Con el corazón roto
NarrativaUn cuerpo inerte sobre la cama. El pelo revuelto, el aliento agrio, los ojos como pasas secas después de una madrugada que exprimió hasta la última lágrima. Así arranca una película: Mujeres al borde de un ataque de nervios. Así me encontró mi mamá una tarde: inmóvil, hecho bolita, con el corazón hecho hilachas después de otro intento fallido de amar sin romperse.

«Levantate. Poné esta película en Netflix», dijo. No era una sugerencia: era una orden amorosa. Un salvavidas lanzado desde el sillón de alguien que sabe lo que es llorar y rogar por el amor de un hombre. Quería devolverme al mundo —o al menos, a una versión un poco más colorida de él— con la ayuda de Almodóvar. Como Pepa, la protagonista, yo también estaba buscando a alguien que se había ido sin explicar por qué. Como Pepa, me dolía la cabeza de tanto pensar en qué hacer.
Ya la había visto. Una vez, sin pena ni gloria, en una noche cualquiera. Me pareció apenas eso: una comedia más, de colores chillones y gritos simpáticos. Mucho después supe por qué: hay películas que solo revelan el truco mágico cuando el corazón está roto. Hace falta un tajo en el alma para entender el melodrama de la pérdida.
Tenía diecisiete años. Era un adolescente queer con la arrogancia tierna de quien cree que va a comerse al mundo, pero lo único que terminaría devorando es el corazón ajeno —o el propio. Ya conocía al Almodóvar de los márgenes: el del punk de medias rotas y sotanas sucias, el de Laberinto de pasiones, el de ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, el que filmaba como si cada plano fuera una bomba molotov.
Pero Mujeres al borde de un ataque de nervios era otra cosa: era la entrada al Almodóvar del desamor sofisticado, del caos con tacos altos, del melodrama que no se disculpa por existir. Con esa película ganó su primer Goya, y yo, en cambio, perdí un poco la compostura: porque ahí entendí que la desesperación también podía ser pop, y que el dolor —cuando se filma con estilo— es una forma de belleza feroz.

Todo empieza con una voz. La de Iván. Sedosa, envolvente, mentirosa. Es actor de doblaje y experto en susurros que huelen a traición. A su lado, o más bien detrás, está Pepa Marcos —Carmen Maura, espléndida, rota, furiosa—, actriz también, enamorada, dejada. Él se va. Ella queda. Y lo que sigue no es una historia de despecho: es una explosión. Un apartamento convertido en campo de batalla, una licuadora con gazpacho y barbitúricos, una cabra loca de mujeres al borde.
Almodóvar orquesta todo eso con una precisión caótica: una comedia de enredos que se contorsiona en melodrama, que se ríe mientras se cae. Una especie de ópera kitsch donde la desesperación viste el rojo más despampanante.
Mientras más me adentraba en esa telaraña roja y delirante que había tejido Almodóvar, más se deshilachaba —como por arte de magia o montaje— mi propia pena. Era raro. Me dolía el amor, pero me reía. Me reía de las pelucas de Julieta Serrano, de los ojos de loca hermosa de Rossy de Palma, de la dulzura rota de María Barranco. Me vi en Pepa —su abandono, su desespero, su cocina convertida en laboratorio—, pero también me vi afuera, como espectador, riéndome del absurdo feroz del amor cuando se vuelve ópera.
Y entonces lo entendí: no estaba pasando mi ruptura solo. La estaba pasando con mis amigas. Las chicas Almodóvar. Mi club de heridas compartidas, de labiales corridos y risas desbordantes.

El año pasado vi Extraña forma de vida (2023), ese western breve donde dos cowboys envejecidos se aman con una intensidad que no necesita explicación. Al final, después de los créditos, el cine proyectó una entrevista con Almodóvar. Él, con esa lucidez de quien ha amado mal y ha filmado bien, dijo: «Para mí el amor tiene que ver sobre todo con el deseo y con la pasión. Es algo que uno no sabe explicarse a sí mismo. Algo irracional. Y, durante un tiempo, hay que vivir esa sensación de no ser dueño de ti mismo».
Tenía razón. Amar es perderse. Y después —cuando el deseo se va, cuando el otro se va, cuando uno se queda— hay que inventarse algo. Un gazpacho lleno de opioides, una amiga almodovariana, una comedia de enredos que te salve del drama. Hay que reírse. No para olvidar. Sino para sobrevivir.












Comentarios 16