El trato
Reseñas generales1. El niño en el armario
Cuando tenía siete años, solía hablar con alguien que vivía en mi armario. Mi madre pensaba que era un amigo imaginario. Lo llamaba Raúl. Nunca lo vi completo, solo sombras que se estiraban por el suelo, dedos que sobresalían entre la ropa colgada, una respiración que no era la mía. Decía cosas que no entendía, como:
—“Cuando duermas con los ojos abiertos, verás el mundo real.”
Al principio, solo hablábamos. Me contaba secretos. Me decía cuándo iban a pelear mis padres, cuándo se iba a romper el jarrón de la abuela, cuándo iba a llover antes de que el cielo se nublara. Cada vez que acertaba, yo confiaba más en él.
Hasta que me pidió algo.
—“Necesito que me traigas a alguien más. Otro niño. Uno que no me tenga miedo.”
Pensé que era un juego. Así que llevé a casa a Marcos, mi compañero del colegio. Jugamos en mi cuarto. Raúl no salió. Pero esa noche, Marcos desapareció.
2. Diez años sin hablar
Mi familia se mudó poco después. La policía investigó, pero nunca encontraron a Marcos. Yo no dije nada. ¿Cómo explicar que mi “amigo” del armario lo había tomado?
Durante años, lo bloqueé. Me convencí de que fue una coincidencia. Me obsesioné con lo racional. Psicología. Ciencias. Nunca más quise tener un “amigo imaginario”.
Hasta que cumplí diecisiete.
Fue en una fiesta. Todos estaban borrachos. Yo fui al baño del piso de arriba y, mientras me lavaba la cara, vi algo en el espejo. No un reflejo. Era como si algo estuviera detrás del espejo, empujando desde el otro lado con los nudillos. Golpeó una vez. Dos. Tres.
Y escuché su voz, después de diez años.
—“¿Te olvidaste de mí?”
3. Las reglas del monstruo
Volví a casa esa noche temblando. Me encerré en mi cuarto. Y encontré una hoja escrita en mi cama. En mi propia letra. Aunque yo no la escribí. Decía:
REGLAS PARA SOBREVIVIR A RAÚL
- No lo nombres en voz alta tres veces.
- Nunca abras un armario de noche si estás solo.
- Si escuchás tu voz llamándote… no vayas.
- Cada diez años, él despierta.
- Si no le traés a alguien… vendrá por vos.
La hoja temblaba en mi mano. Intenté destruirla, pero no se quemaba. No se rompía. No se mojaba. Era como si el papel no existiera en este mundo.
4. La desaparición de mamá
Dos noches después, mamá desapareció. Su cama intacta. Nada forzado. Ninguna pista. Pero encontré la manija del ropero abierta. Un arañazo cruzaba la madera. Era profundo, irregular. Como si un animal gigantesco hubiera salido de allí.
La policía no supo qué decir. Dijeron que posiblemente huyó. Pero no lo hizo.
Raúl me dejó otra nota en el espejo:
—“Te advertí. Ahora, traeme a alguien… o abro todas las puertas.”
5. El psicólogo
Desesperado, busqué ayuda. Fui a un psiquiatra. Le conté todo. No me creyó. Me recetó pastillas. Me dejó solo en la sala, y en el espejo del consultorio, lo vi. Estaba detrás del doctor. Pero no como antes. Esta vez su rostro estaba más visible.
Una mezcla de mi cara, la de Marcos y la de mamá. Fundidas. Ojos que no pestañeaban. Boca rota. Dientes al revés.
Salté de la silla y salí corriendo.
Esa misma noche, el psiquiatra se suicidó. Saltó del quinto piso de su edificio. Pero en las cámaras de seguridad, no estaba solo en el balcón. Había una sombra detrás de él. Alta. Doblada. Con los brazos demasiado largos.
6. La elección
Me encerré. Tapé los espejos. Quemé la ropa vieja. Dejé todas las luces prendidas. No dormí por tres días.
Hasta que Raúl volvió a hablarme. Desde el ropero.
—“Uno más. Solo uno más. Y te dejo en paz otros diez años.”
Y entonces entendí. Nunca fui su amigo. Siempre fui su puente. Su emisario. Un niño tonto que lo trajo a este mundo con juegos y secretos. Ahora yo era el adulto. Y el trato seguía vigente.
¿Y si lo alimentaba una última vez?
7. La última víctima
Invité a Agustina. Una chica de la facultad. Dijo que le gustaban las películas de terror. Que nada le daba miedo.
Jugamos a la Ouija. A las tres de la mañana. Ella se rió. Hasta que la puerta del armario se abrió sola. Un segundo. Nada más.
Ella se puso pálida.
—¿Tenés… un hermano?
Negué. La puerta volvió a abrirse. Esta vez no se cerró.
Agustina gritó. Corrió. Tropezó con mi cama. Pero algo la agarró del tobillo. Algo que no vi, solo escuché. Cadenas. Huesos. Un susurro que no terminaba nunca. Me tapé los oídos. Me hice el sordo. El ciego.
Y cuando abrí los ojos… no quedaba nada de ella. Solo una foto. Ella y yo. En el living. Como si siempre hubiese vivido conmigo.
8. El nuevo ciclo
Hoy es mi cumpleaños. Veintisiete. Han pasado diez años. Y anoche escuché algo que me heló la sangre.
Un ruido en el ropero. Un dedo asomado. Una voz dulce y familiar:
—“¿Querés jugar, Julián?”
No era Raúl. Era una niña. Mi sobrina. Que vive en otra ciudad. No debería estar acá. No tiene forma de haber llegado.
Pero lo peor… no es eso.
Lo peor es que yo ya estoy pensando a quién le voy a ofrecer esta vez. Porque si no lo hago… no será una sola puerta la que se abra.
Será el mundo entero.




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