofía respiró hondo.
—No me estás mirando igual. No me tocas igual. Algo cambió.

—¿Querés romper el contrato? —preguntó él.
—No lo sé. ¿Vos?

León dudó.

Y el silencio pesó más que cualquier palabra.


A los tres días, León no cumplió con la videollamada obligatoria.
El cuarto día, no apareció para dormir juntos.
El quinto, Sofía recibió un correo: “Le informamos que el señor León Luján ha incumplido dos cláusulas. Puede proceder con la rescisión sin penalidad emocional.”

Sofía lo releyó varias veces.

No supo si sentirse aliviada o destruida.

No lo llamó. No lo buscó.


Un mes después, León apareció en su estudio legal.
—Necesito una segunda oportunidad.

Sofía lo miró desde el otro lado del escritorio.
—Esto no es un juego de niños, León.

—No rompí el contrato por maldad. Fue miedo. Me enamoré demasiado.

—¿Y ahora venís a negociar sentimientos?

—No. Vengo a pedirte que firmemos algo nuevo. Sin cláusulas. Solo promesas.

Ella se quedó en silencio. No sabía qué dolía más: el contrato roto o la idea de volver sin red de seguridad.

—No sé si sé amar sin reglas —susurró.


Esa noche, revisó el viejo contrato.
Leyó una y otra vez la cláusula 4.

“Prohibido esconder emociones.”

¿Acaso no se estaban mintiendo todo el tiempo con esa estructura? ¿O era esa estructura lo único que los había mantenido unidos por un tiempo?


Dos semanas después, recibió una notificación.
Una nueva solicitud de contrato.
Nombre: León Luján.
Cláusula única:

“Prometer que no prometemos nada. Solo intentarlo.”

Sofía no firmó enseguida.

Se paró frente al espejo y se preguntó si quería amor sin garantía.

Y por primera vez en mucho tiempo… no tuvo una respuesta.


 

Comentarios 0

Todavía no hay comentarios.

De este autor