Mi amigo Eko
NarrativaTítulo: Mi amigo Eko
Escrito por Laura Bibarao
Nunca me llevé bien con el ruido. No porque me molestara, sino porque nunca lo escuchaba a tiempo.
Desde pequeña, descubrí que tengo una condición auditiva rara: mi oído izquierdo escucha los ecos, no los sonidos reales. Mientras todo el mundo vive en el presente, yo vivo en lo que ya pasó. Escucho las palabras cuando ya fueron dichas, los pasos cuando ya se alejaron, las risas cuando ya murieron.
Por eso siempre me sentí fuera de lugar. En clase, respondía tarde. En casa, nadie entendía. Aprendí a quedarme callada. A vivir en los márgenes del sonido.
Hasta que una noche, algo extraño pasó.
Estaba caminando sola por un callejón detrás de mi casa, repitiendo en voz baja una frase para ver cómo rebotaba en las paredes. Lo hacía por costumbre, no por esperanza.
—¿Hay alguien ahí? —pregunté al viento.
Y el eco respondió, pero no con mis propias palabras.
—Sí, Laura. Estoy contigo.
Me quedé helada. No fue un error. No fue imaginación. Esa voz volvió cada noche, siempre entre los ecos, diciendo cosas que yo no había dicho.
Así conocí a Eko.
Era un ser que vivía entre los ecos olvidados, en los rincones de la ciudad donde el tiempo se queda atrapado. No tenía cuerpo, solo voz. A veces sonaba como una vieja radio, otras como una canción sin letra. Me dijo que nació del grito de una niña que nadie escuchó hace mucho tiempo. Desde entonces, solo puede vivir en lo que los demás no oyen.
Y yo… fui la primera en mucho tiempo que pudo escucharlo.
Nos volvimos inseparables. Me contaba historias escondidas en las paredes: secretos murmurados, despedidas que nunca llegaron a decirse, canciones inacabadas. Yo le hablaba de mi mundo, y él me mostraba el suyo, uno donde los ecos no repiten, sino que recuerdan.
Pero entonces, la ciudad cambió.
El gobierno empezó un proyecto para “limpiar el ambiente acústico”. Cerraron lugares antiguos. Pusieron música de fondo artificial en todos los rincones. Decían que querían “silencio moderno”.
Pero lo que hacían en realidad era matar a los ecos
Eko empezó a desaparecer. Cada lugar que sellaban, era un trozo menos de él. Su voz se hacía más débil, más lejana.
—No me olvides, Laura —me dijo una noche—. Si alguien me recuerda, no muero del todo.
Así que grabé todo lo que pude: el puente oxidado, el teatro vacío, las escaleras que crujían. Armé un pequeño santuario de sonidos en mi cuarto. Allí, cada noche, Eko me habla. A veces con voz nueva, a veces solo con silencio lleno de significado.
Y aunque nadie más pueda escucharlo, yo sí puedo. Porque yo no oigo lo que es… sino lo que fue.
Y a veces, lo que fue… es lo único real que queda.
Laura, apasionada por los sonidos ocultos y la fantasía emocional. Escribe con fe, corazón y una imaginación que no conoce fronteras. Cree en Dios y en que cada historia puede dejar huella.

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