Mis botones azules

Reseñas generales

Coraline y la puerta secreta, aquella película que veía mil veces sin cansarme, que cuando me preguntaban mis primas: “¿Qué película quieres ver?”, no tardaba en decir “Coraline”.

Ellas ya estaban hartas de la misma película cada que me tocaba elegir, pero también ellas, ¿para qué preguntan si ya sabían mi respuesta? Creo que tenían la esperanza de que un día diría algo diferente. Creo que yo también me hubiera cansado de ver siempre alguna de sus películas. Igualmente, nunca cambié mi respuesta.


 

Porque por alguna razón siempre me sentí identificada. Envidiaba su libertad, o lo que yo creía que era eso, como lo fue jugar, salir a un jardín a explorar, tener aventuras peligrosas al cruzar una pequeña puerta de madera para ir más allá. Un amigo que sí quería ser su amigo, un gato que la guiaba y cuidaba. O sea, el gato le hablaba. Coraline era una niña también, y tal vez no entendía las reflexiones que el gato sin nombre le daba, pero por lo menos tenía a alguien. Cosas que quería pero no pude tener.


 

En ese entonces, mi pequeña yo no dimensionaba lo que debía dar a cambio, prácticamente su vida. Todo aquello que la otra madre prometía no eran más que mentiras para saciar su propia hambre, sus propios deseos y antojos.


 

La madre me recordaba a ella: mandona, arrogante, manipuladora y arisca. Siempre limitándome, siempre comparándome. Cualquier otra niña lo hacía mejor que yo. La madre real me asustaba, pero la otra madre me hacía sentir mejor, mostraba la calidez que deseaba sentir, la protección y comprensión que necesitaba. Al parecer, hay más cosas que envidiaba de Coraline.


 

Para justificar a mi versión menor, debo decir que no era tonta. Sabía que debía dar algo a cambio, pero ella solo pensó que sería darle amor, y bueno, sus ojos también, aunque era un pequeño precio a cambio de lo que iba a recibir. ¿Me equivoco?


 

No pensaba mucho en aquello que sacrificaría, pues no era nada a cambio de lo que tendría. Es decir, no sufriría más, ya no tendría miedo ni carencias, ya no me compararía con mis propias amigas. Tendría amor por montones y amigos maravillosos que me darían un show de circo cada noche, vecinas que harían acrobacias y comida deliciosa.

Para una niña de 10 años, eso era una utopía.


 

Pero hoy, que tengo 22 años, al volver a verla me doy cuenta. Entendí por qué me reflejaba en ella: el abandono y poca atención de sus padres, el desear escapar de donde estás, buscar una salida fácil y mágica que no me obligue a regresar al mundo real.


 

No todo era lo que parecía, ahora lo sé. Pero cada escena ofrecía magia. Detrás de la puerta, todo podía ser. Pero retroceder era volver, regresar a mi realidad, enfrentarme a la soledad y devolver todo lo que sueñas y anhelas. Decirle adiós a la magia.


 

En ese momento no me parecía tan mala idea dejarme coser los ojos. Digo, después de todo, sería feliz, ¿verdad?


 

Me compré el discurso de la otra madre. Yo quería mis botones color azul. Hoy en día los elegiría negros o rojos, pero siendo realistas, me la pensaría más antes de dejarme coser los ojos. Pero solo un poco.


 

Aún me atrae algo de esa magia.

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