Monstruo emocional
Reseñas generalesAl principio comenzó como pequeñas disonancias. Fue creciendo con el tiempo, pero lento, meticuloso, poco a poco acercándose a mi, pero siempre asegurándose de que yo no le de importancia. Cuando al fin pude notarlo, él ya estaba ahí. Sentado al pie de mi cama, encorvado, gris, con la mirada perdida. No se movía ni hablaba, pero su sola presencia lo decía todo. Lo llamé sombra, porque no tenía otro nombre… y porque sentía que me seguía a todas partes.
No era un monstruo con colmillos ni garras. Su verdadera forma era más pesada y abstracta: se sentía como culpa, como agotamiento sin motivo, como el nudo que se forma en la garganta cuando querés llorar pero no podés. Vivía conmigo, aunque nadie más lo viera.
Durante años me siguió a la universidad, al trabajo, a los encuentros con gente donde me sentía fuera de lugar. Aparecía cada vez que me miraba al espejo y pensaba que no era suficiente, que no avanzaba, que todos los demás sí podían. Cuando trataba de arrancar algo nuevo, él me susurraba: "¿para que? si vas a fracasar”.
A veces se me subía al pecho y me costaba respirar. Otras, simplemente se sentaba al lado y me envolvía en una niebla espesa que me quitaba las ganas de moverme. Fue mi compañero en noches donde no sabía quién era, ni qué quería, ni cómo seguir. Y sin embargo… estaba ahí. Firme. Constante. Pegado a mí como una segunda piel.
Durante mucho tiempo lo odié. Quería sacármelo de encima, borrarlo, destruirlo. Me culpaba por tenerlo. Pensaba que algo estaba mal conmigo. Que yo era el problema.
Pero un día, ya cansada de huir, decidí mirarlo bien. Me senté frente a él y le pregunté por qué seguía ahí. No me contestó, claro. Los monstruos emocionales no hablan. Pero entendí algo: él estaba impregnado en mi. Una parte que se había formado con todo lo que no dije, todo lo que callé, todo lo que no sané.
Empecé a cambiar. No de golpe, no con magia. Empecé escribiendo, hablando, buscando ayuda, intentando cosas nuevas, dejando de exigirme tanto. Aprendí a escucharme. A no pelearme conmigo cada vez que no podía más. Y de a poco, Sombra se fue achicando, hasta ser un lejano pitido.
Ya no me persigue todos los días. A veces vuelve, en alguna madrugada con pensamientos oscuros, o cuando siento que la vida me pasa por encima. Pero ahora sé que no tengo que esconderlo. Porque no soy débil por tener un monstruo. Todos tenemos uno. Algunos lo disfrazan de perfeccionismo, de hiperactividad, de aislamiento, de enojo, de ansiedad. Pero ahí está. Y si aprendemos a mirarlo, en vez de negarlo, podemos encontrar algo muy valioso: nuestra verdad.
Sombra sigue conmigo. Ya no como un enemigo, sino como un recordatorio. De todo lo que superé. De todo lo que aún puedo construir. Y aunque a veces me pese, también me enseña. Porque a veces, el monstruo más temido puede convertirse en el mejor maestro.

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