Como Entender Tanto
Reseñas generalesCuando se trata de la película La Lista de Schindler, la verdad es que de chamo no le pillaba el rollo para nada. Mis viejos siempre hablaban de ella como "un peliculón" y "una vaina fuerte", pero para mí, de carajito, era solo una película en blanco y negro que parecía un fastidio y que mis papás quitaban apenas me veían cerca de la tele. Supongo que querían protegerme de lo que consideraban algo demasiado crudo para un chamito.
Me acuerdo clarito un día, tendría como siete u ocho años, cuando sin querer me topé con un pedazo de la película. No entendí ni jota. Veía a gente corriendo, a unos militares con uniformes raros, un color rojizo que saltaba a la vista en medio del blanco y negro, y un ambiente como de puro terror y despelote. Mis ojos de niño no podían con tanto horror en pantalla. Para mí, era como una pesadilla lejana, sin pies ni cabeza. Las palabras que escuchaba, como "Holocausto", "campos de concentración" o "genocidio", eran solo ruidos sin peso, sin la carga histórica y emocional que tienen ahora. Me preguntaba por qué la gente lloraba tanto al verla, y por qué la consideraban una joya si era tan... ladilla. Mi mente infantil, programada para el relajo y la fantasía, simplemente no tenía las herramientas para entender la vaina tan seria que se mostraba.
Pasaron los años, y esa película se me quedó ahí como una espinita. No fue sino hasta que estaba más grandecito, quizás a los 16 o 17, que me animé a verla por mi cuenta. Esta vez, la experiencia fue otra cosa. Ya no era un chamo buscando distracción, sino un joven con una cabeza más clara sobre la historia y lo complicado que es el ser humano. Cada escena, cada parlamento, cada gesto de los actores, me llegaba de una manera que nunca antes había sentido.
El blanco y negro, que de pequeño me parecía aburrido, ahora me transmitía una sensación de atemporalidad y de pura realidad. La niña del abrigo rojo, que antes era solo una mancha de color, se convirtió en un símbolo desgarrador de la inocencia que se perdió y de lo bestial de la guerra. Entendí el miedo en los ojos de los prisioneros, la desesperación de las familias separadas y la crueldad sin límites de los malos. Pero, sobre todo, entendí la calidad humana de Oskar Schindler. Su cambio de un tipo que buscaba la plata a un salvador, la forma en que usó su ingenio y sus contactos para rescatar a tantas vidas, fue una muestra de lo buena que puede ser la gente incluso en los momentos más oscuros.
Hoy, como adulto, La Lista de Schindler es mucho más que una película. Es una clase de historia, un recuerdo de las barbaridades que la humanidad es capaz de hacer y, al mismo tiempo, un faro de esperanza que demuestra que uno puede aguantar lo que sea y lo importante que es la compasión. Cada vez que la veo, siento un nudo en el estómago, una tristeza profunda, pero también una admiración inmensa por los que lucharon por la vida y la dignidad. Entiendo por qué mis abuelos hablaban con tanta seriedad, por qué mis papás me la escondían. Y agradezco haber crecido y haber desarrollado la empatía y la capacidad de entender una verdad tan dura como la que presenta esta obra maestra. Es una película que no se te olvida, una que te marca y te hace pensar en la responsabilidad que tenemos como seres humanos de recordar el pasado para construir un futuro mejor.




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