Mi amigo monstruo
Reseñas generalesCuando era chica (bueno, no tanto), conocí a un monstruo. No uno de esos que asustan por debajo de la cama o se esconden en el armario. Este era distinto. Se llamaba Gluplin, y tenía el cuerpo cubierto de pelusa violeta, ojos grandes como tapitas de gaseosa, y un corazón que sonaba como un tambor cuando se emocionaba.
Lo conocí un día que estaba triste en mi habitación. Había tenido una pelea con una amiga y sentía que el mundo era un lugar gris. Fue entonces cuando, de repente, el placard hizo crack y se abrió solo. De allí salió Gluplin, tropezando con mis zapatillas y diciendo:
—¡Hola! Soy Gluplin. No muerdo. Bueno… solo galletitas.
Me asusté al principio, obvio. Pero él me ofreció una galleta con forma de estrella y me contó que venía del Reino de los Monstruos Buenos, donde cada niño del mundo tiene asignado un monstruo amigo, pero solo lo conocen si de verdad lo necesitan.
Desde ese día, Gluplin y yo nos hicimos inseparables. Me acompañaba al colegio (escondido en la mochila, claro), me ayudaba con los deberes (aunque confundía los números con letras), y me hacía reír cuando el día se ponía feo.
Le encantaba jugar conmigo en la plaza, aunque tenía que disfrazarse con un gorro gigante y anteojos de sol. A veces se disfrazaba de peluche gigante y se hacía el dormido para que nadie sospechara. Cuando llovía, nos escondíamos bajo mi cama con una linterna y leíamos libros de aventuras. Él siempre pedía cuentos con dragones o pasteles mágicos.
Una noche, le pregunté:
—¿Te vas a quedar conmigo para siempre?
Y él respondió, con un guiño:
—Solo mientras me necesites. Después, iré a cuidar a otro corazón que se sienta solito.
No me gustó mucho la idea, pero lo entendí. Los monstruos buenos no se quedan para siempre. Vienen, ayudan y luego siguen su camino. Aunque en el fondo, yo sabía que Gluplin nunca se iría del todo.
Ahora ya soy un poco más grande. Ya no lo veo tan seguido, pero a veces, cuando estoy triste, siento una caricia suave en el hombro. O encuentro una galletita con forma rara en mi mochila. Y sé que es él.
Porque los amigos monstruos no desaparecen. Solo se vuelven invisibles cuando uno empieza a ser fuerte por sí solo.
Y así supe que los monstruos buenos existen. Solo que no todos pueden.
Ahora que crecí, a veces me pregunto si Gluplin fue real o solo una imaginación. Pero entonces me acuerdo de aquella vez que escribió mi nombre con galletitas en el escritorio, o del día en que me salvó de pisar un charco gigante en la plaza justo a tiempo. Hay cosas que la imaginación sola no puede explicar.
Una vez lo soñé volando con alas hechas de almohadas, llevando una mochila llena de abrazos para otros chicos que lo necesitaban. En el sueño me guiñó un ojo y me dijo: “Gracias por dejarme ser tu monstruo favorito”.
Y aunque ya no lo veo tanto como antes, sé que en algún rincón de mi cuarto, entre libros y recuerdos, él sigue cuidándome. Porque un amigo monstruo no se va. Se queda, en silencio, esperando que vuelvas a necesitarlo.



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