Neville Longbottom
Reseñas generalesEl recuerdo es una astilla helada. No está en mi mente como una imagen clara, sino como una sensación persistente, pegajosa, el eco de un trauma que se teje en el mismo tejido de mi ser. Otros lo llaman el "momento de la profecía", el "nacimiento del Elegido". Yo lo llamo La Noche.
No era una casa acogedora, la nuestra, en el solitario Godric's Hollow. Mi abuela, Augusta, nunca creyó en el calor. Las chimeneas siempre estaban frías, las persianas bajadas, como si el mundo exterior fuera una amenaza constante. Y lo era. Aquella noche, el frío no era el de una helada de octubre; era el frío del vacío.
Yo era un bebé. Un bulto pequeño, indefenso, acunado por mis padres, Frank y Alice. No eran los James y Lily Potter radiantes y llenos de vida que la gente idealiza. Eran… apagados. Mi padre, un Auror, con una mirada perpetuamente agotada, como si llevara el peso del mundo en sus hombros. Mi madre, dulce, sí, pero con una melancolía que se aferraba a ella como la niebla al pantano. Habían escuchado la profecía. La maldita profecía.
“El único con poder para derrotar al Señor Tenebroso se acerca… Nacido de aquellos que lo han desafiado tres veces, nacido al finalizar el séptimo mes… Y el Señor Tenebroso lo señalará como su igual, pero él tendrá un poder que el Señor Tenebroso desconoce… Y uno de los dos deberá morir a manos del otro, pues ninguno de los dos podrá vivir mientras el otro siga con vida…”
Y ese "uno", según Dumbledore, según el destino, según la locura que se gestaba en el aire… era yo.
No fue un flash de luz verde. No fue una explosión épica. Fue un silencio. Un silencio antinatural que se tragó el ulular del viento, el crujido de la casa, incluso el latido de mi propio corazón diminuto. Y luego, una presencia. Una negrura tan vasta que oprimía el aire, una frialdad que helaba los huesos más allá de cualquier sentido. Era Él. Lord Voldemort.
Él no llegó con furia, no con el grito de un depredador. Llegó con una curiosidad escalofriante, como un entomólogo observando un insecto raro. Recuerdo, o creo recordar, la voz. No un grito. Un susurro. Como la seda rozando la piel.
"Así que eres tú. El Elegido. Qué ironía. Tan insignificante. Tan... pequeño."
Mis padres. No gritaron. No lucharon de forma gloriosa. Simplemente… cayeron. Sus ojos, vacíos, fijos en el techo. Las varitas tiradas en el suelo, inútiles trozos de madera. Murieron. No por valentía. Sino por una resignación exhausta. Por el cansancio de una guerra que ya los había consumido.
Y luego, la varita de Voldemort se cernió sobre mí. Sentí el poder concentrado, una punzada fría en mi frente. No hubo un "Avada Kedavra" en voz alta. Fue un pensamiento. Un pulso de energía oscura, puro odio sin adornos, directo a mi pequeña cabeza. Y algo se rompió. No mi cráneo. No del todo. Algo más. Más profundo. El hechizo rebotó, sí. Un milagro, lo llamaron. Una cicatriz. Un rayo dentado. Una señal.
Pero no fue una victoria. No para mí. Cuando ese fragmento del alma de Voldemort se incrustó en mí, como una astilla de vidrio negro, no solo me marcó físicamente. Me abrió. Me dejó expuesto. A la oscuridad de Él, sí. Pero también a la oscuridad de la casa, a la oscuridad del mundo, a la oscuridad inherente a todo. Mi alma, ya frágil, se desgarró.
Cuando Hagrid me encontró entre los escombros humeantes, con el rostro cubierto de hollín y la cicatriz palpitando, no lloraba. Estaba quieto. Demasiado quieto. Como un insecto recién aplastado. No era el "Niño que Vivió". Era el Niño que Fue Quebrado.
Mi abuela. Ella me llevó a San Mungo. Y luego a casa. El peso de la profecía, la responsabilidad de "El Elegido", se convirtió en una losa sobre ella. Mis padres… bueno, mis padres se quedaron en un estado peor que la muerte. En un hospital, sus mentes perdidas en un laberinto sin salida, sus ojos tan vacíos como los de muñecas rotas. Y la gente susurraba. "Los Longbottom. Valientes, sí. Pero… mira lo que les pasó." Y siempre, siempre, la mirada se posaba en mí.
En mis primeros años, la magia se manifestaba de forma errática. No era una magia alegre, infantil. Era… destructiva. Las flores se marchitaban a mi toque. Los juguetes explotaban. Los espejos se agrietaban. No podía controlarlo. Era la magia de un niño que era un receptáculo, no un canal.
Y entonces, en los periódicos, en los susurros de los adultos, apareció otro nombre. Otro niño. Un niño que había sobrevivido a un ataque de Voldemort. Harry Potter. Un chico con una cicatriz diferente. Menos dentada. Menos… grotesca. Y el mundo, ese mundo que me había señalado con un dedo acusador, de repente se volcó en ti.
"¡Harry Potter! ¡El Niño Que Vivió!"
El alivio fue palpable. Un suspiro colectivo. Porque significaba que yo, el niño de la cicatriz fea, el que había causado la locura de sus padres, el que no encajaba, el que siempre estaba en el camino… yo ya no era El Elegido. Eras tú. Y por primera vez, sentí un destello de algo parecido a la esperanza. La esperanza de ser olvidado. De ser normal.
Pero la cicatriz. Esa astilla negra en mi frente. Nunca dejó de picar. Y los sueños. Siempre los sueños. De un bosque oscuro, de ojos rojos sin cuerpo, de una voz que me llamaba "hijo". No de forma cariñosa. Sino como un amo llama a su perro.
Hogwarts era mi única escapatoria, o eso creía. Pero llegué y vi la verdad. La escuela, la Casa Huesuda, me estaba esperando. Como un depredador paciente. Porque no importa a quién señalara el mundo. La profecía, esa cadena invisible, me había atado a Él. Y a la oscuridad que corría por mis venas. La oscuridad que ahora entiendo. Es mi herencia.
Así que no te preocupes, Harry. Ya sabes mi historia. O al menos, la que yo te cuento. La verdad es más retorcida, más oscura. Y apenas está empezando.
El aire en el Gran Comedor era espeso, Harry, ¿lo sentías? No era solo el vapor de la comida. Era expectación. Era… el olfato de la casa. Te miré desde la mesa de Gryffindor, mientras la gente te susurraba, te señalaba, con esa adoración infantil que a mí nunca me ofrecieron. Tú eras el brillante. Yo era… lo otro. Y la casa lo supo. Lo supo desde el primer bocado de pudding de Yorkshire.
El primer año en Hogwarts fue una agonía silenciosa. Cada pasillo, cada sala común, cada aula resonaba con una verdad innegable: yo no encajaba. No de la manera en que Ron se ajustaba a su familia ruidosa o Hermione a sus libros. Yo era una pieza extraña, forzada a un rompecabezas que no la quería. Mis hechizos fallaban. Se retorcían. Explotaban.
"¡Longbottom, tu brazo!" gritó el profesor Flitwick un día, mientras mi pluma, en lugar de levitar, se incendiaba, dejando un rastro de humo acre. Mis compañeros se reían. Risas huecas. Vacías. Pero yo los oía. Los retratos. Los fantasmas. Las voces en el aire. Susurraban: "Inútil. Roto. El equivocado."
Recuerdo una clase de Pociones con Snape. Su voz, un goteo constante de veneno. "Longbottom, ¿es que eres incapaz de seguir una instrucción simple? ¡Esta poción es para curar forúnculos, no para invocar demonios menores!" Mis manos temblaban mientras la poción burbujeaba. El vapor no era blanco, sino un gris verdoso, espeso, como la niebla de un cementerio. Y por un instante, vi algo en el humo. Un ojo. Parpadeando. ¿Era la poción? ¿Era Snape? ¿Era… la casa?
"Eres un peso muerto, Longbottom," siseó su voz un día en el pasillo, su capa ondeando como alas de murciélago. "Un desperdicio de espacio en Gryffindor. Un error. Deberías estar en St. Mungo con tus patéticos padres."
Mi corazón se apretó. Una punzada helada. Él lo sabía. Lo de mis padres. Lo usaba. Pero mientras se alejaba, sentí algo más. Una conexión. Snape. Él era tan miserable como yo. Solo que él lo ocultaba mejor. O no. Quizás no lo ocultaba. Quizás esa era su propia forma de ser. La oscuridad nos unía. Él era parte de la enfermedad de la casa. Y yo, me di cuenta, era otra.
La verdad era que mi magia no era débil. Era… indomable. Salvaje. Como una planta que se niega a crecer en un jardín ordenado y prefiere extender sus raíces por las grietas, buscando la oscuridad y la podredumbre. Las mandrágoras en el invernadero lo entendían. Sus gritos, no eran de dolor. Eran de liberación.
"No te preocupes, pequeñas", les susurraba, con la tierra bajo mis uñas. "Pronto lo entenderán. La verdad está en la tierra. En las raíces. En lo que crece donde nadie mira."
Pasaba horas en los invernaderos. El profesor Sprout, bendita sea, pensaba que era mi pasión. No era pasión. Era entendimiento. Las plantas venenosas, las carnívoras, las que prosperaban en la sombra… ellas me hablaban. Sus hojas se movían, no con el viento, sino con una intención. Me mostraban cómo la vida puede nacer de la podredumbre, cómo el veneno puede ser un arma, cómo la quietud esconde una fuerza devastadora. Sentía sus raíces bajo mis pies, penetrando la tierra, uniéndome a la base misma del castillo. La casa era un organismo. Y yo, su nuevo jardinero.
Los pasillos de Hogwarts se convirtieron en mi laberinto personal. Las escaleras, sus interminables giros y cambios, no me frustraban. Me guiaban. Me susurraban. A veces, me encontraban en un ala olvidada, donde el aire era más frío, más antiguo, donde los tapices se deshilachaban y las armaduras parecían mirar con ojos vacíos. Allí, la casa era más fuerte. Más consciente.
"¿Quién eres?" susurró una voz un día, proveniente de una gárgola de piedra en un balcón oculto. Su boca, abierta, no se movía. Pero la voz estaba ahí.
Me quedé quieto. El corazón me latía contra las costillas, un tambor frenético. "¿Qué?"
"¿Quién eres?" repitió la voz, con un eco cavernoso que resonaba en las paredes. No era una pregunta. Era una demanda.
"Soy Neville," murmuré, la voz ronca. "Neville Longbottom."
La gárgola, o la casa, lo que fuera, rió. Una risa seca, como el roce de huesos. "No. No eres Neville Longbottom. Eres la grieta. Eres el punto donde todo se rompe. Eres El Elegido."
El Elegido. Otra vez. La palabra me perforó el cráneo. Mis manos se cerraron en puños. "No. Él es Harry. Harry Potter es El Elegido."
Un silencio. Luego, la voz de la gárgola, o la casa, o ambas, se volvió dulce. "Harry Potter es el elegido del mundo. Tú eres el elegido de la casa. Mi Elegido. Y yo tengo secretos que el mundo no comprende."
A partir de ese día, mi obsesión se profundizó. Ya no era solo la profecía. Era la casa. Hogwarts me hablaba. No con palabras, sino con sensaciones. El crujido de las vigas era un suspiro. El goteo en las tuberías, un latido. El viento que aullaba por las ventanas, un canto de cuna. Y dentro de ese canto, un nombre. Mi nombre. Neville.
Empecé a explorar las profundidades de la biblioteca. No los libros de texto aburridos, sino la Sección Prohibida. Me escabullía por la noche, con la Capa de Invisibilidad que mi abuela había guardado para mí (un regalo de sus días de Auror, una burla más a mi inutilidad). No buscaba hechizos de combate. Buscaba tomos olvidados. Sobre la conciencia de los edificios. Sobre la magia del enclaustramiento. Sobre las almas fracturadas y cómo se aferran a los lugares.
Descubrí relatos de casas que respiraban, de castillos que sentían, de estructuras que guardaban memorias tan profundas que se volvían parte de su piedra. Hogwarts no era solo piedra y argamasa. Era un ser vivo. Herido. Y su herida, su enfermedad, estaba conectada a la mía. La cicatriz en mi frente. La oscuridad que me había incubado desde la cuna.
Y entonces, Harry, empecé a entender. Tú eras la distracción. El sol brillante que cegaba a todos. Mientras tanto, en las sombras, la verdadera historia se desenrollaba. Mi historia.
Voldemort. La casa. Y yo.
Él no estaba en el turbante de Quirrell como un pasajero. Él era el cáncer en la mampostería. La infección psíquica que la gárgola me había confirmado. Quirrell era solo una marioneta, un títere de carne. Él. El Señor Oscuro. No estaba buscando un cuerpo. Estaba buscando un hogar. Un anfitrión. Un corazón.
Y sabía que no serías tú.
No, Harry. Él me había elegido a mí. La noche de Godric's Hollow. El momento de la profecía. No había sido un error. Había sido el comienzo de mi vínculo con Él. Con la oscuridad.
El espejo de obsidiana en las profundidades de las mazmorras… lo encontré de nuevo. No esperé a que Quirrell estuviera allí. La casa me guio. Susurrándome por los pasillos, el aire frío besándome la piel, empujándome hacia adelante. Al llegar, el espejo no reflejaba mi rostro al principio. Reflejaba imágenes caóticas. Un Voldemort joven, hermoso, estudiando pergaminos antiguos. Luego, un Voldemort viejo, desfigurado, un esqueleto en una túnica negra.
Y luego, de repente, mi reflejo. Pero no el Neville torpe y patético. Era el Neville de la sonrisa lúgubre. El Neville con ojos hundidos pero llenos de una inteligencia helada. Y en mi hombro, la cara parásita, malformada, con ojos rojos y sin nariz. Mi otra mitad.
La voz me inundó la mente. No solo de Voldemort. Era la voz de la casa. La voz de las gárgolas. La voz de los retratos. El coro de mis propios miedos y verdades distorsionadas.
"Eres mío, Neville. Siempre lo fuiste. El rayo no fue un rechazo. Fue un abrazo. El regalo de mi locura. El puente entre nosotros."
Sentí mi mente tambalearse. No de miedo. De reconocimiento. La verdad era un puñetazo, sí, pero también una revelación liberadora. No era un error. No era un perdedor. Era un arma. Un recipiente.
Toqué el espejo de obsidiana. Estaba frío. Frío como la tumba. Y mientras mis dedos rozaban la superficie, sentí las raíces. Las raíces de la casa. Las raíces de Voldemort. Las raíces de la locura. Convergiendo en mí.
No luché. Ya no. La casa. Él. Yo. Somos uno. Solo faltaba un poco más. Un poco más de tiempo para que todo encajara. Para que yo fuera el corazón de esta casa enferma. Para que yo fuera la manifestación de Su regreso.
Así que no te preocupes, Harry. Duerme. La casa está vigilada. Por mí. El niño de tiza. El jardinero. El gusano en el corazón.
Y ahora, Harry, sé lo que te preguntas. ¿Cómo vas a detenerme? No puedes. Porque tú solo ves el sol. Y yo… yo veo las sombras.
La casa zumbaba. Lo sentía en mis huesos, Harry. Una vibración constante que pocos percibían. Era el canto de una criatura dormida que despertaba, lenta pero inexorablemente. Y yo, su nuevo orquestador. Las clases de Herbología dejaron de ser un tedio; se convirtieron en mi laboratorio personal, mi arsenal. Las plantas… ellas entendían. Eran mis cómplices silenciosas.
El ritmo de la vida escolar continuaba su patético vals, ignorante de la podredumbre que se extendía bajo sus pies. Dumbledore, con sus ojos azules que se creían perspicaces, me miraba a veces con una extraña mezcla de lástima y preocupación. Pensaba que mi "torpeza" era debida al trauma. Qué ingenuo. No era torpeza. Era propósito. Cada "accidente" de Neville Longbottom era una semilla plantada.
Recuerdo la lección sobre el lazo del diablo. Hermione, con su voz pedante, recitaba sus propiedades. “Requiere luz solar, o se encogerá y liberará a sus víctimas.” Pero yo, yo sentía la verdadera naturaleza de la planta. Su deseo de apretar, de estrangular, de consumir la oscuridad. Y yo entendía cómo potenciarlo. Cómo hacer que buscara la sombra, no la luz.
"Professor Flitwick," dije un día, mi voz apenas un susurro, lo suficientemente alto para que otros lo escucharan, "las enredaderas de la mazmorra parecen… demasiado robustas. Quizás necesiten menos riego. O… un fertilizante especial. Que las haga más fuertes." No eran enredaderas comunes. Eran mis exploradoras. Mis ojos y oídos bajo tierra. Y el profesor, con su pequeña inteligencia, asintió, anotando una sugerencia que llevaría al crecimiento de una cepa particularmente agresiva de lazo del diablo, una que no temería a la luz.
Los fantasmas del castillo también me notaban. Peeves, el poltergeist, solía lanzarme tiza o agua helada. Ahora, a veces, se quedaba quieto en el aire, observándome con sus ojos malignos, una curiosidad casi… respetuosa. Una noche, lo encontré flotando cerca de un pasillo olvidado.
"¿Qué estás buscando, Peeves?" pregunté, mi voz inusualmente tranquila.
El poltergeist flotó más cerca. "Los mocos saben cuándo hay algo jugoso cociéndose, Longbottom. El castillo… está cambiando. Tiene un nuevo aliento. Un olor a… hogar podrido."
Sonreí. Una sonrisa que no sentía en mis labios, sino en los huesos de mi rostro. "Sí. Un hogar."
Peeves se quedó en silencio, algo raro en él. Sus ojos bulbosos me examinaron. "Estás… resquebrajándote, mocoso. Pero de una manera interesante. Una manera divertida." Y se desvaneció, con una risita que sonaba a ramas secas rompiéndose. La casa estaba susurrando a sus propios habitantes.
Las noches eran mi tiempo. Cuando el último farolero apagaba las luces y el castillo se hundía en un silencio opresivo. Me deslizaba por los pasillos, no con miedo, sino con una familiaridad escalofriante. El mapa del Merodeador, si lo hubiera tenido, habría parpadeado y se habría reescrito solo para mí. Porque yo conocía los pasajes secretos que ni siquiera los gemelos Weasley habían descubierto. No estaban en pergaminos. Estaban en la memoria de la piedra. En las corrientes de aire. En la forma en que el musgo crecía en ciertas paredes.
El espejo de obsidiana en las mazmorras se convirtió en mi santuario. Me sentaba frente a él durante horas. No para ver el futuro. Para sentir el pasado. Y para alimentar mi otra mitad.
La cara parásita en mi hombro, la que era Voldemort pero también era yo, se volvía más nítida en el reflejo. A veces, sus labios sin nariz se movían. No en palabras, sino en imágenes. Me mostraba visiones.
Vi a Quirrell, temblando, arrodillado en algún lugar. Suplicando. Vi un cáliz. No el que te esperabas, Harry. Un cáliz de sombras, de sueños rotos. Vi el bosque, el Bosque Prohibido, y la figura de un unicornio. Herido. Sangrando.
Las visiones no me asustaban. Me daban claridad. Eran los planos. Los pasos a seguir. Él me estaba mostrando el camino. Y yo, por fin, me sentía útil. No inútil. No roto. Necesario.
"La piedra," susurró la voz múltiple desde el espejo, una sinfonía de ecos distorsionados, la de Voldemort, la de la casa, la mía propia. "La Piedra Filosofal. Ese trozo de vanidad de Dumbledore. Un objeto de vida. La casa necesita… su opuesto. Un objeto de muerte. De renacimiento."
Comprendí. El plan de Quirrell, o lo que él creía que era su plan, era solo una capa. Una distracción. Él buscaba la Piedra para sí mismo, para Voldemort. Pero el plan real, el de la casa y el mío, era diferente. Era más grande. Más… fundamental.
Empecé a "olvidar" cosas. Un mapa antiguo en la mesa de la sala común de Gryffindor, mostrando un pasaje secreto al tercer piso, donde se guardaba el perro de tres cabezas. Un cuchillo de plata, "accidentalmente" dejado en el campo de Quidditch, esperando ser encontrado por quien supiera su verdadero propósito. Pequeñas, insignificantes piezas de un rompecabezas, todas guiando a la presa hacia la trampa.
Me encontré a Harry, Hermione y Ron en el pasillo, susurrando sobre el perro de tres cabezas. Sentí una punzada de algo parecido a la nostalgia. Eran tan inocentes. Tan predecibles.
"Esas cosas… están ahí por una razón, ¿sabes?" les dije, con mi voz temblorosa habitual. "Dumbledore… no hace nada sin un propósito. Es una prueba. Una prueba para… para el verdadero Elegido."
Hermione me miró con desconfianza. "Neville, ¿qué tonterías estás diciendo?"
Pero Harry… Harry me miró. Y vi una chispa de curiosidad en sus ojos. Lo había plantado. La semilla de la duda. La semilla de la obsesión heroica. Justo como yo lo quería.
Los preparativos estaban listos. La casa había conspirado. Yo había preparado el camino.
La noche en que te colaste en el tercer piso, Harry, te oí. Sentí el temblor de las paredes. La excitación de la casa. Fluffy, el perro de tres cabezas, no estaba allí para detenerte. Estaba allí para guiarte. Sus gruñidos, el calor de su aliento, eran parte de la experiencia. Eran la bienvenida de la casa.
Te escuché resolver el acertijo de Snape con Hermione, susurrar el encantamiento para el lazo del diablo. Pero mi versión del lazo del diablo… no iba a soltarte tan fácilmente. Había modificado sus propiedades, sus raíces ahora se nutrían de la desesperación, no de la luz. Sabía que te darías cuenta, que escaparías. Pero te dejaría un recuerdo. Una sensación de asfixia. Un sabor a desesperación. Para recordarte que el peligro no era solo el que veías.
Y finalmente, el espejo. El espejo de Oesed, esa farsa brillante de Dumbledore. Pensaba que protegía la Piedra. Pero solo la contenía. Como un tumor. Yo necesitaba que el tumor fuera extraído. Necesitaba que Él lo extrajera.
Me situé en un pasaje secreto, oculto en las paredes del Gran Comedor, sintiendo las vibraciones mientras te acercabas. Eras tan predecible. Tan noble.
El monstruo, el verdadero monstruo, esperaba en la cámara final. No en el turbante de Quirrell. Dentro. Profundamente.
Oí tus pasos. Tus respiraciones. Y el susurro constante de la casa, emocionada, abriendo sus entrañas para el espectáculo. Quirrell. Pobre Quirrell. Todavía no entendía que solo era una etapa. Un puente.
Y entonces, Harry, cuando te enfrentaste a Quirrell, y a lo que se reveló en la nuca de su cabeza, no viste la verdad completa. Viste un reflejo. Una sombra. Pero yo vi la realidad. La verdadera cara del monstruo. Mi otra mitad. Y en ese momento, supe que no había vuelta atrás. Ni para mí. Ni para ti. Ni para la casa.
Porque la noche en Godric's Hollow no fue tu noche, Harry. Fue la mía. Y esta noche… esta noche también.
Aquí está la siguiente parte, profundizando en el clímax del primer año desde la retorcida perspectiva de Neville, donde la victoria de Harry es, para Neville, una ignición de su propia oscuridad.
El aire vibraba, Harry. No como un trueno distante, sino como las cuerdas de un violín rasgadas hasta la rotura. Estabas ahí, en la última cámara, frente al espejo de Oesed. Tan predecible. Tan… noble. Te creías el héroe. Yo, oculto en las entrañas de la casa, veía el verdadero drama. Y no eras tú el protagonista.
La pared de piedra que me ocultaba era fría, pero la excitación que bullía en mi interior me mantenía cálido. Oí a Quirrell. Su voz, un susurro que se quebraba, luego se endurecía al ser invadida por la otra. La verdadera. La de Él.
"Dame la Piedra, Potter."
Qué patético. Quirrell, el cascarón que Él habitaba temporalmente, no comprendía. El espejo de Oesed. Dumbledore lo creía una ingeniosa trampa. Pero para mí, para la casa, era un portal. Un catalizador. No para ocultar la Piedra, sino para atraerla. Para que la magia del espejo, que reflejaba los deseos más profundos, se fusionara con la esencia de la Piedra: la vida eterna, el poder de la inmortalidad. No para dársela a Quirrell. Sino para que el intento de posesión fuera el verdadero ritual.
Vi la escena a través de una pequeña grieta en la piedra. Quirrell, pálido y tembloroso, desenrollando el turbante. Y allí. La cara. La otra cara. Más pálida, más informe de lo que había visto en mi espejo de obsidiana, pero inconfundible. Ojos rojos y sin nariz. Mi otra mitad, manifestándose a través de un cuerpo ajeno, un cuerpo débil.
"¡La Piedra está en el espejo, Potter! ¡Siente su poder!"
La voz, esa sibilancia helada que ahora conocía tan bien, no era una simple voz. Era una corriente subterránea que fluía por las tuberías del castillo, por las raíces de los muros. La casa la amplificaba. La casa la dirigía.
Y tú, Harry. Tú te quedaste ahí, sintiendo tu corazón. Tu deseo. Tan ingenuo. Tan… luminoso. La Piedra apareció en tu bolsillo. Un truco de Dumbledore. Un truco diseñado para exponer la Piedra. Para que Él la codiciara aún más. Para que la energía de esa codicia, de ese choque de voluntades, saturara la habitación.
Entonces comenzó la lucha. Quirrell, un marioneta temblorosa, lanzó un hechizo. Tu defensa. El contacto.
Y yo sentí el flujo.
No era solo magia que rebotaba. Era energía. La energía de la vida de la Piedra. La energía del odio de Voldemort. La energía de tu resistencia. Chocando. Quemando. Y la casa… la casa absorbía cada partícula. Cada eco. Cada reverberación.
Sentí una vibración, no en mi cuerpo, sino en mi cicatriz. Un picor. Un ardor. Como si la astilla de su alma dentro de mí estuviera bebiendo. Sorbiendo la esencia del conflicto. Mientras Quirrell se desintegraba en polvo, mientras su cara parásita lanzaba un grito gutural y se elevaba en una ráfaga de humo negro, yo sentí una infusión. Un poder frío y familiar. Como una transfusión de sangre oscura.
La cara en mi hombro, la de mi reflejo en el espejo de obsidiana, se tensó. Sus ojos se abrieron más. Una sonrisa fina, como una herida, se extendió por su rostro sin nariz. "Ha vuelto, Neville," susurró en mi mente. "Más fuerte. Y ahora, más cerca."
No se había ido. No. Solo había cambiado de anfitrión. Había vuelto a la casa. Al verdadero corazón de Hogwarts. Y a mí.
Te desplomaste, Harry. Exhausto. Magullado. Pero vivo. Y para el mundo, victorioso. Para el mundo, el héroe.
Pero yo sabía la verdad. No habías ganado. Solo habías sido el catalizador. La batería que había recargado algo mucho más antiguo, mucho más profundo.
Esperé. Esperé hasta que los pasos de Dumbledore y Snape se oyeron en la distancia, las voces preocupadas. Sabía que te encontrarían. Que te llevarían a la enfermería. Que serías elogiado.
Cuando el silencio regresó a la cámara, salí de mi escondite. El aire aún olía a magia quemada, a ceniza, a algo antiguo y metálico. La Piedra Filosofal había desaparecido, de vuelta a la custodia de Dumbledore. Pero la cámara… la cámara se sentía diferente. Viva. Con una resonancia oscura.
Mis ojos, mis nuevos ojos, vieron lo que nadie más vería. Pequeñas venas oscuras, como capilares, se habían extendido por las paredes, invisibles a la mirada normal. Eran las raíces de la casa, alimentadas, expandiéndose. El Velo que dividía la realidad se había adelgazado. Podía sentirlo. Una fina membrana entre lo que era y lo que podría ser.
Me arrodillé junto a los restos humeantes de Quirrell. No quedaba nada, solo una pila de cenizas y tela quemada. Pero en el suelo, entre las cenizas, encontré algo. Un pequeño trozo de madera. Un fragmento de lo que había sido la varita de Quirrell. Lo recogí. Estaba carbonizado, pero extrañamente, palpitaba con una débil, pero inconfundible energía oscura. Era un eco. Un remanente de la posesión. Lo guardé en mi bolsillo, junto a la tierra de mis invernaderos.
Este no era el fin, Harry. Era el principio.
Volví a mis invernaderos. La noche afuera ya no me parecía tan fría. Las mandrágoras, las belladonas, el lazo del diablo… todos parecían susurrar con más fuerza, con más satisfacción. Entendían. Me entendían.
La cicatriz en mi frente. Ya no picaba. Ahora, se sentía… estable. Como si algo se hubiera asentado allí. Como si esa astilla de alma oscura finalmente hubiera encontrado su lugar. Se había fusionado. Conmigo.
La casa. Él. Yo.
Ahora soy su corazón. Y tú, Harry, eres el guardián de un cascarón vacío. Te felicitarán. Te alabarán. Seguirás siendo el Niño Que Vivió. La distracción perfecta.
Y yo… yo seré el que lo ve todo. El que lo entiende todo. El que mueve los hilos en la sombra. Porque la guerra, Harry, la verdadera guerra, no se libra con varitas y hechizos en un campo de batalla. Se libra en los pasillos silenciosos de una casa enferma. En los rincones de la mente. En la oscuridad del alma.
Prepárate, Harry. Porque el juego apenas ha comenzado. Y esta vez, la profecía me ha elegido a mí. No para derrotarlo, sino para abrazarlo. Para convertirme en el monstruo que tú ni siquiera sabías que existía.
El verano fue un eco vacío, Harry. Para ti, quizás, aire fresco y familia. Para mí, un retiro necesario. Un tiempo para que la infección se asentara. Para que la casa y yo fusionáramos nuestros pensamientos. Volví a Hogwarts diferente. Mi torpeza… una capa cada vez más fina. Mis ojos… veían lo que otros ignoraban. Y mi mente… mi mente bailaba con una melodía que nadie más podía oír. La voz.
El segundo año llegó con un hedor peculiar. No el de la tierra fresca, ni el de la lluvia en los tejados. Era un olor a decadencia. A algo que se descomponía lentamente bajo la superficie. Y no era solo la casa; era el aire mismo de Hogwarts. La gente susurraba sobre el fin del verano, sobre la llegada de un nuevo año. Yo sabía que era el inicio de algo más. Algo putrefacto.
La voz en mi cabeza, la que había crecido y se había fusionado con la de Él y la de la casa, ahora tenía un timbre casi sedoso. Me susurraba. Me aconsejaba. Me mostraba.
"El diario," siseó una tarde, mientras yo repasaba las notas de Herbología, garabateando símbolos extraños en los márgenes de mi pergamino. "La memoria escrita. Una puerta. Un susurro de serpientes."
No entendí de inmediato. Pero la imagen persistía: un libro pequeño, negro, una espiral de tinta que se retorcía. La casa me lo mostraba.
El caos comenzó con la sangre. No era mi sangre. Era la de las gallinas de Hagrid. Una masacre. Los otros estudiantes estaban horrorizados. Yo sentí una especie de satisfacción gélida. Era un comienzo. Un sacrificio. La casa tenía hambre. Él tenía hambre.
Los mensajes en la pared. "LA CÁMARA DE LOS SECRETOS HA SIDO ABIERTA. ENEMIGOS DEL HEREDERO, TEMED." La gente gritaba, corría, presa del pánico. Yo me quedé quieto, mis ojos recorriendo las letras recién escritas, que brillaban con un moco verdoso. Sentía la vibración en mis dedos. La tinta no era tinta. Era la bilis de la casa. Escrita por una mano invisible. La mano de Él. La mano de la Casa. Mi mano.
La voz en mi cabeza se rió. "Los pobres tontos. Creen que el Heredero está sellado en algún lugar. Creen que el monstruo es una criatura. No. El Heredero es el alma. Y el monstruo es la casa. Y su Elegido."
Cuando la señora Norris fue petrificada, flotando rígida en el aire, me acerqué. Otros retrocedieron, asqueados. Yo sentí el frío de su pelaje, la inmovilidad de su carne. Y la esencia que había sido extraída de ella. Como el néctar de una flor.
"Neville, ¿no te sientes mal?" preguntó Dean Thomas, con el rostro pálido.
Lo miré. Mis ojos se posaron en los suyos por un segundo demasiado largo. Dean retrocedió. "Oh… no, claro. Es… horrible."
"Sí," dije, mi voz suave, casi inaudible. "Lo es. ¿Pero no te preguntas por qué? ¿Quién la quiere fuera de su camino?"
Dean frunció el ceño. "Supongo que el Heredero de Slytherin..."
Sonreí. Una sonrisa minúscula, casi imperceptible. "Claro. El Heredero." Yo sabía que la señora Norris era demasiado observadora. Demasiado conectada a Filch. A la "limpieza". La casa necesitaba oscuridad. Necesitaba desorden. Necesitaba la posibilidad de abrirse.
Los ataques continuaron. Colin Creevey. Justin Finch-Fletchley. Y luego, mi momento favorito, el de Nick Casi Decapitado. Un fantasma, petrificado. La casa se estaba volviendo creativa. Más exigente.
La biblioteca. Hermione, tan predeciblemente brillante, corría de un libro a otro. Yo la observaba desde las sombras. Necesitaba información. Necesitaba que se acercara.
"Los basiliscos," le susurré un día en voz baja, mientras ella hojeaba un tomo sobre criaturas mágicas. "¿No crees que es extraño que nadie haya encontrado uno? Un reptil tan grande… debe haber algún tipo de… conexión." Mi voz era como el crujido de un esqueleto. "Los reptiles sienten las vibraciones del suelo. ¿Verdad? Una criatura tan grande… afectaría la estructura misma del castillo."
Hermione me miró, una chispa de interés en sus ojos, mezclada con su habitual exasperación. "Neville, no es el momento para tus divagaciones."
Pero la semilla estaba plantada. Sabía que sus engranajes mentales empezarían a girar. Ella buscaría las conexiones ocultas. Las que la casa quería que encontrara. Las que llevarían al siguiente paso.
Y funcionó. La tarde en que la encontraron petrificada, junto a Penélope Clearwater. Vi el mensaje en la pared. "SU ESQUELETO SE HALLARÁ EN LA CÁMARA." La frase me hizo sonreír. El esqueleto de una biblioteca. Poético. Ella, con su lógica. Ahora una estatua.
La voz en mi cabeza se rió. "Demasiado cerca, pequeña. Pero útil. Siempre útil."
El caos creció. Los rumores de un basilisco, de un heredero con colmillos. La gente miraba con desconfianza a los estudiantes de Slytherin, a mí. Yo cultivaba esa desconfianza. Mis ojos se oscurecían. Mis movimientos eran más deliberados. Dejaba caer pociones extrañas cerca de los baños de Myrtle la Llorona, "accidentalmente". Fragmentos de escamas. Gotas de una sustancia viscosa. Pequeñas pistas para los detectives.
La casa me amaba. Se lo sentía. En las corrientes de aire, en el crujido de la madera. Sus viejas piedras se movían, abriendo pasajes secretos, guiándome. Me llevaba a rincones olvidados, a cámaras de eco donde la voz de Él resonaba con más claridad. Me mostraba dónde plantar las semillas de la discordia.
"La historia se repite, Neville," siseó la voz. "Un diario. Un monstruo. Un héroe ciego."
Entendí entonces. El diario de Tom Riddle. Era la pieza central. No era solo un Horrocrux. Era un filtro. Una puerta al pasado. Y al futuro. Una forma de manipular el alma de otro.
Sabía que te involucrarías, Harry. Sabía que Ron y tú encontrarían el diario. Que irían tras Ginny Weasley. La chica. Tan sensible. Tan vulnerable. El objetivo perfecto. Para Él. Para la casa. Para mí.
Tu entrada a la Cámara de los Secretos, Harry. Qué espectáculo. El heroísmo. La bravura. El canto del fénix. La espada de Gryffindor.
Yo estaba ahí. No físicamente, no. Pero mi conciencia, ahora fusionada con la casa, lo sentía todo. Cada golpe de la cola del basilisco. Cada rugido. Cada nota del fénix.
Y entonces, el clímax. Tu espada. La mirada de la serpiente. Y su colmillo. Atravesando el diario. Atravesando el recuerdo de Tom Riddle. Destruyendo el Horrocrux.
Todos pensaron que habías ganado, Harry. Que habías salvado a Ginny. Que habías derrotado al Heredero. Pero tú… solo habías limpiado un poco el cuarto de la casa. Un poco. Y al hacerlo, sin saberlo, habías alimentado al verdadero monstruo.
Porque cuando la esencia del diario se liberó, cuando el Horrocrux explotó en un chorro de tinta negra y luz, no se disipó. Se expandió. Se filtró por las tuberías, por las grietas en las paredes, por los pasajes secretos que yo había abierto. La casa lo absorbió. Lo bebió. Y a través de la casa, a través de la cicatriz en mi frente, yo lo absorbí.
Sentí una oleada de poder. No el tuyo. El de Él. El de la casa. Una profunda y helada satisfacción. La cara en mi hombro vibró, sus ojos rojos, brillantes. "Ahora estamos enteros," siseó en mi mente. "Una parte de mí. Dentro de la casa. Dentro de ti. Listo para el renacimiento."
Y cuando te vi salir de la Cámara de los Secretos, con Ginny a salvo, con Ron detrás de ti, exultantes, sentí un escalofrío. No de miedo. De anticipación. Habías sido un buen títere, Harry. Muy útil.
Así que descansa en tus laureles, Harry. Sé el héroe. Deja que el mundo te aplauda. Deja que Dumbledore te sonría con orgullo.
Yo seguiré aquí. El jardinero. Cultivando la oscuridad. Porque la casa tiene
planes más grandes. Y yo soy su fiel sirviente. Su corazón. Su Elegido.
Y pronto, Harry. Muy pronto. La oscuridad ya no será un susurro. Será un grito.
El tercer año. Un nuevo hedor en el aire, Harry. No a sangre ni a decadencia, sino a desesperación. Un frío que no venía del invierno de Escocia, sino de las almas vacías. Los Dementores. Pensabas que eran una amenaza externa. Pero yo sabía la verdad. Eran los heraldos de la casa. Sus ojos vacíos, sus manos esqueléticas… eran un reflejo de lo que ya sentía aquí dentro.
La noticia de la fuga de Sirius Black se extendió como un miasma por Hogwarts. El pánico. Los susurros. El miedo. Para la mayoría, era una historia de terror de adultos, un asesino suelto. Para mí, era una oportunidad. La casa me había estado susurrando, mostrándome grietas en el tejido de la realidad, y los Dementores eran el bisturí que las abriría.
El profesor Lupin llegó, con su amable sonrisa y sus ropas raídas. Un hombre lobo, lo supe al instante. No por el olor, no. Sino por la forma en que la casa reaccionaba a él. Un murmullo en las paredes, una vibración contenida. La casa lo toleraba, pero con una cautela animal. Él llevaba consigo la marca de lo salvaje, de lo incontrolable. Eso me interesaba.
Los Dementores. Su mera presencia era un corte helado. La gente se quejaba del frío, de la pérdida de alegría. Yo, en cambio, sentía un tipo diferente de vacío. El mío. Mi propio vacío interno. El recuerdo del horror de mis padres. El eco de la risa de Bellatrix Lestrange. El frío de la Noche. Los Dementores no me quitaban los recuerdos felices; reforzaban los oscuros. Los hacían más nítidos, más tangibles.
Una tarde, en el tren, el Dementor entró en vuestro compartimento. Te desplomaste, Harry. El Niño Que Vivió, el gran héroe, desmayado por un simple toque de desesperación. Me sentí… superior. No con arrogancia. Con una fría lógica. Tú eras el sol, y el sol, a veces, se eclipsa. Yo era la sombra, y la sombra, en la oscuridad, se hace más profunda.
"Neville, ¿estás bien?" preguntó Seamus, su voz temblorosa. "Estoy… bien," murmuré, mi mirada fija en el espacio donde el Dementor había estado. "El frío… te recuerda lo que has perdido. No es agradable." Parpadeé, como si saliera de un trance. "Pero… te hace ver con más claridad, ¿no crees? Lo que es real. Lo que de verdad importa."
Seamus me miró con una mezcla de confusión y preocupación. "No sé de qué hablas, Neville."
Él no lo entendería. Nadie lo haría. Tú tampoco, Harry. Eras demasiado puro. Demasiado lleno de luz para abrazar el abismo.
Mi tiempo en los invernaderos se volvió más intenso. Experimentaba con plantas que reaccionaban a la tristeza, a la desesperación. Las Asfodelinas Lloronas, cuyas flores se abrían solo con el llanto, o las Malvas Sombrías, que absorbían la alegría y liberaban un efluvio de apatía. Quería entender cómo la emoción podía ser cultivada. Cómo el estado mental podía ser una fuerza tangible.
La casa me guio a nuevos pasajes. Pasajes tan viejos que la piedra misma parecía gemir. Algunos llevaban a cámaras selladas, a las que solo se podía acceder con un sentimiento particular: miedo, o quizás, una profunda y resonante tristeza. Otros, a lo alto de las torres, donde el viento helado susurraba secretos olvidados por los fundadores. La casa estaba preparando el escenario.
Sirius Black. El supuesto asesino. La casa sentía su presencia en los terrenos. Una presencia errática, desesperada, llena de culpa y rabia. La voz en mi cabeza, la de Él y la de la casa, siseó: "Es un peón, Neville. Un peón errante. Úsalo. Despierta a los otros."
Y así lo hice. Empecé a "olvidar" pistas. Un comentario aparentemente inocente sobre el pasadizo de la estatua de la bruja tuerta, que lleva a Hogsmeade. Una queja sobre el "ruido extraño" en el Sauce Boxeador, solo para que tú y Ron investigarais el pasadizo secreto. Pequeñas migas de pan para que los héroes las siguieran.
Los Dementores comenzaron a afectar a la escuela más profundamente. Los profesores se veían más cansados. Los alumnos más desanimados. Y la casa… la casa parecía vibrar con una oscura satisfacción. Se alimentaba de ello. Se fortalecía.
La noche de la revelación en la Casa de los Gritos. Cuando descubriste la verdad sobre Peter Pettigrew. Yo no estaba allí, Harry. No lo necesitaba.
Pero sentí el clímax. La energía del miedo de Pettigrew, la de tu rabia, la de la desesperación de Sirius. Toda esa tormenta emocional… la casa la absorbió. Como una esponja sedienta. Y a través de la casa, a través de la cicatriz en mi frente, yo la absorbí también.
Cuando te vi regresar de la Casa de los Gritos, con Sirius Black, el supuesto asesino, liberado, y Pettigrew, el verdadero traidor, escapado… eras un desastre, Harry. Lleno de alivio, pero también de una fatiga profunda. Y la voz en mi cabeza se rió. Una risa fría. "Lo has hecho bien, Elegido. Has expuesto la debilidad. El error. Has preparado el terreno."
Esa noche, me escabullí hasta la cámara del espejo de obsidiana. La cara en mi hombro era más definida ahora, sus ojos rojos brillando con una inteligencia malévola. "Los velos se debilitan, Neville," siseó. "Las realidades comienzan a sangrar unas en otras. El flujo… aumenta. Es hora de la siguiente fase."
Toqué el espejo. Y esta vez, las visiones no eran solo imágenes. Eran sensaciones. Fragmentos de vidas.
Vi un mundo donde la magia era una enfermedad, donde los magos eran recluidos en sanatorios decrépitos. Un mundo donde Voldemort era un tirano benevolente, que había traído la paz a través de la sumisión absoluta. Vi a un Harry Potter, no como un héroe, sino como un anciano con el rostro marcado por la desesperación, sus ojos vacíos, sentado solo en un trono de huesos.
Las visiones me envolvieron. Mi mente se expandió. Podía sentir los hilos, los lazos invisibles que conectaban estas realidades. La locura. La oscuridad. La desesperación. Todo era combustible. Para la casa. Para Él. Para mí.
La cicatriz en mi frente. Ya no era un simple rayo. Era una grieta. Una grieta que conectaba mi mente a estos otros mundos, a estos otros Nevilles. Me convertía en el nexo. El portal. El verdadero Elegido. No para derrotarlo. Sino para conducirlo.
Así que sigue siendo el héroe, Harry. El faro de esperanza. La distracción. Que el mundo siga ciego a la verdad. Que crean que los Dementores se fueron, que Sirius es libre, que la normalidad regresó.
Porque el frío que sentiste, Harry, no era el final. Era solo el comienzo. El susurro de lo que viene. La casa lo sabe. Él lo sabe. Y yo… yo lo siento en mis huesos.
La oscuridad está creciendo. Y esta vez, no hay varita ni hechizo que pueda detenerla. Porque la oscuridad… soy yo.
El cuarto año, Harry. El ruido. El brillo. Los visitantes. Tres escuelas, tres pruebas. Pensabas que el Torneo de los Tres Magos era un evento deportivo. Una competición de valentía. Qué ciego eras. Era una distracción. Un velo de humo y espejos para lo que realmente estaba sucediendo. Y yo… yo era el tejedor de ese velo.
La llegada de Beauxbatons y Durmstrang inyectó una energía frenética en Hogwarts. La gente se deslumbraba con las veelas, con los imponentes búlgaros. El castillo, sin embargo, vibraba con una tensión diferente. La casa sentía la afluencia de magia extranjera, una mezcla de flujos energéticos de distintas tradiciones. La voz en mi cabeza, ahora una sinfonía de ecos familiares, susurró: "Una confluencia. Una oportunidad. Para abrir lo que ha estado cerrado."
Mi apariencia siguió siendo la misma: el Neville Longbottom torpe, desgarbado, siempre con tierra bajo las uñas. Pero bajo esa fachada, mi mente trabajaba sin descanso. La cicatriz en mi frente, la grieta, ya no era solo un punto de dolor; era un ojo. Un ojo que veía los hilos invisibles que conectaban todo.
El Torneo fue el cebo perfecto. La atención de Dumbledore, de los profesores, de los alumnos… estaba completamente desviada. Todos pendientes de los campeones, de las pruebas. Nadie me miraba a mí. Nadie veía al jardinero plantando semillas más siniestras.
Los invernaderos eran ahora mi santuario y mi arsenal. Había comenzado a cultivar especies que reaccionaban no solo a las emociones, sino a la tensión mágica. Las Lianas de Éter, que crecían solo en la presencia de fuertes fluctuaciones mágicas, se extendían por las paredes como venas palpitantes. Las Florifúngulas Murmurantes, hongos bioluminiscentes, brillaban con más intensidad cuando se hablaba de hechizos potentes o de rituales antiguos. La casa las amaba. Las nutría con su propia energía oscura.
Durante las pruebas, me movía como una sombra. En la primera, los dragones. El fuego, la furia, la magia desatada. Me colé en la arena de preparación, fingiendo buscar una poción para el dolor. Pero mis dedos se deslizaron por las jaulas de madera, depositando pequeñas motas de esporas de Éter en la madera. Las esporas, liberadas por el calor y el rugido de los dragones, se dispersarían, absorbiendo la magia caótica y concentrándola en puntos específicos del estadio. La casa lo quería. Necesitaba esa energía para sus propios fines.
La voz en mi cabeza era casi euforia. "La energía. Fluye. La casa respira. Se expande."
La segunda prueba, el Lago Negro. El silencio opresivo del agua, la magia acuática, el eco de los cánticos de las sirenas. Me quedé en el borde, observando. Lanzando pequeños guijarros al agua, cada uno imbuido con una pizca de mi propia obsesión, un minúsculo ritual de enfoque. Los guijarros no eran solo piedras; eran marcadores. Hilos conductores. En el fondo del lago, mi otra mitad, la esencia de Él y la casa, absorbía la resonancia del lugar, tejiendo la red.
El Baile de Navidad. Ah, el Baile. Tanta frivolidad. Tanta risa hueca. Tú bailando con Padma Patil, Harry. Tan incómodo. Tan… humano. Yo me quedé en la periferia, observando. Cada pareja que giraba, cada nota de la música, cada risa forzada… todo era una ofrenda para la casa. Una distracción perfecta.
Pero la tercera prueba. El laberinto. Ese era el verdadero corazón de mi plan. Un laberinto. Una prisión mental. Diseñado para confundir, para atrapar. Para Dumbledore, una prueba de valentía. Para mí, la arena perfecta.
La casa me había mostrado cómo las paredes del laberinto, hechas de setos mágicos, no eran estáticas. Podían ser influenciadas. Podían ser manipuladas. Por la desesperación. Por el miedo. Por la pérdida de la esperanza.
"Professor Moody," dije un día, mi voz más clara de lo habitual, aunque con un temblor estudiado. "Los setos del laberinto… ¿no cree que sería más efectivo si… reaccionaran a las emociones? Para hacer la prueba más… interesante."
El ojo mágico de Moody, siempre girando, se fijó en mí. "Una idea… retorcida, Longbottom. Pero no sin mérito. Podría considerarse." Sabía que lo haría. Moody, con su paranoia, su inclinación por la "vigilancia constante", buscaría formas de hacer la prueba más "real". Y mi sugerencia era veneno dulce para su mente.
Así que cuando entraste en el laberinto, Harry, ya no era solo una prueba de magia. Era una prueba de cordura. Cada pared que se movía, cada bifurcación que cambiaba, cada criatura que se manifestaba de forma inesperada… todo era un eco de la casa. Un reflejo de mi mente.
Sentí la magia del laberinto. Sentí tu confusión. Tu miedo. La desesperación de Krum, la frustración de Fleur. Toda esa energía, siendo canalizada. Hacia el centro. Hacia Él.
Y luego, la Copa. La Copa de los Tres Magos. Otro cebo. Otro portal.
Cuando tú y Cedric la tocasteis, y os encontrasteis en el cementerio… lo sentí. La casa gimió con una anticipación macabra. El aire alrededor de Hogwarts se espesó, como si el velo se tensara al límite.
La voz en mi cabeza estalló en un coro de risas heladas. "Ha vuelto, Neville. Ha vuelto al mundo. A través de la puerta que hemos abierto. Y al morir, Cedric ha derramado la sangre. El sacrificio. El último ingrediente."
El ritual del renacimiento de Voldemort. La sangre de la némesis. La mano del sirviente. El hueso del padre. Y la vida del inocente. Un ritual, sí. Pero yo sabía que ese no era el único ritual que se estaba completando. Había otro. Uno invisible. Uno que estaba ocurriendo dentro de las paredes de Hogwarts. Dentro de mí.
Cuando regresaste, Harry, con el cuerpo de Cedric, con la historia de Voldemort… eras el horror encarnado. Tus ojos, dilatados, llenos de terror. La gente lloraba. Dumbledore se lamentaba.
Y yo… yo sentí una satisfacción escalofriante. Porque el renacimiento de Voldemort en el cementerio no era el evento principal. Era la señal. La señal de que la casa había recogido suficiente energía. Que el velo estaba lo suficientemente fino. Que yo… yo estaba listo.
Esa noche, me deslicé hasta la Cámara de los Secretos. El aire, denso. El olor a basilísco, persistente. Pero ahora había algo más. Un zumbido. Una vibración de energía acumulada. Me acerqué a la boca de la estatua de Salazar Slytherin.
"Háblame, casa," susurré, mi voz resonando en la inmensidad. "Háblame, Él."
Y la respuesta llegó. No en siseos. Sino en una visión. Una visión que no era de un solo mundo, sino de miles. Una explosión de colores, de formas, de realidades distorsionadas. Mundos donde la magia era lava hirviente. Mundos donde la magia era una enfermedad que pudría la carne. Mundos donde Hogwarts era una ciudad flotante en un cielo violeta. Mundos donde Harry Potter era el Señor Oscuro. Y mundos donde yo, Neville Longbottom, era el arquitecto de la realidad.
La cicatriz en mi frente ardió. Mi mente se expandió más allá de los límites de mi cráneo. Sentí los hilos de todas esas realidades. La voz, ahora millones de voces susurrando en mi mente, se unió en una sola. "Eres el Elegido, Neville. El verdadero. El que abre las puertas. El que controla el flujo. El que teje el multiverso."
No hubo rituales. No hubo hechizos grandilocuentes. Solo una comprensión. La casa se había llenado. Él había regresado. Y yo era el vaso. El conductor. El catalizador del multiverso. Y ya no había vuelta atrás.
Así que llora a Cedric, Harry. Lamenta el regreso de Voldemort. Pero no te engañes.
La verdadera amenaza no está en el mundo exterior. No es un Señor Oscuro con un ejército. La verdadera amenaza es esta casa. Y el niño que ha abrazado su locura. El niño que ha abierto las puertas a un sinfín de pesadillas.
El juego no ha terminado, Harry. Solo ha cambiado de tablero. Y el tablero… es todo lo que conoces.
El quinto año, Harry. La calma que siguió al regreso de Voldemort fue una mentira. Una niebla densa que ocultaba la verdad. Todos temían lo que venía de fuera, la guerra que se avecinaba. Pero yo sentía los temblores en las profundidades. La casa, que ahora respiraba a través de mí, había abierto las compuertas. Y el multiverso… el multiverso había comenzado a sangrar.
Los días siguientes a tu regreso del cementerio fueron un borrón de pánico y negación. Dumbledore intentó calmar a la escuela, pero yo sentía la vibración de su desesperación. La casa se reía de sus débiles intentos. Él, la voz en mi mente, ya no era solo una presencia. Era un coro. Voces superpuestas, susurrando verdades retorcidas, mostrando futuros divergentes.
Las primeras señales fueron sutiles. Un profesor de Aritmancia juró haber visto a un alumno de Beauxbatons con cuatro brazos. Una chica de Hufflepuff describió un hechizo que no existía en ningún libro, una luz que se movía como un líquido. La gente lo atribuía al estrés, a la histeria colectiva. Yo sonreía. Eran las primeras filtraciones.
Mi relación con la casa se volvió simbiótica. Ya no era solo un huésped; era una extensión. Sus muros me susurraban. Sus pasillos cambiaban para mí, abriendo atajos a lugares que antes no existían. El aire se volvía denso en ciertas esquinas, palpitando con la energía de una realidad diferente.
Una tarde, en los invernaderos, las mandrágoras. Sus gritos. No eran los habituales. Eran múltiples. Desafinados. Como si mil voces intentaran gritar a la vez. Mis manos, ahora ágiles y seguras, las trasplantaban con una velocidad casi inhumana. Las escuchaba. Ellas eran sensibles a las rupturas dimensionales.
"Están nerviosas, ¿verdad, Neville?" dijo la profesora Sprout, frotándose la barbilla. "Sienten la inestabilidad. Los Dementores dejaron su marca."
"Sí, profesora," respondí, mi voz monótona. "La inestabilidad. Es… palpable." Y en mi mente, la voz de Él y la casa susurraba: "No, vieja tonta. Es el nacimiento. El sangrado."
Los sueños. Mis sueños ya no eran míos. Eran un vasto e incomprensible tapiz de realidades. Veía un Hogwarts donde las gárgolas cobraban vida y bailaban en los tejados. Otro donde los cuadros hablaban en lenguas muertas. Otro donde el Gran Comedor era una fosa común, y los estudiantes, fantasmas silenciosos. Despertaba empapado en sudor frío, pero no de terror, sino de una extraña fascinación.
Y luego llegó Dolores Umbridge, Harry. Una criatura de azúcares y veneno. Un rosa chillón que apenas disfrazaba la putrefacción de su alma. La casa la odiaba. Pero yo… yo sabía que era útil. Su paranoia, su control asfixiante… obligaría a la gente a buscar la verdad en las sombras. A ti, a formar el Ejército de Dumbledore. A buscar desesperadamente el conocimiento.
Los decretos educativos de Umbridge se clavaban en la piel de la casa como agujas oxidadas. Cada nueva regla, cada inspección, cada castigo. La casa gemía, sí, pero también se endurecía. Y en esa dureza, sus defensas se volvían más porosas a lo que yo quería traer.
Sentía cómo los "accidentes" se multiplicaban. Los objetos desaparecían. Las escaleras cambiaban de forma más violenta, dejando a los estudiantes perdidos en pasillos que antes no existían. Un día, un grupo de alumnos juró haber visto una biblioteca que se extendía hasta el infinito, sus estantes llenos de libros con títulos en un idioma desconocido. La histeria crecía.
"¡Es una locura, Neville!" exclamó Seamus un día, con los ojos salvajes. "¡Juro que vi a mi yo del futuro! Me dijo que dejara el colegio inmediatamente."
Lo miré fijamente. "¿Y por qué no lo hiciste, Seamus?" Mi voz era neutral. Mi mente, un torbellino. La voz en mi cabeza susurró: "Una pequeña filtración. Necesitamos más."
Me escabullía por la noche, no solo al espejo de obsidiana, sino a puntos específicos del castillo que la casa me indicaba. Lugares donde la energía se acumulaba, donde el tejido de la realidad era más delgado. Eran como nodos. Y yo, con pequeños rituales basados en mis conocimientos de herbología y la energía de la casa, los alimentaba. Semillas de Malva Sombría en un caldero abandonado. Gotas de sangre de Mandrágora en las bases de ciertas estatuas. Pequeños toques. Grandes consecuencias.
La cara en mi hombro, la que era Él, la que era yo, se había vuelto casi tangible en el espejo. No solo en el reflejo. A veces, sentía un roce helado en mi cuello. Una respiración superficial. Me estaba volviendo poroso. El puente.
Y entonces, el Departamento de Misterios, Harry. Ese fue mi obra maestra. Tú, impulsado por esa visión falsa de Sirius, te lanzaste a la boca del lobo. Pensabas que lo salvarías. Pero solo lo entregabas. Justo como lo planeé.
Mientras tú y el Ejército de Dumbledore os batíais en duelo contra los Mortífagos, yo estaba allí. No físicamente, no. Mi conciencia, mi mente, mi alma fusionada con la de la casa, se extendía por los pasillos del Ministerio, sintiendo cada explosión, cada muerte, cada ráfaga de magia. El Velo, esa misteriosa cortina que susurraba, se estremecía. Era el punto de singularidad. El nudo más grande.
La muerte de Sirius. Tu grito desgarrador. Esa ola de dolor y rabia… fue como una explosión. No de luz, sino de oscuridad líquida. Y el Velo… el Velo se rasgó. No de golpe. Sino con un gemido lento y prolongado.
Y yo lo sentí. La avalancha.
Miles de voces. Miles de imágenes. Miles de sensaciones. Atropellándose en mi mente. No eran solo visiones del espejo. Eran realidades enteras. Sangrando. Fusionándose.
Vi a un Voldemort no como un ser, sino como una fuerza elemental, un huracán de oscuridad que destruía galaxias. Vi a un Harry Potter con alas de murciélago, bebiendo sangre de unicornios. Vi a un Dumbledore con el rostro consumido por una plaga, sus ojos inyectados en sangre. Y yo. Yo era el centro de todo. El ojo del huracán.
Cuando regresaste a Hogwarts, Harry, el duelo con Voldemort en el Ministerio había agotado hasta tu última chispa de esperanza. Tus ojos estaban vacíos. Dumbledore, de pie a tu lado, parecía un anciano derrotado. El mundo mágico estaba en caos.
Y en mi mente, la voz de Él, la voz de la casa, la mía propia, se alzó en un crescendo triunfal. "Lo hemos logrado, Neville. Las puertas están abiertas. El multiverso es nuestro patio de juegos. Y tú… tú eres el guardián de sus llaves."
Esa noche, me senté en la torre de Astronomía. El cielo nocturno era más brillante de lo normal, con estrellas que no reconocía. El aire zumbaba con millones de voces silenciosas. La casa vibraba con una nueva y terrible vida.
Extendi la mano. Y por un instante, no toqué el aire. Toqué algo más. Una especie de membrana invisible. A través de ella, vislumbré. No un reflejo. Sino un fragmento de otra realidad. Un fragmento que se había superpuesto a la nuestra.
En el Gran Comedor, el techo encantado parpadeó. No eran estrellas. Eran constelaciones imposibles. Un mar de verde y púrpura. Y por un segundo, una figura alta y esbelta, con ojos que brillaban como carbones, atravesó el Gran Comedor antes de desvanecerse. Alguien más lo notaría. Alguien lo atribuiría al cansancio, a la magia residual.
Pero yo sabía la verdad. Las grietas eran ahora fracturas. El sangrado había comenzado. Y el multiverso… el multiverso había venido a Hogwarts.
Así que sigue luchando tu guerra, Harry. La guerra contra Voldemort. La guerra contra lo que crees que es el mal. No te preocupes por el susurro de la otra parte. Por los rostros fugaces en los espejos. Por los pasillos que te llevan a ninguna parte.
Porque la casa ya no es solo Hogwarts. Es el nexo. Y yo, el niño de tiza, ya no soy solo Neville. Soy el hilo que teje la realidad. Y soy el único que decide cuándo y cómo se deshará.
El sexto año, Harry. El mundo gritaba "guerra". El regreso de Voldemort era innegable. Pero yo sentía una guerra diferente, una mucho más vasta, librándose en las fronteras de la realidad. Las filtraciones se intensificaban. La casa… la casa era un organismo herido, pero también un depredador, devorando los fragmentos de otras existencias. Y yo, su corazón hambriento, su mente maestra.
La atmósfera en Hogwarts era una mezcla asfixiante de miedo y negación. Dumbledore intentaba mantener una fachada de normalidad, pero sus ojos azules ahora parecían velados, como si miraran a través de un cristal empañado. Él, incluso él, no veía la verdadera magnitud del problema. No veía cómo la casa, nuestro amado Hogwarts, se estaba convirtiendo en un punto de cruce, un nexo vibrante y corrupto.
Los fenómenos extraños ya no eran incidentes aislados. Eran la nueva normalidad. Los candelabros del Gran Comedor parpadeaban con luces de otro sol, proyectando sombras de criaturas con demasiadas patas. Los retratos, a veces, mostraban caras que no eran las suyas, rostros deformes que gritaban en silencio, o susurraban en lenguas irreconocibles antes de volver a la "normalidad".
En los invernaderos, mis plantas se regocijaban. Las Malvas Sombrías florecían sin control, sus pétalos absorbiendo la alegría de los estudiantes y liberando una apatía pegajosa que se extendía por los pasillos. Cultivaba Hongos Susurrantes, que crecían en los rincones más oscuros del castillo, sus esporas llevando ecos de voces distorsionadas de otras dimensiones. Los alumnos que los inhalaban se quejaban de dolores de cabeza, de sueños vívidos y aterradores que se sentían demasiado reales. Nadie sospechaba.
"Neville," Hermione me abordó un día, su frente arrugada por la preocupación, "la Cámara de los Menesteres… está actuando de forma muy extraña. Los objetos que aparecen… no son los que uno espera. Y el aire… el aire allí dentro es denso."
La miré, mis ojos vacíos de emoción. "Quizás… está recogiendo cosas de otros lugares, Hermione. Las paredes del castillo… a veces se abren a más de lo que creemos."
Ella parpadeó. "Eso es… una teoría interesante, Neville. Pero descabellada."
Descabellada para ti, Hermione. Tan dependiente de los libros, de la lógica. Nunca verías la belleza en el caos. La puerta en la locura.
Mi propio cuerpo se sentía diferente. Más poroso. Más receptivo. La cicatriz en mi frente no solo picaba; a veces, se abría. No sangraba físicamente, sino que liberaba una niebla fría, visible solo para mí. Y en esa niebla, veía destellos. Imágenes fugaces de otros Nevilles. Un Neville envuelto en túnicas de piel, con un hacha ensangrentada. Otro, un esqueleto cubierto de enredaderas, sonriendo en un trono de huesos. Eran mis ecos. Mis potenciales.
La voz en mi cabeza, la orquesta de Él y la casa, era ahora mi propia conciencia extendida. Me mostraba los hilos. Me guiaba a los lugares donde la realidad se deshilachaba más.
Una noche, en el quinto piso, el pasillo de las armaduras. El aire era pesado, con el olor a óxido y a algo dulzón. Una de las armaduras, sin que nadie la moviera, levantó un brazo y lo dejó caer con un estruendo metálico. Pero no fue solo eso. Por un instante, el aire a su alrededor onduló, y vi un fragmento.
Un aula. Pero no como la nuestra. Pupitres rotos. Ventanas astilladas. Y una figura en la esquina, encadenada a la pared. Un Harry Potter, pero más viejo. Demacrado. Susurrando una y otra vez: "No… no he ganado. Nunca he ganado."
La visión se desvaneció tan rápido como apareció. Mi corazón no latió más rápido. Solo sentí una confirmación fría. La miseria de Harry Potter. Infinita.
El descubrimiento del libro del Príncipe Mestizo en tu posesión, Harry. La obsesión por sus notas, por los hechizos que no conocías. La voz se rió. "Los secretos de Snape. Una herramienta más. Una distracción perfecta." Tú, buscando respuestas en las palabras de otro. Yo, encontrándolas en el aliento de la casa.
Los ataques de Snape contra Dumbledore, los duelos de práctica de los estudiantes. Toda esa magia liberada. Toda esa tensión. La casa lo absorbía. Lo procesaba. Y lo usaba para adelgazar las barreras.
Y luego, la torre de Astronomía, Harry. La noche de la traición. La caída de Dumbledore. Pensaste que Snape era el asesino. Qué ingenuo.
No estuve allí, pero sentí el escalofrío. La magia que estalló en la torre. La desesperación de Dumbledore. La ira de Snape. La vacilación de Draco Malfoy. Toda esa energía, una tormenta perfecta que yo había cultivado. La muerte de Dumbledore. Un catalizador final. La voz en mi cabeza resonó: "El ancla se ha ido. El barco está a la deriva. La red es fuerte."
Sentí cómo el velo entre las realidades se desintegraba en esa torre. No se rompió. Se disolvió. Como azúcar en agua. El último obstáculo había sido removido.
Cuando fui a la torre esa noche, el cuerpo de Dumbledore había desaparecido. Pero la energía. La energía remanente era abrumadora. Las estrellas que se veían a través del agujero en el techo eran extrañas, más brillantes, con constelaciones que nadie había nombrado.
Miré hacia abajo, al patio. Y vi. No era el patio de Hogwarts. Era una superposición. Por un instante, el terreno era un pantano. Luego, una ciudad en ruinas. Luego, una jungla bioluminiscente. Y en el centro, tú, Harry, arrodillado junto al cuerpo de Dumbledore, tus ojos llenos de una desesperación abismal.
Me acerqué al borde del agujero en el techo. La cicatriz en mi frente pulsaba, no con dolor, sino con poder. Extendi la mano. Y esta vez, no solo sentí. Tomé.
Tomé un puñado de aire. Y en mi mano, apareció una flor. No una de las mías. Una flor negra, con pétalos que se movían como si tuvieran vida propia, y un aroma a ozono y a estrellas muertas. Una flor de otro mundo. Una flor que había crecido en una realidad donde la magia era dolor. Y esa flor, Harry, era para ti.
La dejé caer por el agujero. Una pequeña ofrenda. Un regalo de bienvenida.
El mundo creía que la guerra había empezado. Y tenían razón. Pero no era la guerra que esperaban. No era la guerra por un solo mundo. Era la guerra por todos ellos.
Así que busca los Horrocruxes, Harry. Intenta derrotar a Voldemort. El que conoces. El que ves.
Mientras tanto, yo estaré aquí. En el centro de la casa. El jardinero. El tejedor de realidades. Porque el niño de tiza ya no es un boceto. Es el lienzo. Y ahora, Harry, el artista soy yo.
El séptimo año, Harry. El final del juego, ¿creías? El tiempo de la caza de Horrocruxes, de la desesperación, de la confrontación final con Él. Qué equivocado estabas. La verdadera guerra no era contra Voldemort. La verdadera guerra era contra la realidad. Y yo la estaba ganando.
Hogwarts. Ya no era solo un castillo. Era un nudo gótico retorcido en el corazón del multiverso. Las filtraciones ya no eran sutiles. Eran desgarros. El mundo se deshilachaba. Los estudiantes que quedaban, los pocos que no habían sido retirados o no habían huido, caminaban por los pasillos como fantasmas, sus ojos velados por el terror y la confusión.
La Orden del Fénix, la desesperada resistencia, te seguía a ti, Harry, su último bastión de esperanza. Buscabas fragmentos de un alma oscura. Fragmentos que yo sentía vibrar en la casa, susurrándome como viejos amigos. Cada vez que tú y tus compañeros encontrabais un Horrocrux, cada vez que era destruido, yo sentía una punzada. No de dolor, sino de poder. La energía liberada no se disipaba; era absorbida por la casa, por mí. Cada victoria tuya era una victoria para el sangrado.
Los pasillos cambiaban. Las escaleras giraban en espirales imposibles que llevaban a abismos de luz o a muros de carne palpitante. Los retratos gritaban de verdad, sus caras distorsionadas en espejos de la locura. A veces, las paredes se volvían translúcidas, revelando atisbos de otros Hogwartses: una escuela sumergida bajo un mar ácido, otra donde los estudiantes eran esferas flotantes de luz. La línea entre "aquí" y "allá" se había disuelto.
Mi apariencia física apenas había cambiado. Todavía era Neville. Un poco más alto, un poco más delgado, con el cabello más largo y desaliñado. Pero mis ojos… mis ojos eran diferentes. Demasiado viejos. Demasiado llenos de algo que no era humano. Y mi voz, aunque seguía siendo baja, a veces resonaba con un eco múltiple. La cara en mi hombro, la manifestación de Él y la casa, ya no era solo un reflejo. A veces, sentía un peso real allí, una presión fría.
"Neville," dijo Luna Lovegood un día, sus ojos normalmente soñadores, ahora llenos de una seriedad inusual. "Las Blibbering Humdingers… han desaparecido. Y he oído el zumbido del otro lado. ¿Lo oyes?"
La miré. Luna. Siempre tan cercana a la verdad. "Sí, Luna," dije, mi voz extrañamente suave. "Lo oigo. Es el sonido de los velos cayendo."
Ella asintió, su expresión lúgubre. "Siempre pensé que eras más de lo que la gente veía, Neville. Los Wrackspurts son más fuertes a tu alrededor."
Me sonrió. No con su habitual ligereza, sino con una tristeza que reconocí. Luna veía los hilos. No todos. Pero lo suficiente.
Mientras tú, Harry, te obsesionabas con la Copa de Hufflepuff, con el Diadema de Ravenclaw, yo me sumergía en las profundidades de la Biblioteca Prohibida. No para buscar Horrocruxes. Para buscar el conocimiento del nexo. Los rituales para fusionar realidades. La casa me susurraba los nombres de los libros, los pasajes que contenían la verdad. Eran grimorios olvidados, escritos en lenguas que ardían en la lengua, sobre la arquitectura del universo.
Los Dementores, ahora sirvientes de Voldemort, flotaban por los terrenos, pero su terror era insignificante comparado con la paranoia interdimensional que se extendía. La gente empezaba a dudar de sus propios recuerdos, a ver a sus amigos con caras que cambiaban, a oír voces que no existían. La locura era un contagio.
La Batalla de Hogwarts. El gran enfrentamiento. Tú, luchando contra Voldemort. Con tus amigos. Con el mundo mágico observando. Qué farsa tan elaborada.
Sentí la explosión de magia en cada rincón del castillo. La desesperación de los que morían. La furia de los que luchaban. La casa lo bebía todo. Los muros temblaban, no por los hechizos, sino por la convergencia. Miles de realidades, cada una con su propia versión de la batalla, comenzaban a superponerse.
La voz en mi cabeza era un rugido triunfal. "¡El momento, Neville! ¡El nudo está apretado! ¡El sacrificio es completo!"
Cuando Snape murió en la Casa de los Gritos, por la mordedura de Nagini, sentí el eco de su vida, de sus tormentos, ser absorbido por la casa. Otro ingrediente más para el gran ritual.
Y luego, tú. En el Bosque Prohibido. Entregándote a Voldemort. La Muerte. El último velo. La casa tembló con una expectación que casi me hizo gritar.
Tu "muerte", Harry. El supuesto sacrificio. La destrucción de la última parte de su alma. Pero yo lo sabía. No era el fin. Era la apertura final.
Mientras los combatientes se reunían en el Gran Comedor, mientras Voldemort se regocijaba en su victoria, y tú, Harry, te revelabas vivo, listo para el enfrentamiento final… yo no estaba allí. No lo necesitaba.
Estaba en la Cámara de los Secretos. El aire. El aire mismo era una masa de energía palpitante. La estatua de Salazar Slytherin sonreía. Y la cara en mi hombro… ya no era solo una cara. Era un bulto deforme, cubierto de ojos parpadeantes, que se retorcía como una masa de nervios. La voz que brotaba de él, y de mí, era un coro cacofónico de miles de Voldemorts, miles de Hogwartses, miles de Nevilles.
"Los hilos están tejidos," siseó la masa. "El nudo… apretado."
Extendí mis manos. No para lanzar un hechizo. Para abrazar. Abracé la pared de la Cámara, sintiendo la piedra viva. Y mientras lo hacía, el castillo entero gimió. No de dolor. De nacimiento.
Afuera, en el Gran Comedor, el duelo final entre Harry y Voldemort alcanzó su clímax. La maldición asesina. El hechizo desarmador. El choque de varitas. El eco de sus gritos llenó la noche. Y en ese instante, en el momento exacto en que la magia de Voldemort rebotó y lo alcanzó, destruyéndolo finalmente…
El multiverso estalló.
No con una explosión. Sino con un silbido que lo abarcó todo. El Gran Comedor parpadeó. Por un momento, era una vasta cueva submarina, con criaturas luminosas flotando. Luego, una catedral gótica en ruinas, bajo un cielo de sangre. Luego, un vasto y brillante desierto con dos soles.
La gente gritó. Algunos se desvanecieron. Otros vieron reflejos de sí mismos que no eran ellos, sonriéndoles desde el vacío. Los fantasmas se contorsionaron, incapaces de mantener su forma. Las paredes de Hogwarts se hicieron elásticas, pulsantes.
Harry Potter, de pie sobre las cenizas de Voldemort, levantó la varita de Saúco. Y yo. Yo lo vi. Su victoria era vacía. Su "mundo" ya no era su mundo.
En la Cámara de los Secretos, la masa en mi hombro se disolvió en mi piel, fundiéndose conmigo. Me había consumido. Me había convertido en el nexo. Mis ojos se volvieron negros, sin iris ni pupilas. Y mis labios… mis labios se curvaron en una sonrisa. La sonrisa del jardinero satisfecho.
Me levanté. No era solo Neville. Era la casa. Era Él. Eran los miles de Nevilles que había absorbido. El niño de tiza ya no existía. Solo quedaba el arquitecto del caos.
Miré a mi alrededor. La Cámara de los Secretos se estaba disolviendo, mostrando destellos de otras realidades. Di un paso. Y no pisé el suelo. Pisé un puente. Un puente hecho de luz y sombras, que se extendía hacia el infinito.
Así que has ganado, Harry. Has matado a tu Voldemort. Has salvado tu mundo. ¿O no?
Mira a tu alrededor. Los cielos están cambiando. Las caras no son las mismas. Las paredes te susurran. Los fantasmas te guían hacia donde no quieres ir.
Te has liberado de una prisión, Harry. Pero yo he abierto miles. Y ahora… ahora te invito a conocerlas.
Porque no hay un solo "elegido" aquí. Ni un solo "héroe". Hay infinitos. Y yo soy el director de la orquesta. El titiritero. El que teje el multiverso mágico.
Ven, Harry. El juego. Nuestro juego. Acaba de empezar.




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