Pájaros
Reseñas generalesLos días en el refugio fueron breves, como un sueño cálido antes del abismo. Ilya sentía que, al fin, el tiempo no la perseguía. Caminaba sin vigilar el cielo. Leía. Dormía sin pesadillas. Y hablaba con su hermano —al que todos llamaban “Elis”— cada tarde junto al fuego, como cuando eran niños… aunque algo, dentro de ella, no encajaba del todo.
Elis era amable, sí. Protector. Demasiado protector. Le ofrecía todo: el mejor rincón para dormir, la comida que escaseaba, silencio cuando ella no quería hablar y atención cuando ni siquiera la pedía. Pero sus ojos… sus ojos eran como agujeros fijos en la tierra: sin reflejo.
Amon fue el primero en notarlo.
—Ese hombre no es tu hermano —le dijo una noche, en voz baja—. O no como tú lo recuerdas.
Ilya lo miró. Dudó. Pero el pasado la dolía tanto que no podía permitirse perder también eso. También a él.
Hasta que encontró el cuaderno.
No el de su padre. Otro. Escondido tras unas losas rotas en el refugio. Allí, con letra nerviosa, alguien había escrito fragmentos confusos:
- “La he buscado en cada ciudad… desde que vi su rostro de nuevo, ya no puedo dormir.”
- “Amon es un obstáculo. No entiende. Yo la amo como se ama lo sagrado.”
- “Ella no necesita recordar. Solo quedarse. Sólo conmigo. Yo sabré cuidar su libertad.”
El nombre al final de cada página era: E.L.
Ilya sintió frío en el pecho. Un terror no de muerte, sino de traición profunda, antigua, insalvable.
Esa noche, fingió dormir.
Escuchó los pasos. Escuchó cómo Elis se acercaba con cuidado, como un ladrón que cree que roba algo que le pertenece por derecho.
Pero Amon ya estaba ahí. Con una linterna apagada y una pequeña daga de hueso. No hizo ruido. Solo lo miró. Fue suficiente. Elis retrocedió. No por miedo, sino por rabia.
—No entiendes —le escupió a Amon—. Tú solo apareciste después. Pero yo… yo la amo desde antes de que se supiera. Desde antes de que nos dejaran solos en este mundo sin sentido.
Ilya se incorporó.
—Eso no es amor —dijo con voz firme—. Es hambre. Es egoísmo. Es el último susurro de un mundo podrido que aún no termina de morir.
Elis bajó la mirada. No lloró. No gritó. Solo se marchó, lentamente, hacia los túneles, llevándose con él su cuaderno y una herida que no sabía nombrar.
Nunca más volvió.
Amon e Ilya abandonaron el refugio días después. El lugar ya no era sagrado. No cuando el pasado intentó volverse prisión.
Mientras caminaban por la carretera vacía, Amon le preguntó si estaba bien.
Ella no respondió de inmediato.
Solo al atardecer, cuando el viento empezó a llevar hojas secas hacia ninguna parte, susurró:
—Mi hermano murió hace muchos años. Lo que vi… fue el eco de alguien que no supo volver.
Y nunca más volvió a escribir sobre él.
Tras el abandono del refugio, Ilya y Amon volvieron a caminar como al principio: sin mapa, sin promesas, con solo el uno al otro y el sonido del viento rompiendo el polvo. Pero algo había cambiado en ella. No se trataba solo de la traición de Elis —ese rostro que alguna vez fue hermano— sino de algo más profundo, más incómodo: la certeza de que aún quedaba algo pendiente en su historia.
Una noche sin luna, acampando bajo los restos retorcidos de una antena parabólica, Amon abrió un pequeño cilindro de metal que había estado cargando desde antes de conocerla. Dentro, había un fragmento de mapa. Solo dos nombres: Montaras y Goloun.
—¿Qué es eso? —preguntó Ilya, con los ojos entornados por el fuego.
—Es donde empieza todo lo que nunca se registró —respondió Amon sin levantar la vista—. Dos ciudades que Eirene jamás logró cartografiar. Dos puntos ciegos del sistema. Donde aún existen memorias que no fueron codificadas.
Ilya tocó el borde quemado del mapa. Algo en esas palabras le despertó una vieja pulsión: no de venganza, sino de origen.
—¿Por qué me llevas ahí?
Amon dudó. Luego la miró con una mezcla de miedo y amor.
—Porque allí… podrías encontrar algo que cambiaría todo. Incluso a ti misma.
—¿Y tú?
—Yo solo soy quien recuerda la puerta. Pero lo que hay detrás, es solo tuyo.
No dijeron más. Empacaron con la primera luz del amanecer y comenzaron a avanzar hacia el sur. Atravesaron campos cubiertos de polvo blanco, donde antes hubo ríos. Pasaron por pueblos fantasmas donde los árboles crecían dentro de las casas. Y en una vieja estación ferroviaria medio enterrada, vieron por primera vez un letrero oxidado:
→ Montaras / Goloun ←
Ilya lo miró durante largo rato. Su cuerpo temblaba, pero no de frío.
—¿Estás segura? —preguntó Amon.
Ella asintió.
Y justo cuando dieron el primer paso hacia ese nuevo umbral, una figura los observaba desde lejos. Alguien con una capa gris y una libreta en la mano. Una figura que anotaba. Que esperaba. Que conocía sus nombres.
Y que no estaba sola.
fin




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