Mi amigo el monstruo
Reseñas generalesEl monstruo del armario
A nadie le gusta ser el nuevo del colegio, y menos aún cuando vienes cargando el estigma de “el raro de ciudad”. Eso me decían cuando llegué a San Valerio, un pueblo tan pequeño que ni siquiera salía en los mapas. La verdad, yo también habría sospechado de alguien como yo: pálido, callado, con mirada esquiva y una obsesión compulsiva por cerrar todas las puertas con llave. Siempre. Sin excepción. Hasta la del armario.
Mis padres decían que necesitábamos “un cambio de aires”, pero yo sabía que solo querían esconderme. Esconder lo que me seguía. Lo que había traído conmigo desde la ciudad. Algo que no se podía explicar con lógica. Algo que no desaparecía con pastillas.
Porque conocí a un monstruo.
No en sentido figurado. No era un bully, ni una alucinación, ni una metáfora de mi tristeza (aunque eso también). Era real. Tenía ojos que no parpadeaban, manos demasiado grandes, piel grisácea como de niebla y una voz que podía sonar como un susurro... o como una tormenta. Se llamaba Varek. Y vivía en mi armario. Allí estaba cada noche, esperando.
Lo conocí cuando tenía once años, una noche que no pude dejar de llorar. Varek salió de entre las sombras y se sentó a mi lado. No dijo nada. Solo me miró. Y desde entonces supimos que podíamos confiar el uno en el otro. Hicimos un trato: yo no hablaría de él, y él me protegería. Del miedo, del dolor, de los que me hacían daño. De mí mismo.
Cuando lloraba, él salía. Cuando temblaba, él rugía. Se volvió mi sombra. Mi secreto. Mi amigo. Mi reflejo oscuro.
Pero Varek no comía carne. Ni sangre. Se alimentaba de emociones. Cuanto más miedo o rabia sentía, más fuerte se hacía. Y también más difícil de controlar. Cuando perdí el control en la ciudad... cuando Tomás, mi mejor amigo, terminó en el hospital por “caerse por las escaleras”, supieron que algo no estaba bien. No conmigo. Con lo que vivía conmigo. Con lo que yo ya no podía ocultar.
Mis padres me sacaron de allí. Pensaron que el monstruo se había quedado atrás. Que todo terminaría con distancia y silencio.
Pero Varek vino conmigo.
San Valerio parecía un refugio. Casas viejas, vecinos desconfiados, un colegio donde todos se conocían. Me hice invisible. O eso pensé. Me convertí en una sombra entre sombras.
Hasta que conocí a Emma.
Tenía mi edad, una mirada como la mía... y una cicatriz en espiral en el brazo. Igual a la mía. Dijo que ardía cuando Varek estaba cerca. Y entonces lo supe: no era el único. Ella me miró y dijo:
—Hay más como él. Y no todos son amigos.
Así nació el Club de los Invisibles. Éramos chicos con cicatrices, secretos, monstruos. Aprendimos a nombrarlos, a calmarlos, a no temerles. Pero también a defendernos, porque algunos ya no escuchaban a sus dueños. Habían olvidado para quién luchaban.
Y así comenzó la verdadera historia. No la de un chico con un monstruo en el armario.
Sino la de un chico que decidió enfrentarlo. Y nunca volver a tenerle miedo.

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