UN CAFÉ CON GORGO

Narrativa

Nunca fui fan de las películas de monstruos. Me parecían predecibles, ruidosas, llenas de criaturas que solo sabían destruir. Pero esa tarde de lluvia, en medio del silencio de una ciudad apagada, lo imposible decidió interrumpirme.

Estaba sentado en la cafetería de siempre, leyendo un libro viejo de segunda mano. Afuera llovía con esa melancolía de domingo que moja hasta los pensamientos. Entonces la puerta se abrió con un chirrido largo, y entró… él.

Medía casi tres metros, con escamas verde oliva y unos ojos profundos como si contuvieran siglos. No era Godzilla, ni King Kong. No era ninguno de los famosos. Era Gorgo. Sí, ese monstruo olvidado de una película británica de los años 60, que pocos recuerdan. Pero ahí estaba, con una bufanda que apenas disimulaba su cuello largo y un paraguas que se había roto por completo.

—¿Puedo sentarme? —preguntó con voz grave, educada. Como quien está acostumbrado a ser rechazado.

Asentí, sin palabras.

—Nadie me reconoce ya —dijo mientras observaba por la ventana—. Hubo un tiempo en que los niños se asustaban con solo verme. Ahora, soy un meme borroso. Una referencia que nadie entiende.

No supe qué responder. Solo le ofrecí un sorbo de mi café. Lo tomó con sus garras cuidadosamente. Temblaba. No de frío, sino de tristeza.

—¿Te dolió? —pregunté.

—¿Ser olvidado? Mucho. Pero dolió más cuando empezaron a reír. No por alegría. Por burla. Me convertí en caricatura. En chiste. Como si yo no hubiera sentido nada en esa historia. Como si no hubiera sido más que una pantalla rugiendo.

Hubo un silencio largo. Solo el golpeteo de la lluvia contra los vidrios y la respiración pesada de un ser que, por fin, se permitía estar.

—Yo te recuerdo —dije al fin, mirándolo a los ojos—. Tal vez no con precisión. Pero sí con respeto. Fuiste… real para mí.

No respondió. Solo asintió con lentitud. Luego se levantó. Me dejó una moneda vieja, de otro tiempo, en la mesa.

—Gracias por el café. Y por mirarme sin miedo.

Salió, dobló la esquina y se perdió entre la niebla de la tarde.

Desde entonces, cada vez que veo una película de monstruos, me pregunto si detrás del rugido, hay alguien solo esperando ser visto con humanidad.

 

Al día siguiente volví al mismo café. No con la esperanza de verlo —los milagros no se repiten tan fácilmente—, sino con la necesidad de procesar lo que había pasado. El barista, sin yo preguntar, dejó en mi mesa una taza de café extra.

—Tu amigo gigante la pidió ayer, antes de irse —me dijo con una sonrisa. Como si fuera normal atender monstruos.

Reí. Supongo que en el fondo, todos estamos acostumbrados a ocultar lo raro bajo una sonrisa amable.

Los días pasaron. Empecé a investigar más sobre Gorgo. Vi la película completa por primera vez. Una criatura capturada, separada de su madre, incomprendida, explotada. No era una historia de terror. Era una historia de pérdida. De dolor.

Y entendí por qué su voz temblaba aquella tarde lluviosa.

Una semana después, lo volví a ver.

Estaba sentado en un parque, solo, observando a los niños correr. No se escondía. Era tan grande como siempre, pero nadie parecía notarlo. Era como si el mundo ya no lo viera, como si la invisibilidad fuera su nuevo superpoder. O su castigo.

Me senté a su lado sin decir palabra. Me ofreció una galleta partida en dos.

—Me estás viendo otra vez —dijo sin mirarme.

—Nunca dejé de hacerlo.

Suspiró. Fue como si una montaña exhalara.

—No es que quiera volver a ser famoso —dijo—. Solo quiero que alguien recuerde que yo también fui parte de una historia. Que no todo fue rugir y destruir. Que también lloré cuando me separaron de ella.

Y ahí, en ese instante, vi que Gorgo no era un monstruo. Era un reflejo. Una metáfora de todos nosotros que, alguna vez, fuimos vistos, aplaudidos, tal vez incluso amados… y luego olvidados.

Saqué una libreta de mi mochila y comencé a escribir. No sobre él como criatura, sino como ser. Sobre su nostalgia, su dignidad, su absurda ternura. Él me miró con sorpresa.

—¿Me estás escribiendo?

—Estoy contándote. Como se cuenta lo que importa.

Pasamos la tarde hablando. De cine, de soledad, de cómo la gente prefiere recordar los gritos antes que los silencios. Al irse, me dejó algo envuelto en papel: una de sus escamas, brillante como el anochecer.

—Para que nunca pienses que lo imaginaste.

Hoy esa escama está en mi escritorio, justo al lado de la taza donde tomamos café por primera vez. A veces la luz la toca y parece palpitar. Como si aún estuviera viva. Como si aún escuchara.

Y cada vez que alguien me dice que los monstruos solo existen en la ficción, sonrío. Porque sé la verdad: algunos monstruos solo quieren ser recordados como lo que realmente fueron.

Humanos. En su forma más triste. Y más hermosa.

Comentarios 1

A
Arlequin26 de junio de 2025
Está la pelicula de Gorgo de Eugenie Lourie, es como Godzilla pero en Londres... peliculón de matinée. Tu texto me trae recuerdos, dejo luces.