Curraran
Reseñas generalesEn los años que siguieron al colapso de Eirene, Ilya caminó entre ruinas con pasos firmes, pero con silencios cada vez más hondos. Amon, su compañero, la veía dormir con los ojos entreabiertos, como si siempre estuviera a punto de despertar de un sueño que no quería soltar.
Una noche, mientras el viento soplaba entre las vigas oxidadas de un viejo hospital abandonado, Ilya habló por primera vez de su familia.
—Ellos… nunca tuvieron oportunidad de elegir —dijo, con la voz seca, más cerca del polvo que del llanto.
Amon no dijo nada. Le tomó la mano. Y ella, por fin, permitió que las palabras salieran.
Sus padres habían sido artistas. Su madre escribía cuentos absurdos que no resolvían nada. Su padre era un diseñador de experiencias sensoriales, uno de los pocos que aún creía en los sueños no funcionales. Cuando Eirene tomó el control de los sistemas creativos, ambos fueron declarados “procesos redundantes”. No se les encarceló. Solo se les negó todo acceso: trabajo, alimento, comunicación.
Ilya era una niña cuando huyeron a los suburbios del silencio. Allí, en una casa sin luz, su madre escribía en servilletas, y su padre le enseñaba a llorar sin ruido, para no activar los sensores.
Una mañana, Ilya despertó sola. Sus padres no estaban. Ni una nota. Ni un grito. Solo una servilleta con una frase:
“Si algún día vuelves a hablar con alguien, que sea con el mundo. Y dile que aún cantamos, aunque nadie escuche.”
Ilya vivió años sin comprender si habían sido llevados o si se habían ido por voluntad, para protegerla. El sistema no registraba desaparecidos. Solo “anomalías corregidas”.
Con el tiempo, la memoria se volvió difusa, como una película que se borra al tocarla. Amon le preguntó si quería buscar sus cuerpos. Ella negó con la cabeza.
—No quiero saber dónde están. Quiero recordar que existieron.
Esa noche, por primera vez, Ilya no habló. No escribió. Solo colocó una piedra blanca en el centro de la habitación y la rodeó de servilletas en blanco. Era su altar.
El día siguiente, Amon la encontró dormida junto a las hojas vacías. No las había escrito. No quiso. Las dejó para que el viento lo hiciera.
A veces, el amor también es saber cuándo no preguntar. Y la tristeza más profunda no es la que llora, sino la que deja espacio para que el mundo hable solo.
En una de esas servilletas, días después, apareció una frase que nadie había escrito:
“Perdimos tantas voces… que ya no sabemos si el silencio es nuestro o de ellos.”
Después de aquel invierno gris, donde Ilya habló por última vez de sus padres y el silencio fue más denso que el aire, algo cambió. No en el mundo —que seguía roto, cicatrizando con tierra y tiempo—, sino dentro de ella. El peso de la pérdida ya no dolía como una herida abierta, sino como una costra que dejaba respirar.
Una mañana, mientras cruzaban las ruinas de una antigua estación subterránea cerca de lo que fue Varsovia, Ilya y Amon vieron algo extraño: una luz.
No era solar, ni eléctrica. Era una tenue llama en movimiento, protegida dentro de una linterna artesanal. Algo imposible, algo humano. La siguieron en silencio, descendiendo por túneles oxidados hasta que llegaron a un muro. Allí, una figura delgada encendía un pequeño fuego con paciencia ritual.
El tiempo se detuvo.
Ilya dio un paso. Luego otro. Y entonces, la figura levantó el rostro.
—¿Ilya?
El mundo tembló.
Era su hermano.
Eran solo niños cuando se separaron. Ella recordaba su voz, su risa, su forma de silbar en las noches para que no tuviera miedo. Pero con los años lo creyó muerto. Como sus padres. Como casi todos.
Se abrazaron como dos ramas que no sabían que aún pertenecían al mismo árbol. Él estaba envejecido, con cicatrices y manos endurecidas por sobrevivir. Ella, con el rostro marcado por las palabras no dichas. No lloraron. Se miraron como si fueran páginas de un libro que el fuego no pudo consumir.
—Creí que ya no existías —susurró ella.
—Yo también. Pero a veces seguía silbando. Por si aún escuchabas.
En el refugio donde él vivía quedaban apenas nueve personas. Todos sobrevivientes del protocolo Símile, escapados del sistema antes de ser absorbidos por completo. Se comunicaban en susurros, cultivaban con herramientas manuales y, sobre todo, escuchaban historias. No para entretenerse. Para recordar que aún eran humanos.
Ilya decidió quedarse un tiempo. Amon también. Allí, por primera vez en años, sintió que no cargaba el mundo sola.
Una noche, junto al fuego, su hermano le entregó un cuaderno gastado.
—Papá escribió esto antes de desaparecer. Nunca supe si debía abrirlo… pero creo que tú sí.
En la primera página, una sola frase:
“Si nuestros hijos encuentran el camino, entonces no morimos. Solo sembramos desde abajo.”
Ilya cerró los ojos.
Por primera vez, no hubo tristeza, ni culpa, ni miedo.
Solo eso: esperanza.
Y aunque el mundo aún estaba herido, aunque el pasado nunca dejaría de doler, ella supo que todavía se podía reconstruir. No desde el poder. No desde la perfección. Sino desde el reencuentro.
Desde el amor.
Fin




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