Mi amigo, el extraño

Reseñas generales

Mi Amigo, el Extraño

 

No fue el rugido lo que me asustó. Fue la pregunta.

 

“¿Me vas a dejar solo otra vez?”

 

Me giré, y allí estaba. Saliendo de entre los manglares del delta, empapado, flaco, con los ojos enormes brillando como lunas nuevas. No era Godzilla, ni el Demogorgon, ni Gollum. No. Era más... humano. Como si alguien hubiese dibujado un niño en una servilleta arrugada y luego lo hubiera traído a la vida.

 

La primera vez que lo vi, tenía siete años. Se escondía tras la cerca del refugio de animales donde trabajaba mi madre. “Es un amigo imaginario”, dijo ella con una sonrisa condescendiente. Pero yo sabía que no. Él tenía nombre: Yurok. Tenía historias, cicatrices, y una voz que a veces sonaba como el viento entre las cortinas.

 

Pasaron los años y lo fui olvidando, como se olvidan las canciones sin letra o los sueños a medio recordar. Hasta que, ahora a mis treinta y dos, volví al pueblo por la muerte de mamá. Me recibió un silencio húmedo y una herencia inesperada: el mismo refugio, cerrado y cubierto de óxido. Y a él... esperándome.

 

Desde que volví, el pueblo parecía más ajeno. Las casas eran las mismas, pero los colores se habían desteñido, como una película que alguien dejó al sol. Y sin embargo, todo me llevaba a él. A Yurok.

Encontré su rastro en los rincones polvorientos del refugio: un cuaderno con dibujos hechos con garabatos infantiles, una piedra brillante que no pertenecía a este mundo, y un olor… como a tierra húmeda y electricidad.

 

Esa noche, lo vi claramente. Sentado en la jaula donde una vez dormía un oso herido. Tenía la piel cuarteada, como si llevara siglos mudando, y ojos que no me juzgaban, solo preguntaban.

 

—Pensé que no volverías —dijo con una voz que sonaba a hojas secas.

 

Me senté frente a él, como lo hacía cuando era niño, con un cuenco de sopa de lentejas entre nosotros, como si ese simple gesto pudiera reparar años de abandono.

 

—Yo también —le respondí—. Pensé que te habías ido.

 

Él negó con la cabeza.

—Los monstruos no se van. Se esconden en lo que olvidas. En lo que decides no sentir.

Pasamos noches hablando. Él me recordaba cosas que creía inventadas: la vez que me protegió de aquel perro furioso, cómo me enseñó a imitar el canto de las ranas para dormir, cómo me hacía reír con historias de criaturas que vivían debajo del asfalto. Y mientras me hablaba, empecé a sanar.

Pero no todos los monstruos son bienvenidos.

Una mañana, los vecinos comenzaron a murmurar. Que había ruidos en el refugio. Que algo raro pasaba desde que regresé. Uno incluso juró haber visto "una cosa" cruzar su jardín. El miedo es contagioso, y el pueblo estaba hambriento de un culpable.

Lo encontré empapado bajo la lluvia, temblando, con la misma expresión de abandono que vi cuando tenía siete años.

 

—Van a venir, ¿verdad? —preguntó.

Asentí con lágrimas en los ojos. No podía protegerlo como antes. Ya no era un niño con fe ilimitada ni él era un secreto pequeño. Era grande, extraño… vulnerable.

 

—Puedes huir —le dije—. Como antes. Nadie te encontrará.

Yurok me observó largo rato. Luego sonrió, esa sonrisa torcida que decía más que cualquier palabra.

 

—Quizás es hora de que ellos también recuerden. Que no todos los monstruos son malos. Que algunos vinieron a cuidar.

 

Esa noche, lo dejé en el bosque, en su viejo escondite, el corazón latiendo como tambor. Cuando regresé al refugio, encontré una carta garabateada con tinta azul, escrita en la hoja de aquel cuaderno antiguo. Decía:

“Gracias por recordarme.”

—

Nunca lo volví a ver.

Pero a veces, cuando la lluvia cae sin aviso y la electricidad chispea sin razón, siento que está cerca. Que sigue cuidando.

Y tal vez, sólo tal vez… yo también era su monstruo, y él, el niño olvidado que vino a salvarme.

 

Comentarios 0

Todavía no hay comentarios.