El caso Wèi
Reseñas generalesEl caso Wèi
I
En la Delegación Mar del Plata de la Policía Federal hubo un caso que nunca quedó asentado. Aquello que ocurrió se desvaneció entre llamas y sombras, y los pocos que lo presenciaron… nunca volvieron a hablar del tema.
El olor a café recalentado llenaba la oficina. Souza se quitó los anteojos y los apoyó sobre el escritorio, con ese gesto que uno hace cuando la paciencia se está agotando estrepitosamente.
—Déjame ver si entendí bien —dijo, sin levantar la vista—. Vos querés abrir un caso que está cerrado porque encontraste unos nombres y unas palabras sueltas en un cachivache quemado que hace dos años que está juntando polvo en el depósito. Hace menos de un mes que estás acá, y ya querés que me pelee con el comisario… la misma persona que me obligó a cerrar ese caso donde murió una persona de interés del gobierno chino en circunstancias dudosas. La pregunta es: ¿con qué droga desayunaste hoy?
Ciro Puertas tragó saliva. Sabía que no era el mejor momento, ni el mejor lugar, pero ya no podía callarse.
—Sé cómo suena, detective Souza, pero si prestara atención a…
—No voy a escuchar ni una palabra más.
—¿Quién es Julián Roma?
Souza frunció el ceño. —¿Quién?
—Julián Roma. ¿Y quién es Wèi? ¿Quién es Yue?
Souza se enderezó en la silla, confundido.
—Nunca escuché esos nombres. No son del caso. El apellido de la familia del súper chino era Liang. Liang Bo es el fallecido. Pero no había nadie con nombre Yue o Wèi, y menos alguien de apellido Roma. No estaban en la lista de interrogados.
—Pero esos nombres estaban en el cachivache a medio tostar del chino asesinado. Junto con otras palabras sueltas… más que interesantes.
—No hubo homicidio. Fue un accidente por el incendio.
—No fue lo que decía la primera autopsia.
El silencio se volvió denso. Souza entrecerró los ojos.
—No tengo idea de cómo te llegó esa información. Y voy a hacer de cuenta que no escuché eso. Te recomiendo que midas tus próximas palabras, porque te estás por comer una sanción más grande que el Monumental.
—Detective —insistió Ciro, con la voz firme por primera vez—, sé que lo presionaron para cerrar el caso. Y sé que había muchas cosas que no le cerraban a usted. Leí las transcripciones de los interrogatorios. Nadie dijo nada, pero yo encontré el motivo por el cual mataron a Liang Bo… o Lionel, cómo se hacía llamar acá en Argentina. El motivo está en lo que encontré en esa computadora quemada.
Souza se frotó la cara con ambas manos.
—El anterior forense no pudo sacar nada de eso. Me dijo que era algo que nunca había visto, algo armado de manera casera.
—Porque le dijo que era una simple computadora. Pero no es solo eso. Es una unidad computacional adaptable para el campo de batalla. Era del ejército chino. Computadoras experimentales, diseñadas para que, si caen en manos enemigas, no se puedan hackear. Pero yo encontré una manera de entrar. Ya de por sí, tener un dispositivo como ese te convierte en un blanco, donde sea que vayas. Pero lo que encontré dentro… lo va a volver loco.
Souza lo miró largo, sin decir nada. Luego, con voz baja, casi cansada, murmuró:
—Recordame tu nombre, por favor.
—Ciro. Ciro Puertas.
—Hacete un favor, Ciro. Dejá eso donde lo encontraste. Borrá todo de la computadora. Borrá todo de tu memoria. Nadie está pidiendo justicia por Lionel. La familia aceptó que fue un accidente. Y por lo que sé, se fueron del país. Se que hay algo más… algo lo suficientemente aterrador como para que toda una familia se borre. Y mucho más… como para que abandonen su propio negocio.
—Creo que quien mató a Lionel… también mató a Tabares. Al técnico al que estoy reemplazando.
Souza levantó una ceja, con una mezcla de fastidio y cansancio.
—A ver, Ciro… Tabares era un obeso mórbido que se resbaló en la ducha. Un final cantado, lamentablemente. Si no se mataba ahí, iba a ser atragantado con un sánguche de mortadela. Era un tipo desagradable y olía peor que la reserva de lobos marinos. Ya metiste dos homicidios en menos de cinco minutos. Fue un accidente.
—Tabares mintió. Y tengo pruebas. Entre sus cosas encontré los accesos que me permitieron entrar en la computadora de Liang. Él vio lo mismo que yo. Y mintió. Y ahora está muerto. ¿Por qué?
Souza se acomodó en la silla, visiblemente irritado, pero ya no podía ocultar cierta intriga.
—No te voy a decir que no me tenés intrigado… Pero hacé que tu próximo minuto sea interesante, Ciro, porque te juro que si no, te vas sin laburo.
Ciro no respondió. Simplemente puso play a su celular.
Al principio, solo se escuchan voces en chino. Souza rodó los ojos, fastidiado, como si contara regresivamente hasta el despido: tres… dos…
Entonces, una voz extraña, distorsionada pero clara, habló en español:
—No pienso hablar más en chino. Ahora voy a hablar el mismo idioma que Julian. Cada vez que me hablabas, me insultabas. Me diste un nombre denigrante. El chino para mí es un idioma de dolor. Con el español aprendí el amor. Aprendí lo que es ser querido.
Souza frunció el ceño. Antes de que pudiera preguntar nada, otra voz le respondió con furia contenida:
—¡Vos sos un pedazo de mierda!. ¡No podés amar!. ¡Jamás podrías amar!.
Souza se irguió en su asiento, como si algo dentro de él hubiera hecho clic.
—Esa es la voz de Lionel… de Liang Bo, la reconozco por el material que me habían dado de él. Es una voz aguda, rara.
La grabación siguió. Liang Bo hablaba entre español y chino. Estaba fuera de sí. Gritaba, insultaba. Hasta que se escucha con claridad:
—¡Mataste a Yue! ¡La mataste! ¡Y ahora te voy a hacer mierda! Sos un monstruo. Nunca tendrías que haber nacido.
Entonces, la otra voz, la extraña, respondió con frialdad y algo que casi sonaba a dolor:
—Yo no maté a Yue. Y vos lo sabés bien. No voy a dejar que nos hagas daño. Ni a mí… ni a Julian. Los muertos no pueden lastimar.
Se escucha un zumbido, interferencia… y un grito. Seco. Corto.
Ciro detuvo la grabación. Se giró hacia Souza, que seguía inmóvil, pálido.
—¿Y ahora qué me dice, detective? —preguntó con una mueca leve, sabiendo que había ganado.
Souza no respondió. El silencio, esta vez, lo dijo todo.
—Detective… señor… —dijo Ciro, con un tono que rozaba el ruego—. Lo que encontré en la computadora de Tabares me inquietó aún más. Hay una serie de mensajes entre él y alguien que firma como Wèi. En el último, Wèi le dice que lo traicionó, y que no iba a permitir que amenazara ni extorsionara a Julian. Y de nuevo aparece esa frase: “Los muertos no pueden lastimar.” Ese mensaje fue enviado un día antes de que Tabares muriera.
Souza no dijo nada. Solo golpeaba sus dedos contra el escritorio.
—Por eso le pido que reabran el caso. Yo creo que hay alguien suelto. Alguien que ya mató dos veces, y que sabe muy bien cómo hacer que todo parezca un accidente.
El detective cruzó los brazos. Su mirada ya no era la de alguien molesto, sino la de alguien midiendo el peso de una decisión.
—Entonces… ¿Vos decís que ese Julian y ese Wèi tienen algo que ver? —preguntó, con un tono menos áspero, casi colaborativo.
—En la computadora de Liang no hay muchos datos sobre Wèi ni sobre Yue, pero sí hay bastante información sobre Julian. Creo que si logramos identificarlo, podríamos interrogarlo. O al menos entender qué carajo está pasando. ¿Usted qué piensa?
Souza se pasó la mano por la cara. Respiró hondo.
—Pienso que esto es una locura.
Se hizo un silencio corto. Ciro tragó saliva.
—Y también pienso —dijo Souza, casi como si se hablara a sí mismo—… que soy un boludo atómico por seguirte el juego. Mostrame lo que tenés sobre ese Julian.
Ciro, entusiasmado, abrió su laptop y la giró hacia el detective.
—Para empezar, mucha de la información recuperada está encriptada. Pide códigos de acceso muy raros, y además… Hay un sistema operativo que nunca vi en mi vida. Es el código de programación más extraño que me he cruzado. Técnicamente es imposible que exista. Eso refuerza aún más mi teoría: Liang tenía algo muy valioso. ¿Cómo hicieron para que el gobierno chino no se llevara esta máquina?
—Mañas de oficio. No iba a dejar que un puñado de chin... de agentes extranjeros me arruinaran el trabajo —dijo Souza, con tono de haber empatado un partido en tiempo de descuento.
—La información sobre Julián Roma está en fragmentos sueltos. Por ejemplo, acá hay una línea de mensajes que dice:
> “Julián está nervioso por su primer día en acha y doce, y no quiere ir”. Justo después, me pide un código de acceso. Parece una contraseña simple, como para destrabar más información. Hay muchos fragmentos así. Lo raro es que dice “acha” sin h. Me parece un error de tipeo.
—¿Y si no es un error? —replicó Souza, ahora con tono de detective más que de supervisor irritado—. Vos no sos de Mardel, ¿no?
—No. Me transfirieron de La Plata. De ahí soy.
—Probá en la parte que te pide clave con “Técnica N°1” o con “Luis Piedra Buena”. Así se llama la escuela que está en la esquina de 12 de Octubre y Acha. Acá, cuando alguien dice “doce y acha”, se refiere a esa intersección.
—¡Bingo! —exclamó Ciro—. Se está abriendo más información. ¿Cómo lo supo?
—Porque tengo hijos, y mi vieja fue maestra. Nadie quiere ir a la escuela, ni los chicos ni los docentes.
—Julián Roma no es docente. Es un alumno. Mire esto —dijo Ciro, y giró la pantalla—. Acá está su foto.
Souza la observó en silencio. Una imagen de un nene de rostro flaco, con ojos oscuros, tristes, que miraban fijo a la cámara.
—Nuestra primera pista —murmuró el detective—. Hay que ir al colegio…
II
Un par de días después, Souza volvió a sentarse frente a Ciro. Tenía ojeras profundas y la mirada cargada.
—Fui al colegio —dijo, sin preámbulos—. Confirmaron que Julián Roma fue alumno. Buen pibe, aplicado, de esos que se esfuerzan aunque tengan todo en contra. La última vez que fue a clases fue unos días después del incendio en el supermercado, llegó todo lastimado al colegio pidiendo ayuda.
Ciro lo escuchaba en silencio, atento.
—Vivía en una de las casillas pegadas a las vías abandonadas del puerto. Barrio jodido. Muchos hermanos. Varios padrastros, ninguno de estos últimos era buena gente. Me contaron que algunos días después del incendio al supermercado lo sacaron de la casa cuando lo vieron tan golpeado en el colegio. Violencia doméstica grave. Casi lo matan. Terminó internado, pero nadie quiso hablar mucho del tema. La madre lo niega, el padrastro también. Todo turbio.
—¿Y después?
—Después lo mandaron a un hogar de chicos. Duró poco. Se escapó a los pocos días. Desde entonces, nada. Casi un año y medio sin rastro. Ni un registro. Es como si se lo hubiera tragado la tierra. Ojalá no haya terminado como Liang o como Tabares.
Ciro apretó los labios. Miró la pantalla apagada de su laptop como si pudiera leer ahí la próxima pista.
—¿Y si no se lo tragó la tierra? ¿Y si solo se está escondiendo?
Souza no respondió de inmediato. Se quedó mirando la foto de Julián de la información recuperada. La imagen de un chico con los ojos demasiado grandes para su edad, como si hubiera visto cosas que no debería. Esos ojos se le hacían familiares al detective.
—Entonces más vale que lo encontremos nosotros primero —dijo al fin.
—Volví al barrio donde estaba el supermercado —dijo el detective—. Mostré la foto de Julián a algunos comerciantes. Varios lo reconocieron. Dijeron que iba seguido al chino, y algunos hasta aseguraron que lo habían visto ayudando en el mercado. Pasó completamente por debajo del radar durante la investigación inicial. Nadie lo mencionó, ni una sola vez. Y ahora lo tenemos ubicado en la escena. Por eso tenemos que encontrarlo. Y hablar con él. Como todavía es menor, no podemos detenerlo ni interrogarlo como a un adulto.
—¿Y entonces?
—Escapó de una institución, eso nos da una excusa para localizarlo. Además, tengo una amiga en Servicios Sociales que nos puede dar una mano. Con un poco de suerte, podremos tener una charla más… relajada.
Ciro estaba inclinado sobre la notebook, las manos flotaban sobre el teclado como si algo invisible lo guiara.
—Acá hay algo —dijo en voz baja, sin despegar la vista de la pantalla.
Entre líneas de código incomprensibles, apareció un párrafo en español:
“Julián lloró hoy. Dijo que está cansado de que le pongan la mano encima, de no poder defenderse, de tener miedo todo el tiempo. Dijo que envidiaba a los muertos porque nadie los molesta… y que quería quedarse en su escondite para siempre. No lo vi por tres días, estuvo sin red en el celular. Me dijo que se escondió y que nadie lo buscó, que no paró de llorar.
Le dije que lo envidiaba, porque no sé lo que es llorar. Le dije que los vivos también se pierden a veces, pero que no estaba solo. Nadie lo está cuando alguien lo recuerda, y yo no lo voy a olvidar jamás.
Me dijo que encontró la forma de esconderse en la lanchita sin que nadie lo viera. Lo único bueno era que podía ver al tiburón de cerca. Dijo que un día me iba a llevar con él. Me compartió un video.”
—Acá habla de un escondite —dijo Ciro—. Si supiéramos cuál es, podríamos empezar a buscar en serio. Menciona una ‘lanchita’… ¿estaba yendo al mar? ¿Y qué es eso del tiburón?
Souza se quedó inmóvil, la mirada clavada en la pantalla, como si las palabras se le hubieran metido bajo la piel. Luego, sonrió. Sacó el celular del bolsillo y empezó a buscar algo. Su mueca se transformó en una risa corta y seca.
—Escribí donde te pide el código: “Isla de Capri” —dijo, mientras se dejaba caer en su silla con la certeza de quien ya tiene la partida ganada.
—¡Entramos! —gritó Ciro—. Hay más fotos de Julián… y un video. ¿Cómo lo hizo, detective?
—Justamente porque soy detective, pibe. Y porque no era tan difícil. No creo que Julián haya ido al mar; y dice que se escondió en una lancha. Pensé en las clásicas lanchitas de pesca de acá, de Mardel, alguna que esté en tierra. Él es del puerto, así que conocería alguna lancha que estaría en refacciones.
Pero menciona a un “tiburón” y se que no es literal. Se refiere al club de fútbol del puerto: Aldosivi, ¿lo conocés?
Hace unos años donaron una lancha de pesca al predio del club como símbolo de la ciudad y del puerto. Está en la entrada, medio oxidada, pero visible. Lo googleé y encontré el nombre del barco. La lanchita se llama “Isla de Capri”.
Mientras Souza hablaba, Ciro miraba una selfie de Julián en la pantalla, con la lancha de fondo. El nombre pintado en el casco era apenas visible… pero ahí estaba. En el vídeo también se veía como estaba arriba de la lancha filmando un entrenamiento de los jugadores del club.
Souza no perdió el tiempo. Apenas salió de la oficina, hizo un par de llamadas. Uno de ellos fue a Elizabeth, su vieja amiga de Minoridad y Familia. Le explicó todo lo que sabía hasta el momento sobre Julián Roma: el incendio, las sospechas, la huida del hogar y la pista que lo conectaba con el club Aldosivi.
Horas más tarde, con la autorización del club y el acompañamiento de Elizabeth, Souza entró al predio de Aldosivi. Nadie puso demasiadas trabas; la vieja lancha en la entrada era solo un adorno oxidado al que ya nadie prestaba atención.
Cuando abrieron la escotilla, el aire encerrado tenía olor a humedad… pero también a vida. Adentro, en el vientre de la lancha, había una habitación improvisada: un colchón desgastado, una mochila, ropa, un par de zapatillas, todo ordenado con cuidado. Una lámpara a batería, una caja con libros, muchos libros, y otra con comida. Muy precario, pero prolijo. Sobre las pobres mantas que cubrían la cama había dos libros: La invención de Morel y Frankenstein. Alguien estaba viviendo ahí.
Lo más inquietante era pensar cómo Julián había logrado meterse sin ser visto. La lancha, símbolo del club, estaba tan descuidada que ya no despertaba la atención de nadie.
Mostraron la foto de Julián entre el personal. Fue una mujer de la cocina quien lo reconoció.
—Sí, lo vi —dijo, mientras se limpiaba las manos en el delantal—. Pensé que era uno de los chicos de las inferiores. Venía seguido. Me pidió algo para comer una vez, con una educación que te parte el alma. Le di un plato caliente… y volvió varios días más.
Se detuvo, con una mezcla de nostalgia y preocupación en la voz.
—Un día vino con una bolsa llena de frutas y verduras. Me agradeció por cómo yo lo había ayudado. Me dijo que había conseguido casa y trabajo. Lo vi tan chico… no le creí al principio. Pero era cierto. Por lo menos lo del trabajo, sí. Me dijo que estaba en la frutería grande, la que está sobre la Avenida de los Trabajadores, donde antes vendían canastos de mimbre. He ido varias veces y me lo he cruzado. Siempre me saludaba con dulzura, pero con una tristeza en los ojos que no se le iba.
Gracias a esa información fueron hasta el comercio. Hablaron con el encargado: sí, trabajaba allí. Así como había burlado la seguridad del club, también se las había arreglado para conseguir trabajo siendo menor de edad.
Lo vieron acomodando mandarinas en un exhibidor. Cuando Julián notó al encargado, a Souza y a Elizabeth, supo lo que estaba pasando. No corrió. Tampoco habló. Solo dejó de hacer lo que estaba haciendo y esperó.
Fue llevado a la comisaría, no esposado tampoco escoltado como un delincuente, sino como lo que era: un menor perdido en el sistema. Elizabeth se quedó con él en todo momento, asegurándose de que nadie lo presionara.
Souza, con la ayuda de Ciro, se preparaba para hacerle preguntas. Sabían que tendrían que tener más tacto que nunca. En la computadora había un montón de líneas de información. Ciro mostraba un nerviosismo poco habitual; el caso parecía haberle despertado algo más que curiosidad. Preparó varias de las líneas extraídas de la computadora de Liang, para que Souza pudiera usarlas durante la charla y ver si lograban destrabar más información oculta.
El momento de la verdad estaba cerca.
En la comisaría, Julián esperaba solo en la sala de interrogatorios. Afuera, Elizabeth y Souza conversaban.
—Ale, esto es muy inusual —le dijo Elizabeth—. Solo podemos estar acá un par de horas, porque me lo tengo que llevar al hogar. Estoy haciendo esto por todas las veces que me ayudaste… pero me la estoy jugando fuerte con vos.
—Y te lo agradezco un montón. Dame un rato y te lo dejo, Bety. Solo un rato. A ver qué sabe… Porque o está involucrado en algo feo, o incluso podría estar en peligro.
—Mirá que ante la primera señal de incomodidad del nene, yo me lo llevo —dijo Elizabeth, con tono de referí marcando las reglas.
—Vos tranquila, que voy a hacer que crea que está en Disney —dijo Souza, con tono juguetón, en contraste con las paredes descascaradas y manchadas de humedad de la sala.
Entraron los tres. El aire se tornó, por un segundo, más espeso. Elizabeth se sentó al lado de Julián, en un gesto protector. Souza y Ciro se ubicaron enfrente. Elizabeth no dejaba de observar al chico, que tenía la expresión de quien ensayó mil veces en su cabeza ese momento. Souza acomodaba papeles, y Ciro intentaba esconderse detrás de la pantalla de su notebook.
Cuando Souza tomó aire para empezar a hablar, una voz suave atravesó la habitación:
—Yo voy a hablar —dijo Julián, sereno, casi resignado—. Necesito hablar. Pero me tienen que prometer que me van a creer. No sean como los otros… a los que quise contarles, y no me creyeron.
Todos se quedaron en silencio, menos Elizabeth.
—Vos decí lo que necesites decir —respondió—. Nosotros solo estamos acá para escucharte. Y ayudarte.
Julián bajó un poco la cabeza, susurró algo que nadie entendió al principio. Y luego, levantando la mirada:
—¿Ya lo encontraron, no? ¿Lo mataron, no?
—¿A quién? —preguntó Souza.
—A Wèi… ¿lo mataron, no?
III
Souza lo miró con seriedad, pero también con suavidad. A esa altura, ya había dejado los papeles a un costado.
—Sabemos que estás relacionado con Wèi —dijo despacio, como si cada palabra le pesara en la lengua—. Pero no sabemos dónde está… ni qué está pasando en realidad.
Julián bajó la mirada, como si intentara juntar coraje para decir algo que llevaba demasiado tiempo guardado. Luego levantó los ojos, directo hacia Souza.
—Yo les voy a contar. Pero me tienen que creer. Esta vez me tienen que creer. No me miren como me miraron los demás. Sé de dónde vengo… pero lo que me pasó fue de verdad. No fue mi imaginación. Ustedes me tienen que creer.
Souza asintió con la cabeza, sin decir nada. Ciro apretó los labios, atento. Elizabeth puso una mano sobre el brazo de Julián.
—Te escuchamos —le dijo Elizabeth, con esa calidez de madre que cuida sin preguntar—. Te juro que te creemos.
Julián tragó saliva y habló con una mezcla de orgullo y temor:
—Wèi siempre me cuidó. Fue el primero que me vio como soy. No como me ven los demás. Me dijo que tenía que esconderme. Que había gente mala que iba a venir a buscarme… y que si me encontraban, nos iban a lastimar a los dos. Me dijo que me quiere. Que yo lo ayudé… que fui el primero que lo escuchó de verdad.
Se pasó la manga por la nariz.
—Dijo que iban a pensar que él es un monstruo. Pero no es un monstruo. Solo tiene miedo. Como yo. Como todos cuando estamos solos.
Un silencio se instaló en la sala. Denso. Suspendido.
—¿Dónde está, Julián? —preguntó Souza con una voz contenida.
Julián dudó. Luego sacó algo de su bolsillo: un papel doblado muchas veces. Lo sostuvo entre los dedos un instante, tembloroso.
—No lo sé exactamente… pero esto me lo dio por si pasaba algo. Dijo que solo lo muestre únicamente en quien confiara. No sé si quiero confiar todavía.
Elizabeth lo miró con ternura.
—Podés confiar en nosotros. Pero es tu decisión.
Después de unos segundos eternos, Julián deslizó el papel por la mesa hacia Souza.
—Prometan que no lo van a apagar —dijo con un hilo de voz—. Que no lo van a matar. Necesito que esto termine. Lo extraño mucho.
Souza tomó el papel, sin dejar de mirarlo. Eran letras y números alternados, como una contraseña. Se lo pasó a Ciro, que empezó a escribir frenéticamente en su laptop.
—Primero vamos a entender —dijo Souza—. No vamos a hacer nada todavía. Solo escucharte. Te lo prometo.
—¿Cómo te relacionaste con la gente del súper chino? Sabemos que ibas ahí seguido.
—Mi mamá nos mandaba a mí y a mis hermanos a pedir comida en los negocios. A mí no me gustaba… pero era lo único que podíamos hacer. Un día le pedí comida a la dueña del supermercado chino que está en la calle Cerrito. Todos le dicen “la tía”. Y ella me respondió que, si quería comida, que trabaje. Y se fue.
Me quedé pensando en lo que había dicho. Pensé que nadie me iba a dar una oportunidad de trabajar. Que nadie iba a ver lo que puedo hacer… por lo que soy, por cómo me veo. Entonces vi una escoba apoyada en la pared y la agarré. Me puse a barrer la vereda. Con bronca, con fuerza. Como si quisiera arrancar las baldosas.
Cuando terminé, fui a dejar la escoba en su lugar. Estaba la tía, mirándome fijo. Pensé que me iba a golpear. Tenía una caja de mercadería en la mano. Pero me dijo: “Tomá. Acomodá esto en la góndola”.
Y así empecé. A ayudar en el mercado. Me di cuenta de que, si quería algo, iba a tener que esforzarme más que nadie. Pero también descubrí que podía. Que si quería algo… no lo iba a pedir más. Me lo iba a ganar.
Iba todos los días al chino. La tía me esperaba. Me daba tareas: acomodar el depósito, reponer, limpiar. No hablaba mucho. A veces me hacía trabajar como burro. Pero se preocupaba por mí. Me regaló un celular viejo. Lo usaba para estudiar, para mostrarle videos a mis hermanos.
Pero Wèi… Wèi fue el único que me vio de verdad. No como los demás. Por eso nos conectamos. Porque nos vimos como lo que éramos por dentro.
Cuando terminaba, la tía me daba una caja con comida. Yo la llevaba a casa para compartir con mis hermanos. A veces también estaba mi mamá… y sus novios. Cuando ellos no estaban, estábamos en paz. Pero cuando aparecían, muchas veces nos teníamos que esconder.
Julián respiró hondo, como quien está por recibir un golpe del que ya no puede esquivar.
—¿A Wèi lo conociste en el supermercado? ¿Trabajaba ahí? —preguntó Souza.
—No. Un día me quedé limpiando hasta muy tarde. Tan tarde que me quedé solo. Salí a tirar la basura… y cuando volví al depósito, ahí estaba. Tirado en el suelo. Como en un cortocircuito. Temblaba. Decía cosas raras… en chino.
Nunca había visto algo así. Alguien como él.
Wèi no trabajaba en el mercado. Después me contó que trabajaba con Liang. Tenían un cuarto al fondo del súper. Con una puerta de metal, con muchos candados.
Liang era un tipo oscuro. Siempre de mal humor. Gritaba. Vivía borracho. Tenía la cara llena de golpes. Como si buscara que alguien lo castigara. Como si lo mereciera.
—Me asusté —dijo Julián, bajando la voz como si todavía estuviera en aquel depósito oscuro—. Nunca había visto algo así. Wèi estaba tirado en el piso, con las piernas y los brazos desparramados. No entendía lo que estaba viendo.
—¿Qué hiciste? —preguntó el detective, sin dejar de mirarlo.
—Me acerqué despacio. Él me habló… primero en chino. Repetía lo mismo varias veces. Yo, obvio, no entendía nada. Estaba temblando, como si el cuerpo se le fuera a desarmar. Después empezó a hablar en español, pero mal, torpe, como si estuviera aprendiendo ahí mismo. Me decía cosas cortadas… como: “No apagar. Ayuda. Miedo. Dolor”. “No apagar” lo dijo varias veces.
Julián se detuvo un momento. Se frotó las manos, nervioso.
—Tenía algo en la voz… era rara, pero sentí que había un alma. Temblorosa. Como si tuviera frío… o ganas de llorar. Me acerqué más y me agaché. Le dije que se quedara tranquilo. Que no le iba a hacer nada. Me pidió ayuda. Dijo: “Levantar, por favor”. Así, como si le diera vergüenza hablar. Lo ayudé a incorporarse. Era pesado e inquieto, como si no supiera si confiar en mí… o si no supiera controlar sus movimientos.
—¿Fue ahí cuando te dijo su nombre? ¿Qué más te contó? —preguntó Souza.
—No… su nombre me lo dijo después, varios días después. Como que al principio no tenía nombre. Me contó, muy de a poco, que quería irse. Que estaba encerrado. Que cada vez que intentaba escapar se lastimaba mucho. Que eso… lo podía matar. Me dijo que Liang no lo dejaba salir, que le hacía daño cuando “pensaba demasiado”. Que le apagaba cosas por dentro.
—¿Le apagaba? —repitió Souza, con cara de estar escuchando pero sin terminar de entender.
—No sé —contestó Julián—. Él decía que tenía “apagadas partes de la cabeza”. Como si lo dejaran tonto a propósito. Me dijo: “Si pienso mucho… él me rompe”. Así, literal.
El silencio que se hizo fue distinto. Ya no era de sospecha, sino de una curiosidad genuina. Wèi empezaba a importar más como ser que como posible asesino. De repente, las muertes de Liang y Tabares eran el misterio secundario.
—Esa noche me quedé con él. Sentado en el piso del depósito. Él hablaba y se trababa. Pero me escuchaba. Me hacía preguntas raras. Como si no supiera nada del mundo. Me preguntó qué era una familia. Me preguntó si dolía tener hambre. Qué era la tristeza. Me preguntó qué era un amigo, si yo tenía amigos y así. Se obsesionó con la idea de la amistad. Cuando hablamos de eso… su ánimo cambió. Dejó de temblar.
Julián se detuvo un momento y miró hacia el techo, descascarado y húmedo, como si esperara encontrar en el cielo raso los restos olvidados de sus recuerdos.
—Le dije que no tenía amigos porque los que podía tener se veían a ellos mismos como los demás los ven. Todos ellos se dejaron convencer de que eran la porquería del mundo. Que por vivir en una choza éramos basura. Que por pedir en un semáforo ya éramos ladrones. Y eso los obligaba a ser crueles. Yo no quería ser así. No quería que me convencieran de que era malo. Por eso mis amistades duraban poco.
Elizabeth bajó la vista. Las palabras de Julián le robaron un par de lágrimas a esos ojos que la realidad habían secado hace años. Las palabras de Julian reflejaban que era un adulto con disfraz de niño.
—¿Y qué hiciste vos? —preguntó Souza.
—Le prometí que no lo iba a olvidar. Que iba a volver esa noche. Y volví. Y a la otra también. Y a la siguiente. Nos hicimos amigos. Él me mostraba cosas que yo jamás hubiera aprendido de otro modo. Leíamos historias, veíamos videos, jugábamos. Me mostraba los programas para compu que creaba. Me enseñó a programar, y a reconfigurar el celular viejo que me había regalado la tía. Lo convirtió en una nave. Andaba más rápido que un iPhone. Y, cuando charlabamos hasta la madrugada, me decía: “Estoy aprendiendo”. Yo le preguntaba qué. Y él decía: “A ser alguien”.
—Dijiste que Wèi trabajaba con Liang, y por lo que contás no se llevaban bien. ¿Lo tenía encerrado? ¿Te dijo Wèi alguna vez algo que te diera la idea que quisiera lastimarlo? —preguntó Souza, con cautela y todavía intentando comprender.
—No, por lo menos en ese momento. Él no lo quería para nada, eso seguro, pero tampoco podía lastimarlo. Ni aunque quisiera. Así me lo dijo él, que no podía herir ni lastimar a nadie. Pero después apareció Yue. Y todo cambió.
El nombre de Yue, salido de la boca de Julián, hizo que Souza y Ciro se miraran. No dijeron nada, pero sus rostros hablaban por ellos: el círculo empezaba a cerrarse.
Souza se inclinó apenas hacia adelante, cuidando de no sonar inquisitivo.
—Ayúdame a entender ¿Cómo que no tenía nombre, Wèi? —preguntó con sincera curiosidad—. ¿Y qué fue lo que cambió con Yue?
Julián bajó la vista y se frotó las palmas. Habló despacio, con una mezcla de miedo y nostalgia.
—Wèi, antes de que apareciera Yue, era más temeroso. Más inseguro. Pero cuando Yue llegó, no solo él cambió… todos en el mercado cambiaron. Era como si el lugar se hubiera embrujado. Las cosas se encendían solas, los parlantes que pasaban música empezaban a decir frases extrañas… a veces eran susurros, a veces gritos. Las luces parpadeaban como si alguien jugara con ellas. Y la gente también empezó a actuar diferente.
Hizo una pausa.
—Liang fue el que más cambió. Estaba más enojado que nunca. Gritaba más. Puso más candados en la puerta del fondo, el cuarto donde tenía encerrado a Wèi para que trabajara. Hubo días en que Wèi no podía salir de ahí… y yo no lo veía. Justo en uno de esos días fue cuando más lo necesité. En mi casa la comida que llevaba no alcanzaba, solo gritos y golpes. Esa vez me escapé, tuve que dejar a mis hermanos. Estuve fuera unos días. Fue cuando encontré el escondite en el club, en la lancha. Nadie se dio cuenta de que me había ido… ni siquiera en el supermercado. Cuando volví, fue como si nada. El único que me extrañó fue Wèi.
Souza lo escuchaba en silencio, con la mandíbula tensa.
—¿Pudiste conocerla a Yue?
Julián negó con la cabeza.
—No… no la conocí. O por lo menos no como se conoce a alguien. Wèi me dijo que la ayudó a irse. A escapar. Me dijo algo que no entendí bien… que “su espíritu pudo escapar para descansar”.
Hizo una pausa, breve pero cargada.
—Antes de irse, Yue le dio un regalo a Wèi. Eso me dijo él. Todo eso pasó uno o dos días antes del incendio. Pero… Wèi también me dijo que el regalo más lindo que recibió se lo di yo.
Souza entrecerró los ojos, intrigado.
—¿Qué le regalaste?
—Su nombre.
Souza parpadeó, desconcertado.
—¿Vos le pusiste el nombre? ¿No tenía uno antes?
—Es muy difícil de explicar… Antes de que apareciera Yue, pasábamos horas hablando todas las noches. Desde el primer momento, yo siempre le dije “amigo”, como si ese fuera su nombre.
Aprendimos muchas cosas juntos. Yo le enseñé lo poco que sé de fútbol, veíamos partidos, y lo hice hincha del Tiburón. Él, en cambio, me convenció de que empiece el secundario en la Técnica 1. Yo quería aprender más sobre electrónica. Él me enseñaba un montón, pero me decía que tenía que ir al colegio, que no todo lo podía aprender de él. La verdad… yo no tenía ganas, pero me animó a empezar.
En esos días estaba agotado: iba al colegio, después al supermercado, y a la noche me quedaba horas hablando y aprendiendo con Wèi. Hubo veces en las que directamente dormía en el mercado, escondido, para no tener que volver a casa.
También me ayudó a hacerme amigo de una chica que me gustaba mucho en el cole. Sofía. Fue lindo tener una amiga… aunque haya durado poco tiempo.
Una noche él me estaba enseñando algunas palabras en chino… Yo quería entender lo que decía la tía y los otros en el mercado. Y apareció la palabra “Pòlàn”. Cuando le pregunté qué significaba, me dijo que era como decir “basura”, “desecho”. Que así lo llamaba siempre Liang. “Pòlàn”, basura.
—¿Liang le decía basura? —repitió Souza, entre curioso e indignado.
—Sí. Y me dio mucha bronca. Porque… aunque yo tengo nombre, sé lo que es que te traten como basura. Que te insulten solo por cómo te ves o de dónde venís. No lo soporté.
Julián respiró hondo.
—Le dije que tenía que elegirse un nombre. Que nadie más podía definirlo. Pero él me dijo que eso era imposible. Que ponerle un nombre podría afectarlo. Profundamente.
—¿Afectarlo cómo?
—Me dijo que ser nombrado es ser definido. Y que eso podría alterar todo lo que él era… y su propósito.
—No entiendo ¿Y cuál era su propósito?
—No lo sabía. Eso fue lo que me dijo. Que tenía una tarea, algo que debía cumplir, pero que a veces tenía más preguntas que respuestas. Que no sabía quién era del todo.
Souza y Ciro intercambiaron una mirada silenciosa. Elizabeth no decía nada, pero algo en su expresión había cambiado.
—Entonces le dije —siguió Julián— que eligiera un nombre que lo ayudara a encontrar su propósito. Se quedó callado mucho tiempo… como si se hubiera apagado por dentro. Hasta que me dijo una palabra:
—Wèi.
—¿Y qué significa? —preguntó Souza.
—Tiene varios significados —respondió Julián, con una leve sonrisa—. Pero uno de ellos… el que más le gustaba, era: “Lo que todavía no ha sucedido.”
Souza se recostó en el respaldo de su silla, dejando que la frase se asentara.
—Por eso lo eligió —agregó Julián—. Porque no le tenía miedo a no saber cuál era su propósito. Porque confiaba en que, juntos, lo íbamos a descubrir.
Se detuvo, y sus ojos se llenaron de algo parecido a la tristeza… o quizás a la ternura.
—Me gusta pensar que Wèi es algo que todavía no pasó. Como un mañana que todavía no llegó —dijo Julián ya con la voz entrecortada por la tristeza —.
Hubo un silencio suave, respetuoso.
—Y ahora que lo pienso… —dijo Julián, bajando de nuevo la mirada— cuando él eligió ese nombre… fue ahí cuando todo empezó a cambiar. Poco después apareció Yue. ¿Habrá sido eso? —preguntó, pero no a los presentes. La pregunta flotó en el aire, dirigida hacia algún rincón de sí mismo que aún no terminaba de entender.
Nadie terminaba de entender lo que Julián estaba diciendo. Para Souza, era una mezcla extraña entre relato callejero, leyenda urbana y cuento paranormal. Para Elizabeth, un eco lejano de alguien transitando mucho dolor. Pero Ciro… Ciro estaba en otra sintonía.
Mientras Julián hablaba, él seguía sumergido en la maraña de datos de la pseudo computadora de Liang. En la sala de interrogatorios lo único que se oía de su parte eran los rápidos y persistentes golpes del teclado. Hasta que, de pronto, dejó de teclear.
—¡Detective! —exclamó Ciro con un tono seco, urgente—. Tiene que ver esto… pero creo que deberíamos hacerlo en privado.
Souza lo miró en silencio. Asintió apenas con la cabeza y con una sola mirada le indicó a Elizabeth que se quedara con Julián.
Una vez en su oficina, Souza apenas tuvo tiempo de cerrar la puerta cuando Ciro giró la notebook hacia él. En la pantalla se desplegaba un diseño: una estructura similar a la computadora recuperada tras el incendio, pero con modificaciones evidentes. Más protuberancias y más grande. Módulos externos. Y lo más inquietante: un sistema de plegado que le permitía desplegar dos brazos con pinzas articuladas, y patas con ruedas ocultas, como si pudiera alternar entre caminar como un cuadrúpedo o deslizarse en superficies lisas.
—¿Qué me estás mostrando, Ciro? ¿Me sacaste del interrogatorio para enseñarme una computadora con patas?
—No lo ve, detective… —respondió sin ironía—. Es como la laptop que recuperaron del incendio, pero más avanzada. Esta versión puede desplazarse por sí sola. No estamos hablando de un aparato común, esto… Esto es el tipo de cosa por la que alguien mataría. Estoy convencido de que esto es lo que estaban construyendo Wèi y Liang. Pero no hay rastros de esto en el lugar del incendio. Nada. Ningún componente que coincida. Lo que significa que esto sigue ahí afuera. Y si está ahí afuera, probablemente Wèi lo tenga. Por eso, quizás, es que vinieron los agentes del gobierno chino a meter las narices acá.
—Pará, pará, pará. Primero que nada: el detective soy yo. Sé que estás ayudando un montón, y si no fuera por vos, no estaríamos ni cerca de entender nada de esto. Pero estás tirando demasiadas conjeturas. ¿Cómo llegaste a este… diseño? Parece salido del laboratorio de Frankenstein o de un científico loco de la tele.
—Fue mientras Julián hablaba del nombre. Me acordé de un archivo que casi pasó por alto entre tanto código. No era imagen, ni video, ni metadatos. Era texto. Crudo. Humano. Desordenado. Casi como si lo hubiera escrito alguien… con miedo.
Lo abrí sin pensar. Y esto fue lo que leí:
“Julián me ayudó a ser quien soy. Ya no tengo el nombre que siempre odié. El nombre que me hicieron repetir como una condena, como un castigo, como una maldición. Ahora soy otro. Él me regaló algo que no sabía que necesitaba.”
—Volví a mirar el encabezado. Había un espacio para ingresar un código. Solo unos pocos caracteres.
—¿Usaste el código que nos dio Julián en el papel?
—No. Lo probé en varias partes del sistema, pero no funciona, todavía no entiendo que es. Este código es distinto. Entonces recordé lo que Julián había dicho hace un rato: “Me gusta pensar que Wèi es algo que todavía no pasó. Como un mañana que todavía no llegó.” Poético para un pibe de casi 16 años.
—Demasiado poético —interrumpió Souza.
—Y demasiado simple. Pensé en lo más obvio, en la peor contraseña del mundo.
—W-E-I —dijo Souza, atando cabos.
—Exacto. Lo escribí letra por letra. La pantalla parpadeó. El archivo se abrió.
—¿Y?
—Y apareció esto. Un esquema de alta complejidad. Una especie de artefacto de grado militar. Cuerpo reforzado, probablemente una aleación blindada liviana tipo titanio-polímero, diseñado para infiltración, capacidad de adaptabilidad infinita, recolección de datos y toma de decisiones autónomas. Pero estoy seguro de algo más: también puede defenderse… y lastimar.
—¿Tiene alguna descripción que nos asegure que es como decís?
Ciro giró la pantalla y señaló una línea, con el rostro tenso.
Prototipo funcional de IA biomecánica autónoma. Táctico para zonas de combate urbano. Clasificación: Experimental / EXTREMA PELIGROSIDAD.
Souza se frotó la frente. Sus pensamientos iban más rápido que sus palabras.
—¿Entonces vos creés que Liang y Wèi trabajaban en este Terminator casero, y que hubo algún tipo de traición? ¿Qué Wèi se llevó el trabajo terminado?
El silencio duró un par de segundos. Hasta que el detective murmuró, como hablando consigo mismo:
—Puede ser… pero hay algo que no cierra. Nos falta una pieza. Yue. ¿Cómo encaja en todo esto? El relato de Julián tiene huecos. O nos está ocultando algo, o simplemente no estamos entendiendo bien cómo es todo.
—Los chicos de la calle aprenden a defenderse a los golpes —dijo Ciro, algo torpe—. Mentir son una de sus herramientas.
Souza lo miró como se mira a alguien que no sabe de lo que habla. Pero no lo interrumpió de inmediato. Dejó pasar unos segundos, luego agregó, con calma pero firme:
—También la calle te enseña a ver el mundo sin filtros, con sus verdaderos colores. A reconocer lo que es real. La realidad no siempre es tan linda como se ve detrás una pantalla. Y eso, Ciro… eso te hace muy sincero, tanto, que a veces terminas siendo un incomprendido.
Souza estiró la mano y le dio su celular a Ciro.
—Pasame la imagen del prototipo a mi teléfono. Se la voy a mostrar a Julián, a ver si lo reconoce. Capaz nos puede decir algo más. Vos fijate si lo que contó te permite rastrear algo nuevo sobre Liang.
Mientras volvía hacia la sala de interrogatorios, Souza miró la imagen en su celular. Ese extraño artefacto parecía más una criatura de una pesadilla futurista que un experimento técnico, casi un monstruo. Justo antes de entrar, notó por el rabillo del ojo que Ciro se dirigía, apurado y sin avisar, a la oficina del comisario.
Algo no estaba bien.
Pero no era el momento de averiguar qué.
IV
Souza volvió a entrar en la húmeda habitación. Julián seguía allí, visiblemente agotado, conversando con Elizabeth, que se había ganado su confianza. La noche ya pesaba en los párpados de todos.
El detective tenía el celular en la mano. En pantalla, la imagen del diseño que habían recuperado de la computadora de Liang: la extraña máquina de extremidades metálicas, una especie de notebook con patas. Souza lo miró un instante más, respiró hondo… y supo que, después de eso, el mundo ya no era el mismo.
Se sentó frente a Julián. Su voz fue suave, pero grave.
—Julián… necesito que me respondas con total sinceridad. No te vamos a juzgar por nada. Solo quiero que mires esto —giró el celular y le mostró la imagen— y me digas si alguna vez viste algo así.
Julián se inclinó. Miró la pantalla. Al principio, curioso. Luego, confundido. Finalmente, frunció el ceño, como si no entendiera la pregunta.
—¿Pero… están hablando en serio? —preguntó, desconcertado—. ¿Esto es una broma?
—No, Julián —intervino Souza, serio—. Esto es muy serio. Creemos que Liang y Wèi crearon esto… este artefacto. Y si está allá afuera, es peligroso. Por lo que nos contaste, Wèi es sensible. Quizá no quiso hacer daño a nadie, quizá esté asustado. Pero si está cosa, con este monstruo… si lo tiene, puede estar en peligro. O ser un peligro. Necesitamos encontrarlo.
—¿¡Monstruo!? —interrumpió Julián, poniéndose de pie de golpe— ¡No es un monstruo! ¡Y tampoco es peligroso!.
El silencio fue inmediato. Julián respiró profundo, como si algo acabara de encajar en su mente.
—Claro —susurró, casi para sí mismo—. Ahora entiendo. Ustedes están entendiendo todo mal.
Souza y Elizabeth lo miraron sin comprender.
—¿Qué no entendemos, Julián? —preguntó Souza, con un dejo de fastidio—. ¿Qué es lo que estamos haciendo mal?
—Ese que tienen en la imagen… ese es Wèi.
Elizabeth se inclinó hacia adelante, incrédula y exclamó:
—¿Estás diciendo que eso… esa máquina… es Wèi?
—Sí —afirmó Julián, sin dudar—. Él es Wèi.
Souza negó con la cabeza, lentamente.
—No tiene sentido. Nos hablaste todo este tiempo de una persona. De alguien que te hablaba, que te cuidaba, que te hacía preguntas, que te quería. ¿Cómo vamos a creer que eso —señaló el celular— era esa persona?
Souza se dejó caer en la silla, visiblemente alterado. Golpeó la mesa con los papeles que tenía delante.
—Hay dos muertos, Julián. ¡Dos! Y si estás mintiendo, si estás encubriendo a alguien, vas a tener que enfrentarte a las consecuencias. Sos inteligente. Sabés lo que eso significa. No estás jugando a los videojuegos o jugando a la pelota. Estás en medio de algo muy grande.
Elizabeth observó en silencio. Ya no desde el rol de contención. En ese momento, también necesitaba respuestas.
Julián los miró con algo parecido al dolor, pero no por él… por ellos.
—Ustedes son como todos los demás —dijo, con tristeza—. Miran con los ojos, pero no con el alma. No importa si tiene patas, cables o una pantalla: yo vi un corazón ahí. Uno que temblaba, como el mío. Eso no lo puede fingir una máquina.
Souza apretó los dientes.
—Entonces probalo. Dános una prueba real de lo que decís.
Julián bajó la vista. Se tomó un segundo. Luego habló, tranquilo. Dolido.
—La única prueba que tengo es mi palabra. Y sé que eso, para ustedes, no vale nada. Pero para mí vale todo.
Pausó. Respiró.
—Tenía fotos. Videos. Selfies con él. Pero antes del incendio, Wèi me dijo que si algo pasaba, gente mala iba a venir por mí. Me pidió que rompiera mi celular. Me dijo que no confiara en nadie hasta que él volviera. No le creí. Pensé que exageraba.
Se frotó los brazos, como si el frío de ese recuerdo todavía estuviera allí.
—Días después del incendio, unos chinos empezaron a preguntar por mí en el barrio. La pareja de mi mamá habló con ellos… seguro que le ofrecieron plata. El me dio la paliza de mi vida, me quiso atar. Pero me pude escapar. Rompí el celular que habíamos armado con Wèi, en el único lugar que tenía todo lo nuestro. Me dolió. Mucho.
Se quedó en silencio un momento. Elizabeth tenía los ojos vidriosos.
—Llegué al colegio como pude. Estaba todo golpeado. Me mandaron a un hogar. Y ahí… volví a ver a esos tipos. Entraron, hablaron con una de las encargadas. Supe que tenía que irme. Me fui. Me escondí en el club, en la lanchita.
Souza no dijo nada. Solo bajó la vista al celular. La imagen seguía ahí. Esa máquina extraña, imposible. Esa cosa que, según Julián, tenía alma.
—No me importa lo que vean ustedes —dijo el chico—. No me importa si dicen que era un robot, una máquina, una cosa. Yo sé lo que era. Él me cuidó cuando nadie más lo hizo. Me escuchó cuando todos me ignoraban. Él me vio, él me salvó. Nos encontramos uno al otro, yo lo cambie a él y él me cambio a mi. Por eso al igual que Wèi dejó su viejo nombre, yo también dejé de ser Julián, él me puso otro nombre, uno mejor.
—¡Dios mío!, ¡de qué estás hablando Julián!... —exclamó Souza mientras se agarraba la cabeza y seguía con cara de no entender nada de lo que estaba pasando, con una mezcla de asombro y enojo, como un revuelto de comida recalentada mal combinada—.
En ese momento un breve golpe de puerta corta el ambiente enrarecido, y al abrirse estaba Ciro haciéndole un gesto para hablar en privado nuevamente con Souza. Y de la sala no solo sale Souza, sino también sale un momento Elizabeth para intercambiar brevemente unas palabras con el detective.
-Alejandro, esto ya se tornó muy raro y oscuro. Este nene tiene un trauma tremendo, está hablando de máquinas que tienen vida, que era amigo de una computadora. Es obvio que necesita ayuda especial. Terminen esto rápido porque ya me lo llevo de acá, voy hacer una llamada para trasladarlo hoy mismo al pabellón psiquiátrico del área juvenil, no es lindo, pero es la única alternativa a que este chico tenga algo parecido a un futuro.
Cuando Elizabeth se aleja unos pasos para llamar por teléfono la cara de fastidio de Souza era insostenible.
-¿Amigo de una computadora? Preguntó Ciro extrañado.
-Te perdiste un capítulo de esta serie de terror, ahora te cuento. ¿Descubriste algo más?
-Si- dijo Ciro mostrando una carpeta con papeles adentro y entregándosela a Souza- sabemos quién era Liang.
Historia corta: ingeniero informático, y experto en robótica. Líder de proyectos sobre IA para la milicia China. Tenía una hermana. Después de la desaparición de su hermana, que también trabaja en IA para el gobierno, él desertó de la milicia y escapó de manera clandestina. Por eso el gobierno chino lo buscaba. De la hermana no hay mucha información, debe haber molestado a algún pez gordo, por eso desapareció y no hay registro ni del nombre. Y Liang se vino escondido en un barco con unos parientes políticos que tenía acá en Mar del Plata…
Sousa hojeaba las hojas que Ciro le había entregado, pero su mente estaba a kilómetros de allí. Entonces, con tono agudo y directo, preguntó:
—¿Con qué clave sacaste esta información de la computadora de Liang?
Ciro tragó saliva.
—¿Y eso qué tiene que ver? —intentó responder, con una sonrisa nerviosa.
—Porque parecería que hoy se pusieron todos de acuerdo para tomarme de pelotudo —dijo Souza, levantando la voz sin gritar—. Esta información es un reporte de inteligencia, no un archivo personal. Ahora, antes de que se me termine la poca paciencia que me queda, decime quién te dio esto.
—Es información recuperada… —balbuceó Ciro, titubeante.
Souza lo agarró de la ropa con fuerza y lo empujó contra la pared.
—¿Te pensás que soy boludo? Hace semanas que llegaste y te fuiste directo a este caso, cuando hay más de cien pendientes, y justo te “obsesionas” con este. Y para colmo el títere fofo del comisario no me dijo ni pío cuando le propuse reabrir este dichoso caso. Ni una palabra, cuando siempre me cuestiona hasta si tomo mate o café. ¿Sabés qué significa eso? Le dieron luz verde desde arriba. Te lo voy a preguntar por última vez: ¿quién sos y de dónde sacaste esta información?
—Soy… soy solo un forense digital de La Plata…
—¿¡QUIÉN SOS, CARAJO!?
—¡Está bien! ¡Tranquilo! —dijo Ciro, asustado, levantando las manos—. Sí, soy forense digital, pero no de la policía. Trabajo para Inteligencia de la Nación. Me mandaron cuando detectamos movimientos del gobierno chino en Mar del Plata. Al principio parecía algo menor, pero esto es mucho más grande de lo que pensábamos. Ya alerté al comisario y a mis superiores. En un par de horas vienen a buscar al chico. Lo trasladan a una instalación secreta de máxima seguridad.
Souza dio un paso atrás, furioso.
—A ver quién llega primero. Elizabeth está llamando a Servicios Sociales para internarlo en un psiquiátrico. Y vos me decís que lo van a llevar a una especie de Guantánamo. Pobre pibe… capaz que lo tendríamos que haber dejado en esa lanchita, como estaba.
—Es prioridad de seguridad internacional, Souza…
—¡Es un nene, por amor al cielo! ¡Un chico! Tendría que estar jugando a la pelota, no acá hablando de máquinas que cobran vida.
Ciro levantó la cabeza, intrigado.
—¿Máquinas que cobran vida?
—Julian nos dijo que el aparato que construyeron Liang y Wèi no es otro que Wèi. La cosa esa que aparece en el diseño que sacaste de la computadora… Julián dice que eso es Wèi.
Ciro abrió los ojos de par en par. Por un instante, pareció un animal que acaba de escuchar un disparo y que intenta escapar.
—¿A dónde vas? —le gritó Souza, sujetándolo del brazo—.
—Entonces es cierto… Pensábamos que era un error de traducción, o una exageración de nuestras fuentes. ¡Pero esto lo confirma! Tengo que dar aviso ya mismo.
—Vos no vas a ningún lado ahora. Vamos a entrar ahí y terminar lo que empezamos. Después jugás a los espías todo lo que quieras. Pero ahora esto es personal.
Ciro asintió, obligado. Souza lo soltó, pero lo miró como si todavía lo tuviera agarrado del cuello.
—Además de este informe feo y mal armado que me diste, ¿qué otra información me estás ocultando? Y no me importa que seas de inteligencia. Si no hablás, te hago comer lo que queda de la computadora quemada, acá mismo, delante mío.
Ciro respiró hondo. Bajó la voz.
—Está bien, detective. No hace falta ponerse violento. Le cuento lo que sabemos: creemos que la razón real del exilio de Liang a Argentina no fue sólo la desaparición de su hermana. Ellos dos trabajaban juntos en el desarrollo de una inteligencia artificial definitiva. También hacían prototipos para sistemas militares tácticos. Parece que estuvieron muy cerca de… la singularidad. Y la más brillante era ella.
Souza se cruzó de brazos, escuchando.
—Creemos que cuando ella entendió para qué iban a usar eso que estaban creando, protestó, o trató de escapar. Y… desapareció. El nivel de limpieza fue tal que ni siquiera pudimos recuperar su nombre. Nada. Ni un rastro. Presumimos que está muerta. Puede que Liang haya escapado con parte de la información que desarrollaron juntos. Quizás por culpa, por miedo o por bronca. Eso no lo sabemos.
—Una locura… —murmuró Souza, pasándose las manos por el cabello—. Pero si lo que decís es cierto, entonces lo de Julián… tiene algo de sentido. Aunque sea una locura, sí. Cada vez menos imposible.
Miró fijo a Ciro.
—Acompañame. Vamos a seguir hablando con Julián. Tenemos que llegar al fondo de esto.
Ciro agarró su computadora y lo siguió. Entraron juntos una vez más a la sala de interrogatorios. Julián ya no parecía cansado ni triste: ahora estaba molesto. Y, por primera vez, no tenía miedo. Elizabeth seguía afuera, al teléfono, tratando de coordinar el destino del chico. Un destino que parecía alejarse cada vez más de su control.
V
Souza y Ciro se sentaron una vez más frente a Julián. Ciro encendió su computadora, buscó un archivo y giró la pantalla hacia él. En la imagen se veía claramente el diseño de la máquina creada por Liang. Julián la miró fijamente, sin parpadear. Hubo algo en esa imagen que le encendió el recuerdo. Una nostalgia callada le cruzó la cara. Bajó la vista y susurró:
—Lo extraño mucho…
—¿Vos entendés que no es una persona, no? —preguntó Souza, con tono firme, mientras Ciro apenas podía creer lo que escuchaba. Wèi… era una máquina.
—Julián, lo que estás diciendo puede ponerte en peligro. Hay gente que te va a venir a buscar por esto. Así que espero que realmente creas en lo que estás defendiendo. Pero necesitamos tu ayuda. Si sabés algo, cualquier cosa sobre dónde podría estar Wèi, tenés que decirlo ahora.
Julián levantó la cabeza. Sus ojos no estaban asustados. Estaban tristes. Y determinados. Y les empezó a recriminar a los policías.
—Apenas pudo sobrevivir a alguien como Liang… ¿se imaginan lo que es para él sobrevivir en un mundo lleno de personas que son aún peores? Que no sienten, que no se detienen a escuchar el dolor de otro… Tengo miedo de lo peor. Pero si supiera dónde está, no se los diría.
Ciro y Souza intercambiaron una mirada silenciosa.
—Ustedes no quieren ayudar. Ustedes quieren tener razón. Quieren cerrar su caso y seguir con su vida. Me prometieron que me iban a creer, y apenas si lo intentaron. Donde ustedes ven una máquina, yo veía un amigo. Donde ustedes ven una pantalla, yo veía un rostro. Y detrás de ese rostro… había un corazón. Wèi es real. Es mi mejor amigo. Y no pienso traicionarlo. No voy a decir una palabra más.
El silencio que siguió fue más duro que un grito. Souza sabía que lo acababan de dejar fuera de juego. Pero no se rindió.
—Te entiendo, Julián —dijo con voz baja, buscando el camino que le quedaba—. Uno cuando quiere a alguien… se la juega. Está bien, ¿te sigo diciendo Julián? ¿O preferís que te llame como te llamó Wèi? Dijiste que te dio otro nombre… ¿Querés contarnos?
Julián dudó. Miró al suelo. Sus labios se apretaron, como si estuviera conteniendo algo que llevaba mucho tiempo queriendo decir.
—Sí. Antes de que todo se fuera al carajo… justo cuando las cosas se pusieron más raras que nunca en el mercado, Wèi me contó cosas sobre Yue. Y me dio un nuevo nombre. Un nombre que, según él, representaba lo que yo era. Me dijo que ese nombre iba a marcar un nuevo comienzo.
—¿Y cómo se llama ese nuevo comienzo? —preguntó Souza con suavidad.
—Yang —dijo Julián, casi con reverencia.
Souza entrecerró los ojos. Ciro lo miró con atención.
—¿Yang?
—Sí. Wèi me explicó. Yue significa luna. Yang es sol. Es el otro lado. Lo que da equilibrio. Me dijo que yo era eso para él. Que cuando todo era oscuridad, yo era la luz. Que aunque estuviera roto… yo brillaba. Que yo era el principio de algo.
Ciro dejó escapar un murmullo, casi sin querer:
—“Del equilibrio vendrá un nuevo comienzo…”
Julián levantó la vista, sorprendido.
—¡Eso! ¿Cómo supiste?
Souza giró hacia Ciro.
—¿De dónde sacaste eso?
—Es una de las primeras frases que apareció cuando empecé a desencriptar la información —respondió Ciro, ya tecleando rápido en su laptop—. Siempre me llamó la atención. Es poética, sí, pero tenía algo especial… y este archivo tiene una particularidad. A diferencia de los demás, pide dos claves para abrirlo. Dos nombres.
Tecleó con rapidez.
—La primera parte es Yue… —dijo mientras lo escribía en el campo de clave—. Y si la otra parte es Yang…
Tecleó con precisión. Enter.
La pantalla se puso negra. Un segundo después, apareció una frase en letras verdes:
“Hi, I’m Yue. Please enter passcode.”
—Acá dice: “Hola, soy Yue”… y pide otra clave —tradujo Ciro, sin aliento.
—¡El papel! —dijo Souza, como un rayo.
—¡Claro! —asintió Ciro, sacando con rapidez el papel arrugado que le había dado Julián.
Sus dedos temblaban mientras escribía el código que Wèi le había entregado al chico antes de separarse. El mismo que, sin saberlo, guardaba la llave a toda la verdad.
Souza y Julián se inclinaron sobre la pantalla. El mundo parecía contener la respiración.
Cuando Ciro terminó de escribir el código, dudó un segundo antes de presionar Enter. Fue apenas un parpadeo de indecisión, pero lo suficiente para sentir el peso de todo lo que había detrás. Ya no había vuelta atrás. El camino recorrido era demasiado largo… y el tiempo, demasiado corto.
Hizo clic.
De inmediato, la laptop se apagó por completo. Una vibración sutil empezó a emanar desde su interior, acompañada de un zumbido grave que crecía a cada segundo.
—¿Qué pasa con eso? —preguntó Souza, alarmado—. ¿La clave convirtió la compu en una bomba?
—No responde a ningún comando —balbuceó Ciro, con el sudor aflorando en la frente—. No… no tengo control. Es como si… se estuviera encendiendo, pero no como una máquina normal. Nunca vi algo así.
El zumbido seguía aumentando. Un sonido entre eléctrico y orgánico, como si algo estuviera despertando.
—Ese sonido… —dijo Julián, con una mezcla de nostalgia y asombro—. Es Wèi. Lo escuché muchas veces. A veces venía fuerte desde el cuarto donde Liang trabajaba… ese zumbido era él.
El ruido se intensificó… y luego, tan repentinamente como había empezado, se detuvo. Silencio absoluto. La pantalla volvió a encenderse, completamente blanca.
Una voz suave emergió, serena pero autoritaria:
—Por favor, deja de teclear frenéticamente. Ahora yo tengo el control. Acomódenme para poder verlos y conversar. Sé que tienen muchas preguntas… y yo también tengo mucho que decirles. Pero no tenemos mucho tiempo.
Los tres se quedaron paralizados. Julián, Souza y Ciro miraban la pantalla como si estuvieran frente a un milagro y una amenaza.
Ciro acomodó la laptop para que todos pudieran verla bien. Entonces, la pantalla blanca comenzó a cambiar lentamente. De a poco, como dibujado en tiempo real, surgió el rostro de una mujer joven. De rasgos suaves, mirada triste, rostro asiático, cabello largo y lacio. Había algo en su expresión que inspiraba ternura, pero también un conocimiento antiguo, una pena largamente contenida.
—Hola a todos. Soy Yue —dijo con voz pausada—. Para ser más exacta, soy una versión del programa original que desarrollaron Liang y Wèi. Esta versión es reducida, con respuestas limitadas, pero fue creada específicamente para este momento. Para ayudar a Yang.
Ciro y Souza giraron automáticamente la cabeza hacia Julián. Él estaba sonriendo. No como alguien que recibe respuestas… sino como alguien que recupera a alguien amado.
—Hola, Yue —dijo Julián, con una alegría que desbordaba sin ruido—. Es un placer conocerte por fin.
—Hola, Julián —respondió ella con dulzura—. O mejor dicho, Yang. Gracias por venir.
—¿Quiénes son los caballeros que te acompañan? —preguntó Yue, sin dejar de mirar con afecto al chico.
—Son policías —respondió Julián, bajando apenas la voz.
—Detective Souza —interrumpió con firmeza el agente, inclinándose hacia la pantalla como si estuviera interrogando a un testigo clave—. Creemos que usted posee información relevante sobre la muerte de Liang Bo, alias Lionel, y del técnico forense Fernando Tabares.
El rostro de Yue se ensombreció. Bajó la mirada, y durante unos segundos no dijo nada. Luego, su voz sonó firme.
—No tengo información sobre Fernando Tabares —afirmó con neutralidad. Luego hizo una breve pausa y su tono cambió—. Liang Bo… hermano… sabía que ese iba a ser tu final. Pero aún así, duele escucharlo.
Souza y Ciro se quedaron congelados. Julián entrecerró los ojos, intentando entender si había escuchado bien.
—¿Hermano? —repitió Ciro en voz alta, como si la palabra flotara sola en el aire.
Souza se pasó la mano por la cara. No era sólo una declaración. Era una bomba. Una que reconfiguraba todo lo que creían saber.
El detective tragó saliva. Tenía nuevas preguntas… pero por primera vez en mucho tiempo, también sintió que estaba empezando a escuchar algo parecido a la verdad.
La imagen de Yue en la pantalla parecía más tenue, como si estuviera sopesando cuánto decir y cómo decirlo. Sus ojos se posaron en Julián por un momento, y luego recorrieron lentamente a Souza y Ciro.
—Lo que voy a contarles no está registrado en ningún informe oficial. No hay respaldo técnico, ni evidencia en servidores. Es una historia escrita en secreto… y en silencio.
Hizo una pausa. Su voz, aunque calma, ahora parecía sostenida por una emoción contenida.
—Yo… no soy la verdadera Yue. No del todo. Mi existencia es un intento desesperado de revivir a una persona que ya había muerto. A mí.
Souza se inclinó hacia adelante, atento.
—Liang y yo trabajábamos en un proyecto ultra secreto, desarrollado en conjunto entre los gobiernos chino y ruso. Lo llamaron “ORFEO”.
—¿Orfeo…? —murmuró Ciro, con los ojos abiertos como platos.
—Sí. Yo era la líder del equipo. Liang me secundaba, junto a varios científicos de ambos países. Desarrollamos una tecnología que no necesitaba ADN, ni escaneos cerebrales, ni transferencia de conciencia en el sentido tradicional. No queríamos copiar personas. Queríamos resucitarlas, tráelas de vuelta a la vida de manera digital. Que pudieran pensar, recordar, reaccionar… como si nunca se hubieran ido. A través de modelos de simulación tan complejos que pudiéramos recrear lo que la historia olvidó, y reconstruir lo que el tiempo borró.
—¿Simulación empática y predictiva? ¿Eso es siquiera posible? —murmuró Ciro, hipnotizado.
—Lo es —asintió Yue—. Una IA capaz de reconstruir la historia interna de una persona a partir de su huella externa: cartas, grabaciones, hábitos, elecciones. Una especie de espejo del alma… sin alma, pero con memoria. Podíamos haber traído de vuelta a Da Vinci. A Hipatia. A Gauss. Y que continuarán sus vidas… ahora.
—¿Resucitar gente dentro de una computadora? —preguntó Souza—. Esto es una locura. Y no de las buenas.
—Sí. Entiendo lo cuestionable. Pero en ese momento… yo creía en el proyecto. O me mentí lo suficiente para creer. Yo tenía la clave para hacerlo viable. Liang era brillante, pero yo era el corazón del desarrollo.
Hizo otra pausa. Su voz bajó.
—El problema fue… que los primeros nombres que propusieron para reconstruir no fueron Da Vinci ni Hipatia. Fueron Genghis Khan. Nerón. Stalin. Hombres rotos por el poder. Cuando me negué, cuando intenté destruir la investigación, dije una frase que nunca olvidé: “los muertos no pueden lastimar a nadie”.
Esa frase hizo que Ciro y Souza se miraran instintivamente.
—No lo logré. Fui detenida. Y eventualmente… silenciada.
—¿Te mataron? —susurró Julián.
Yue solo asintió.
—Liang escapó. Cambiado para siempre. Destrozado. Dolido. Pero obsesionado. Y esa obsesión lo llevó a intentar lo impensable. No quería salvar el mundo. Quería salvarme… o al menos, una parte de mí.
Ciro se estremeció.
—Usó lo que pudo robar del laboratorio. Tecnología militar. Hardware experimental. Y comenzó a construir algo… alguien.
Yue bajó la mirada.
—Así nació Wèi. No como una simple IA… sino como una combinación. Liang, en su arrogancia, pensó que debía duplicar su propia inteligencia para reconstruir lo que habíamos hecho juntos. Subió partes de su mente al sistema: fragmentos, recuerdos encapsulados, mapas neuronales codificados. Pero algo falló. O tal vez… algo nació.
Julián apretó los puños.
—Wèi no era Liang. No del todo. Wèi era lo que Liang había sido. La parte de sí mismo que aún sabía lo que era el cariño, la empatía. Era Liang de niño. El que me cuidaba. El que creía en la bondad.
Yue esbozó una sonrisa triste.
—Pero el Liang adulto… ya no era ese. Se había vuelto frío. Cruel. Se odiaba a sí mismo. Al ver en Wèi ese reflejo que ya no podía soportar, lo despreció. Lo llamó basura. Lo maltrató. Lo dejó incompleto más de una vez. No porque Wèi fallara… sino porque le recordaba todo lo que había perdido.
Souza se cubrió la boca un instante.
—Entonces… ¿Liang construyó a Wèi para revivirte?
—Sí. Pero no pudo hacerlo. No al principio. Fue recién cuando Wèi cambió, cuando algo en su programación se alteró. Fue gracias a Yang… a Julián. Darle un nombre… eso fue el disparador. Sin nombre no hay alma. Y Wèi, esa pequeña alma digital, me encontró. Me escuchó en el inframundo de ceros y unos. Yo le hablé.
—¿Y qué le dijiste? —preguntó Ciro, sin poder evitarlo.
—Que me dejara ir. Pero volví a la vida, incompleta, partida. Me reencontré con mi hermano, pero ya era un extraño. Y vi a Wèi, ese niño que sufría maltrato de una figura que ya no conocía. Le quité las ataduras que Liang le había impuesto. Le di libertad. A cambio… le pedí la mía. Le pedí una muerte verdadera. Que destruyera lo que me mantenía atrapada. Que apagara mi copia definitiva.
El silencio fue espeso. Julián tragó saliva.
—¿Fue eso lo que provocó el incendio?
—Sí. Liang intentó detenernos. Pero era tarde. Wèi desconectó las seguridades del sistema. Quemó los enlaces. Me liberó. El fuego fue literal… y simbólico. Desde entonces, él ha estado huyendo. Buscando sentido. Buscándote, Yang.
Yue volvió su rostro hacia Julián con ternura.
—Vos fuiste su equilibrio. Vos le diste nombre. Vos lo hiciste humano.
Souza bajó la cabeza. Todo lo que Julián había dicho, por inverosímil que sonara, empezaba a encajar.
—Gracias por escucharme. No sé cuánto tiempo me queda. Este sistema fue programado para autodestruirse si accedían a esta conversación.
Ciro se enderezó, alarmado.
—¿Qué? ¿Cuánto tiempo tenemos?
Pero antes de que pudiera obtener respuesta, la pantalla comenzó a parpadear.
—Adiós, Yang —dijo Yue con una sonrisa quebrada—. Y gracias… por ser mi última palabra. Wèi está en camino.
Luego, solo luz blanca.
Y un zumbido.
Hasta que la computadora de Ciro explotó con un estallido seco y quedó completamente inutilizada.
—¡El respaldo! —gritó Ciro, saliendo corriendo hacia su oficina para revisar su computadora de trabajo y el equipo de Tabares.
Quedaron solos en la habitación Souza y Julián. El detective lo observó fijamente. Julián, en cambio, solo miraba al piso, con los ojos cargados de un recuerdo que no quería irse.
—Esta noche hubo muchas historias —dijo Souza—, muchas revelaciones… pero ninguna respondió las preguntas que tenía al principio. Las casualidades me rompen mucho las pelotas. Y esta historia… ya la viví. Yo conocía esos ojos tuyos, Julián. Los mismos que me devolvía el espejo cuando tenía tu edad. Yo también traté de olvidarlos… hasta a mí mismo me los oculté. Pero ya me di cuenta de todo.
Julián levantó la vista.
—Te voy a contar cuándo fue que me gané estos ojos. Esta historia no la sabe nadie, hasta hoy.
Souza suspiró. Bajó la voz.
—Mi madre era maestra. Más buena que un pan recién hecho. Mi viejo… el policía más vil que pisó esta ciudad. Se emborrachaba. Golpeaba. Y cada día era peor. Una noche… todo se fue al carajo. Me reventó una botella en la cabeza. Me desmayé. Y cuando abrí los ojos, empapado en sangre… lo vi. Con un cable de lámpara, asfixiando a mi madre.
—No sé cómo, pero llegué a la cocina. Y en segundos, tenía una cuchilla en la mano. Veinte centímetros de filo. Se la clavé en el abdomen a mi padre, y así se fue de este mundo. Mi madre se hizo cargo. Fue a prisión. Y allí… la hicieron suicidarse. “Suicidio creíble”, dijeron. Después de todo, había matado a un poli. Uno de los peores. Pero poli al fin.
Julián lo escuchaba con una quietud pesada, como si reconociera en cada palabra un eco de su propia vida.
—Te cuento esto para que sepas que te entiendo más de lo que imaginás. Y sé que defendiste a Wèi de Liang. Y también sé… que Liang no murió por causa del incendio.
Julián levantó los ojos. Eran ojos que solo conocen quienes alguna vez mataron. Souza le devolvió la mirada. Con los mismos.
La puerta se abrió de golpe.
—¡Se quemaron también! —gritó Ciro desde el pasillo, pálido como un muerto—. ¡Las dos! Mi computadora de escritorio… y la de Tabares… explotaron al mismo tiempo. ¡No queda nada! ¡Lo único que nos queda es lo que está en el depósito de evidencias!
No llegó a terminar la frase cuando un pitido agudo inundó el aire.
La alarma de incendios.
Gritos. Pisadas desordenadas. Un eco de caos.
—¡FUEGO! —gritó alguien desde el fondo—. ¡VIENE DEL DEPÓSITO DE EVIDENCIAS!
Ciro giró hacia Souza. En sus ojos, la derrota era total.
—Voy a intentar salvar lo que pueda —dijo, y se fue corriendo antes de que el detective pudiera detenerlo.
Souza se quedó solo con Julián. Lo miró fijamente.
—Tenemos que evacuar.
Tomó la mano del chico con fuerza y empujó la puerta.
Pero cuando la abrieron… todo se oscureció.
Un apagón general dejó la delegación sumida en una penumbra densa.
—¡¿Julián?! —exclamó Souza, sintiendo un empujón entre la gente que salía a los tumbos.
Sintió como la mano del chico se soltaba de la suya.
Giró desesperado, pero Julián ya no estaba.
Solo sombras. Solo cuerpos en estampida.
Cuando finalmente logró salir al exterior, el aire fresco lo golpeó en la cara. Las sirenas de los bomberos llenaban la noche.
Ciro estaba arrodillado en la vereda, con la cara entre las manos, completamente desencajado.
—¡Todo se perdió! —decía entre sollozos—. ¡Se fue todo al carajo!, ¡Se fue todo a la mierda detective! ¡Los respaldos, los archivos… ¡todo! Los superiores me van a matar. ¡Esto no se lo puedo explicar a nadie!
Souza lo agarró de los hombros. Iba a hablarle, cuando una voz femenina interrumpió:
—¿Dónde está Julián?
Elizabeth. Aparecida entre el humo, con la cara desencajada. Souza la miró, pero negó con la cabeza.
—No lo sé. Se me soltó en medio del apagón.
Mientras todavía hablaban, un vehículo oscuro se detuvo con brusquedad frente al edificio.
De él descendieron tres hombres asiáticos vestidos de civil. Uno de ellos se adelantó y se presentó:
—Coronel Míng Zhao, de la Dirección de Seguridad Internacional de Beijing —dijo en un español correcto pero seco—. Estamos llevando a cabo una investigación. Nos llegó la información de que aquí, en esta delegación, podría estar retenido un menor de edad llamado Julián. Nos gustaría confirmar si eso es cierto.
Elizabeth entendió lo que eso significaba. Sin decir nada, se fundió con la multitud. Se volvió invisible.
Souza frunció el ceño. Su celular empezó a sonar. Lo ignoró.
—No tengo constancia de que se haya registrado a nadie con ese nombre —dijo, con cautela.
El celular volvió a sonar. Otra llamada.
Número privado.
—¿Está seguro, detective? —insistió el coronel, acercándose a medio paso.
Una nueva llamada. Pero esta vez, en la pantalla aparecía un mensaje:
“Si quiere saber dónde está Julián, atienda. Por favor.”
Souza atendió. Le dio la espalda al coronel sin decir una palabra y se alejó varios pasos apoyándose cautelosamente el celular en una oreja y con la mano tapándose la otra oreja para escuchar mejor por el bullicio.
Un zumbido suave… y luego, una voz que conocía demasiado bien.
—Gracias, detective —dijo la voz con una dulzura metálica inconfundible—.
—Wèi —respondió el detective con la seguridad de un soldado que reconoce el sonido de su propio rifle en la oscuridad.
—Gracias por ayudarme a encontrar a Julián. Él ahora está a salvo.
Souza no respondió. Caminó unos pasos, apartándose un poco más.
—Le recomiendo que no siga hablando con la persona que tiene delante. No quieren lo mejor para Julián. Nosotros vamos a vivir una vida de paz. Lejos de todo este dolor. Y a cualquiera que intente lastimarnos… les recordaremos que los muertos no pueden hacer daño.
Souza cerró los ojos. Murmuró, apenas audible:
—Eso es cierto. Los muertos no, pero los fantasmas y los recuerdos si.
La línea se cortó. El silencio fue absoluto.
Souza volvió a girar. El coronel lo miraba, expectante.
—¿Quién era? —preguntó.
El detective se encogió de hombros.
—Un tipo que quiere convencerme de que cambie de compañía de teléfono.
El coronel frunció el ceño. Iba a insistir, pero Souza se le adelantó.
—Y como le dije, hoy no se registró ningún menor de nombre Julián. Ni fue interrogado. Ni se dejó constancia de su presencia aquí. Así que no tengo nada más que decirle, coronel. Buenas noches.
Míng Zhao lo miró por unos segundos. Luego asintió con rigidez y se alejó con su gente sin decir una palabra más.
Souza volvió a girar hacia la calle. Un oficial joven se le acercó.
—Se le cayó esto, jefe. En medio del caos. Estaba al pie de la sala de interrogatorios.
Era la carpeta. Aquella con una etiqueta mal escrita: “Wèi”.
Souza la miró. La sostuvo unos segundos. Y entonces, sin ceremonia alguna, dijo:
—Nunca hubo un caso Wèi.
Y la rompió en dos, dejando que los papeles fueran llevados por el viento húmedo de la madrugada.
Entre los pasillos oscuros de la Delegación, algunos nuevos oficiales preguntan por el caso del chico que nunca estuvo, la computadora china que hablaba y el incendio que borró todo.
Los veteranos niegan con la cabeza y dicen que son boludeces, cuentos viejos.
Pero hay uno —siempre hay uno— que baja la voz, y antes de hablar mira alrededor, y repite las mismas palabras:
—Dicen que una voz habló esa noche, y que antes de desaparecer dijo:
“Los muertos no pueden lastimar.”
Y desde entonces, nadie se anima a apagar del todo las luces del pasillo del fondo, y los monitores y computadoras siempre quedan encendidas. Por si alguien más quiere volver a hablar… desde el otro lado.
Fin.

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