LUNO

Reseñas generales

Jamás imaginé que el sonido en el ático no era una rata... sino un visitante de otro mundo.

Todo comenzó una noche de tormenta, cuando los truenos hacían vibrar las ventanas de mi cuarto. Tenía doce años y, a pesar de ya no dormir con la luz encendida, ese día me sentía extrañamente inquieto. Fue entonces cuando lo oí por primera vez: un leve rasguño, como si alguien o algo caminara sobre las viejas tablas del techo. Pensé que eran las ramas, el viento... o quizá mi imaginación.

 

Pero el sonido regresó la siguiente noche. Y la otra. Hasta que un día, cansado de fingir que no lo oía, subí al ático armado con una linterna, un palo de escoba y el corazón latiéndome como un tambor. La linterna temblaba en mi mano, lanzando sombras deformes sobre las cajas cubiertas de polvo, y mi respiración sonaba como un eco dentro de una cueva. No esperaba encontrar nada. Pero allí estaba él.

 

Tenía ojos que brillaban como si contuvieran galaxias enteras. Su piel era traslúcida, grisácea, y se movía como el humo en una botella cerrada. Era grande, pero encorvado, con brazos largos que colgaban a sus costados como cables sueltos. No hablaba con palabras, pero lo entendía. Su miedo era tan grande como el mío. Lo primero que hice fue correr. Bajé del ático como si el diablo me persiguiera. Sin embargo, algo en sus ojos me había atrapado. No eran ojos de monstruo; eran tristes. Humano, incluso.

 

Esa noche no dormí. Al día siguiente, dejé una caja con galletas cerca de la trampilla. Cuando volvió a sonar el rasguño, subí de nuevo y lo encontré comiendo, con delicadeza, como si no supiera si tenía permiso. —No te haré daño —le dije. Y, aunque no respondió con palabras, me habló con la profundidad de su mirada.

 

Le puse nombre: Luno. No sé por qué, quizá porque brillaba como la luna entre las sombras. Mi familia nunca lo vio. Decían que yo hablaba solo, que la comida desaparecía sin razón, que dejaba la ventana abierta incluso cuando llovía. Pero Luno no era peligroso; era curioso. Le encantaban mis libros, sobre todo los de dinosaurios, y escuchaba mis historias escolares como si fueran relatos de otro universo.

 

Con el tiempo, Luno y yo nos hicimos inseparables. Cada noche ascendía al ático y él ya no se escondía. Me contaba cosas de su mundo: que se había perdido a través de un portal abierto accidentalmente durante una tormenta solar, que su especie no caminaba sobre la tierra sino sobre las ideas, y que cada pensamiento humano dejaba una estela que él podía seguir, como huellas de luz.

 

Me confesó que los niños son los únicos que pueden ver su mundo sin miedo, y por eso había venido a mí. Porque aún creía. Porque aún soñaba despierto.

 

Una noche, Luno me mostró su verdadera forma. No solo lo que yo percibía, sino lo que realmente era: una criatura hecha de luz, memoria y ecos. En él se reflejaban momentos de mi propia vida que había olvidado: la sonrisa de mi abuela, la primera vez que monté bicicleta, aquella ocasión en la que lloré en silencio por sentirme incomprendido. Luno era más que un visitante: era una parte de mí perdida en el proceso de crecer.

 

A veces, mientras conversábamos, imaginaba que todo aquello era una película. Yo era el protagonista en una historia digna de E.T. o El gigante de hierro. El mundo no estaba tan vacío, y tal vez los héroes no siempre usan capa, sino que se esconden en nuestros techos.

 

Revelaron la verdadera historia que inspiró a E.T. — Radio Concierto Chile

Luno comenzó a enseñarme cosas que no encontraba en los libros: cómo leer las emociones de los árboles, cómo las paredes guardan secretos si sabes escucharlas, cómo los animales perciben lo que nosotros no notamos. Me dijo que su especie cuidaba de las fronteras invisibles, de ese lugar donde la fantasía y la realidad se funden; un territorio abandonado, pues los humanos habían dejado de creer.

 

Una noche, mientras escuchábamos pasos en la casa, pensamos que era mi padre. Pero no lo era. Era otro ser, similar a Luno, pero más oscuro y frío. Me miró, y por primera vez sentí miedo real. Luno se interpuso entre nosotros y una luz emanó de su cuerpo, empujando al otro hacia las sombras. Más tarde me explicó que no todos los seres que vienen son benignos; algunos buscan absorber lo que queda de magia en los corazones humanos. Y, curiosamente, yo era especial porque aún la tenía.

El amigo monstruo de cada niño - Weekend - ABC Color

 

Desde entonces, nuestras noches se volvieron más intensas. Jugábamos a esconder pensamientos e inventábamos mundos nuevos. Cada noche era una aventura distinta, pero con cada luna nueva, Luno se volvía más pálido. Me explicó que su tiempo en mi mundo se acortaba, pues cuanto más se quedaba, más olvidaba quién era.

 

Un día me dejó una carta escrita con polvo de estrellas sobre el suelo del ático. Decía: "El mundo necesita guardianes invisibles. Pronto, tú serás uno." La leí en silencio, mientras el viento aplaudía en un murmullo distante.

En una noche especialmente inquieta, Luno parecía intranquilo. Se movía rápido, y sus ojos parpadeaban con intensidad. Me dijo que el portal se abriría nuevamente, pero solo por unos segundos, y advirtió: «Si me quedo más, olvidaré quién soy.»

 

Le ofrecí quedarme con él, vivir juntos en el ático para siempre. Pero él solo sonrió con una expresión que, aunque no era completamente humana, me transmitía un cálido abrazo. —No olvides mirar el cielo cuando sueñes —me dijo.

 

Esa misma noche, Luno desapareció. Una luz azul inundó el ático por unos instantes, y luego el silencio se instaló definitivamente. Desde entonces, siempre dejo la ventana abierta, por si decide regresar. Y cada vez que leo un libro, siento que alguien lo acompaña. A menudo encuentro una página doblada o un dibujo que yo no hice.

 

Los monstruos, he aprendido, no siempre inspiran miedo. Algunos vienen a enseñarte que la soledad no es eterna, que existen amistades que trascienden el lenguaje, la especie, incluso el tiempo. Que, en medio de la oscuridad del mundo moderno, aún puede brillar un rincón de luz y maravilla.

 

Luno no era un monstruo; era mi amigo. Y lo sigue siendo, allá donde esté: en los susurros del viento, en el crujido de la madera, en el parpadeo de una estrella que parece mirarme. 

 

Y cuando, años más tarde, los cines estén llenos de películas sobre criaturas incomprendidas y alguien me pregunte si creo en los monstruos, yo simplemente sonreiré y responderé: —Tuve uno. Pero no lo llamaba monstruo. Lo llamaba hermano.

Comentarios 1

A
Alma Raquel Alonso Lucena17 de junio de 2025
Que bonito relato, me encanta que varios usuarixs como tú, le estén dando un valor muy significativo a los monstruos. Justamente, como esos seres que nos enseñan, acompañan, escuchan y sobre todo nos dan la mano en los peores momentos. Que gran guiño el de E.T. también, yo solo espero que algún día vuelvas a ver a Luno y nos regales una nueva historia.</br>Abrazote grande. Ojalá puedas leer lo que he escrito por acá.