Cap 1
Narrativa
Despierto.
Me cubrí el rostro con el cobertor. Las ganas de dormir seguían ahí. A veces es bastante curioso que, después de sosegarse una noche, al despertar da mucho más sueño que cuando te acuestas. Tener esa seguridad de que al abrir los ojos tu vida será como la de cualquier otra persona, sin embargo, no funciona así en mí. Sentirme privada de la vida, de la felicidad; es lo que normalmente mi mente recuerda.
En ese momento deseé no haber despertado. Me sentía atrapada en una vida en la que tenía que luchar por sobrevivir. Si, sobrevivir de mí misma y eso me hace no hallar la razón del por qué seguía viva, pues no era mi deseo.
Minutos después de haber despertado; pienso en la posibilidad de un día distinto. Quizás salga a correr un rato hasta que me ardan los pulmones -probablemente use como excusa eso para faltar al trabajo-. Tal vez vaya a comprar flores para mi jardín o posiblemente me quede en casa lamentándome por mi vida. Me encogí de hombros. Tantas tonterías pasan por mi cabeza.
Me levanté y abrí la ventana esperando un día soleado. Para mi sorpresa, me encontré con una densa lluvia cayendo al mar. Era tan hermosa la vista que quise quedarme un rato observándola.
Cerré las persianas.
Bajo a la cocina para hacer un poco de té. Mientras tanto, me siento a leer un poco sobre cómo lidiar con las emociones, que según mi psicólogo me ayudará a lidiar con el odio a mí misma; libro que nunca logro terminar, como todos los demás. -Vaya mal hábito tengo-. Decido al fin, sentarme a tomar el té. De manera imprevista se abre una de las ventanas. En el acto, mi correo y algunos libros vuelan por toda la cocina. Para hacerlo más molesto, se derrama el té en mi pijama. -¡Rayos, Rayos! Qué agradable comienzo del día-.
Rápidamente intento cerrarla, antes de que se desordene aún más la cocina. Respiro profundo mientras recojo todo el correo y los libros del piso. De repente, comienzan a temblar los gabinetes de la cocina y otros artefactos. Asustada, me resguardo debajo de la mesa.
Pasando algunos minutos, todo deja de moverse. Lentamente salgo de mi escondite. Miro alrededor de la casa; esperando que no volviera a suceder.
Levanto todo lo que estaba en el suelo.
Enciendo la televisión. Tenía la seguridad de que en las noticias hablarían de lo ocurrido.
El noticiero informaba: "Noticia de última hora, se ha presentado un fuerte sismo de 5,8 en la escala de Richter; tomen su previsiones. Según la organización de sismología éstos seguirán apareciendo en los próximos días."
Apagué el televisor -tonterías-. Relego totalmente del tema.
No era la frialdad de mi corazón la que me hacía ignorar lo que había escuchado, sino que, a mi parecer, había sismos todos los días.
Termino de acomodar las últimas hojas regadas en la mesa. -¡Qué agotador!-. Noto debajo de ella un sobre color miel. Mi expresión era de sorpresa, ya que en años no recibía cartas de nadie. La tomé... -¡Qué maravilla!-. Sonrío irónicamente.
Con el sobre en mano, caminé hacia el sofá. No podía evitar reírme de tal chiste. -Debe ser mi jefe para hacerme una broma. Sabe que detesto esas cosas- Me siento y lo leo. No había ningún nombre, ni estampillas, ni dirección de un lugar. Solo habían cinco palabras escritas en medio de una hoja blanca y decía: "El Señor te está llamando". -¡Qué oportuno! ¿Llamándome? ¿El Señor?-. Río a carcajadas.
Lo que más me molesta de las dichosas iglesias o tal vez de ese dios es que usan las emociones de las personas para obtener el dinero que quieren; engañan usando el nombre de un dios inexistente. Aparte de eso, el ser humano, que es tan vulnerable, se vuelve manipulable delante de la persona adecuada.
Esas palabras hicieron latir mi corazón fuertemente. No quería recibir nada de parte de Dios, ni de una iglesia... Eso para mí, no es más que un desperdicio de tiempo; así que rompí la invitación. Mis pensamientos se dirigían solo a ello pues al parecer la persona que me quiso hacer la broma, logró obtener mi atención.
Miré el reloj y me acerqué a la ventana para comprobar si la lluvia se había detenido -¡Rayos! ¡Es tardísimo!-. Decidí ir a ducharme.
Al entrar a la ducha siento una gran tristeza atravesando mi realidad. Me lleva a lugares muy oscuros. Recuerdos sin reconocer que hieren mi alma, dejándola como tierra árida en un desierto. Dentro de la bañera caigo al fondo como una flor desojada; sin esperanza alguna. Mi estado empeora con el pasar del tiempo. Con lágrimas en los ojos; siento lástima de mi misma por no ser capaz de controlarme.
Aún debajo del agua. Los segundos son lentos. Mi respiración se sentía como agujas. Después de aquél accidente, mi vida cambió. Mi mente es un rompecabezas que no he podido armar. No sé quién soy. No sé de dónde vengo; solo puedo recordar una parte de mí que todos los días quiero borrar y siento que me ata.
Eso es lo único que me ha ayudado a sobrevivir a todo esto. Día a día quiero dejarla pero mi cuerpo ha recibido tanto que lo pide a diario. Aún siendo momentáneo, lo necesito. Ése es mi gran disfraz.
Ocultándome en casa, maquillándome para que no se note lo delgada que estoy, escondiendo el verdadero yo, el que aún no conocen.
Mis preguntas han sido siempre las mismas: ¿Quién me dejó en ese hospital? ¿Por qué no me dejaron morir en ese lugar? Cada noche me llegan pesadillas de ese momento. Desde entonces he vivido aquí en soledad.
Miro por la ventana cómo de felices son los demás. Me siento en el comedor una vez por día. Riego mi jardín. Tomo una taza de café cada cuatro horas. Frecuentemente voy a la playa y me siento a ver el atardecer cerca del mar. El sonido de las olas, el ruido de los pelicanos, la brisa, el olor de la playa. Esas sensaciones me calman. Los días festivos me quedo en casa sentada en el sofá mientras veo la televisión. Suelo faltar al trabajo por decisión; no me despiden pues para el jefe soy su Mona Lisa: Muy cara y difícil de tocar. -Es lo que siempre me dice-. Cara porque soy la única que vende en esa empresa y difícil de tocar ya que me ha propuesto muchas veces que me case con él.
Mi vida es monótona, vacía y sin sentido. Vivir odiando a todo el mundo no me hace sentirme amada. A esta parte de mi vida la llamo: soledad.
Sosteniéndome del borde de la bañera, me levanto. Viviendo una vida totalmente despedazada. Sin amor ni fe. Tenía todo para vivir de manera cómoda. Lo cual me dejó en éstas condiciones: rica pero vacía.
Muchas personas, a raíz de mi accidente, me ayudaron. Desconocidos, que por el resto de mis días fingiría que los conocía. Realmente solo trato a unos pocos. Tres de ellos me han brindado su apoyo incondicional. Pero no conocen quién realmente soy.
Haber pasado por tanto dolor me hizo ser una persona fría que no puede dar amor. Durante las noches lloraba abundantemente, como si mi alma se desgarrara. Me siento incapacitada de poder creer.
-¿Puede existir un dios?-. Vivo infatigablemente enojada. Estoy segura de que, ese dios en el que todo el mundo cree tan ciegamente pudo haberme salvado esa noche, pero no lo hizo.
Salí de la bañera.
Me vestí.
Tomé mi bufanda y la llave del auto y me fui al trabajo.
De camino a la oficina encendí la radio.
Era habitual para mí escuchar la misma emisora radial todo el tiempo. Me estaba deleitando con la música cuando, de improviso, se oye una interferencia; opacando el sonido. Con extrañeza presioné los botones para cambiar la emisora y me di cuenta de que todas estaban en el mismo estado. Sin esperarlo, suena una única emisora con una canción que se repetía con constancia. Quise apagar la radio pues la canción que escuchaba no precisamente era de mi gusto. Ya fastidiada; oprimo el botón de apagado con intensidad. Presionaba una y otra vez, no logrando mi deseo. Esa canción no dejaba de sonar: "El que te está llamando es el Señor". Esas fueron las mismas palabras que leí en la carta. - ¡Qué rayos! Es una broma de mal gusto que me está hartando -.
Apagué el auto y me estacioné en un elevado; bajé rápidamente del auto.
-¡Maldición!-. Sentía nervios; pensaba y pensaba cómo podía ser posible lo de la radio. Lógicamente no había nada que lo explicara. Pensé en llamar a mi psicólogo -mejor no, me mandará a un psiquiatra-. Lo ocurrido me había hecho perder la compostura.
De nuevo, me subo al auto lentamente como si hubiese un fantasma dentro. Lo enciendo. Impacientada, llego al trabajo.
Al llegar a la empresa veo algunos que otros vidrios agrietados y papeles en el suelo.
Nadie faltó al trabajo después de lo sucedido; "si hay dinero, no importa la vida". Es el lema del jefe. Voy directo a mi oficina; informo a mi secretaria que no quería atender ni ver a nadie.
Me siento a procesar algunos documentos. Conecto los audífonos al teléfono para calmar esta gran agitación. Sucede que la música puede calmar todo lo que nos hace perder el control.
Tocan la puerta.
Golpeo la mesa.
-¡Pase! -grito.
-Señorita Holy -era mi secretaria-, le llegó un paquete, ¿lo quiere recibir ahora?
-¡¿Acaso eres sorda?! Dije que no quería que me molestaran.
-Lo siento señorita, parecía ser importante. Tiene una reunión, ¿la suspendo?
-No, en cinco minutos estoy allá.
-¿Puedo pedirle un favor?
-¿Ves que tengo cara de benefactora?
-No, lo siento. Pido disculpas, jefa.
-¡Deja de llorar! ¿Eres estúpida o qué?
-Lo lamento.
-¡Vete de aquí!
-Sí, sí, está bien.
Al tener mucha apatía en el corazón no puedes medir el daño que le causas a las personas; tus palabras y tus actitudes son como balas que se incrustan en sus corazones y la verdad es que la probabilidad de que te cause alguna lástima es mínima.
Después de algún tiempo se vuelve incontrolable; nada te satisface ni te hace sentir vulnerable. La compasión pasa a ser lo último en tu vida y solo la ambición es la que crece. Por eso no demuestro emociones afectivas. Lo único que obtienen de mí es un genio difícil de tratar. Me gusta ser así, no demuestro debilidad alguna, aunque la tenga.
Llega la hora de la reunión. Pasando horas en largas charlas sin sentido sobre asuntos de bienes raíces, puedo analizar a cada persona. No son tan diferentes a mí. Egoístas y presumidos. Tienen todo en la vida. Pasan horas en un bar lamentando su triste matrimonio y, por si fuera poco, piensan en aquel amor de la universidad. Otra mejor: se quedan hasta tarde en el trabajo porque ese amor que les trajo felicidad en algún momento solo se llenó de ira y frustración. Entonces puedo discernir que la vida es repugnante, aunque tomemos malas o buenas decisiones, todas nos llevan a un descenso emocional que nos acaba por dentro. Razón tengo al ser como soy. Finjo muy bien al igual que todos pero tengo algo que ellos no: soledad.
Salí de la reunión a eso de las seis y media de la tarde. Recogí todas mis pertenencias -al fin voy a casa. Espero pueda descansar luego de este día tan loco.
Me quedé un instante afuera del auto apoyándome de la puerta. Miro al cielo y logro ver una estrella fugaz. Sonreí. Me agradó haberla visto. Entré al auto y encendí la calefacción.
Me detuve en un restaurante cerca de casa. Había pasado parte del día pensando de todo y olvidé comer.
Me senté cerca de la ventana. Pedí al mesero que me mostrara dónde está el baño aunque no era para usarlo.
...
Lavé mis manos y escondí todo en mi cartera, sin duda alguna me hizo sentir mejor así que fui a sentarme.
Después de pedir un platillo, esperé unos minutos.
Al fin con mi cena servida, alzo la mirada, viendo felicidad a mí alrededor. Sentía envidia de ellos y, al mismo tiempo, me repugnaba ese sentimiento. Todo el restaurante estaba rodeado de esa atmósfera. Miré al frente, dándome cuenta de que no había nadie; la silla estaba tan vacía como yo.
Solté el tenedor en el plato. Entristecida, lloré amargamente. Mi corazón estaba agotado de vivir un desierto; tanto tiempo encerrada en un mundo donde nadie existía, sólo yo. Lastimosamente, hoy era el día en el que tenía que pensar en ello. No había llegado al punto de imaginar cómo sería ser amada, después de todo, siempre he estado de esta manera. Pero hoy todo está cambiando pues podía entender que mi alteración, tristeza y enemistad se estaban asomando por las puertas de mi vida.
En ese momento apareció él, tocando tiernamente mi hombro.
Secó mis lágrimas. Lo hizo sin miedo. Tocó mi rostro a pesar de que estaba huesudo; fue tan imprevista su llegada que no pude contener la sorpresa.
-Hola.
Mi sorpresa era tal que no pude reaccionar al instante, sin embargo, las lágrimas seguían saliendo.
-Si, gracias -secó el resto de ellas.
Me conmovió ver su actitud hacia mí.
Señala una mesa que estaba cerca de la puerta.
-Desde ese lugar te he estado observando; noté que llorabas mucho y quise venir a animarte un poco.
-¡No necesito lástima de nadie! Y menos de un desconocido. ¡Vete!
-Quizás sea un desconocido, sin embargo, me tomé el tiempo de venir a ayudarte.
-¿¡Qué es lo que quieres!? Habla rápido; quiero comer en paz. No deseo tu ayuda; no la necesito.
-¿Consideras que pierdo el tiempo ayudándote? Por eso estás aquí sola, lamentándote.
-¡Qué impertinente eres!
Tomo todas mis pertenencias para retirarme del lugar.
Atrevidamente agarra mi brazo, dispuesto a no dejarme ir.
-¡Suéltame! Qué atrevido eres... ¿Quién te crees que eres para tomarme de esta forma?
-Lamento que las cosas se den de esta manera, sin embargo, debo entregarte este mensaje, solo recíbelo.
-¡Señor! -comienzo a llamar al mesero.
Se acercó tanto a mi rostro que logró hacer que mi piel se erizara.
-¿Piensas que vendría hasta aquí para hablar con una persona como tú? ¿Tan fría y cruel? Lo lamento de nuevo. Toma este papel, alguien me dijo que te escribiera este mensaje y por eso vine hasta aquí.
Sus ojos y los míos se encontraron. Mi piel comienza a sudar incontrolablemente. Suelto su mano de mí brazo.
-¿Todo está bien, señorita? -dice el mesero.
-Sí, todo está bien -le respondo.
Colocó el papel en mis manos.
-Léelo, por favor, no ignores lo que está ahí si de verdad esperas sobrevivir en los siguientes días.
-¿Sobrevivir? Oye, oye... No te vayas.
Se fue pero dejó en mi mano una carta.
No esperé tanto tiempo, así que la abrí.
Decía:
"Hija, te he estado esperando durante mucho tiempo. ¿Por qué decides alejarte de mí, si solo quiero que vuelvas? ¿Recuerdas esa historia que tanto te gustaba oír de tu papá? De niña eras la más tierna, ¿Por qué intentas hacerte la sorda? Sé que has olvidado muchas cosas, por eso vuelve a mí y te ayudaré a recordarlas. Me quisiste sacar de tu corazón de la peor manera. Te amo, por eso envié a mi único hijo a morir por ti. Siempre estaré a tu lado."
En ese exacto momento, mi mente se abrió un instante. Recordé una parte de mi niñez. Como jugaba, danzaba e iba a la iglesia. Era feliz, demasiado como para haber escogido esta vida.
Todo lo que tenía en mis manos cayó al suelo. Rompí en llanto tan fuerte que llamé la atención de todos en el restaurante.
Desconocidos se acercaron a ayudarme preguntando qué me pasaba pero mi mente solo estaba bloqueada, deseaba que ese segundo de mi vida olvidada durara mucho más. Abro mis ojos viendo cómo ese chico se iba. Rápidamente corro a buscarlo.
Corrí hasta salir del lugar pero ya no lo encontré. Mis lágrimas seguían rodando por mis mejillas. Sin darme cuenta, comenzó a llover.
Empapada fui hasta mi auto y ahí me quedé por unos minutos. Mirando hacia el vacío.
Toda esta situación parecía un juego de niños. Decidí arrojar la carta por la ventana e irme a casa.
Mi corazón seguía latiendo fuerte. Tenía el presentimiento de que cosas como esas seguirían pasando. Miré por el espejo retrovisor. Aun había la esperanza de volverlo a ver; en mi interior sentía una calurosa paz que me intuía a querer encontrarlo de nuevo.
Entonces, lo dejé ir.





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