He vuelto.
Reseñas generalesLos bichos gigantes tienen mucho que ver conmigo, hay una plétora de recuerdos que me inundan cada vez que recorro la vieja casa de mis abuelos, una casona de dos habitaciones más baño y cocina comedor, grandes, incluso para su época, o quizá yo la veía así. Tenían el fondo lleno de ciruelos, naranjos, duraznos y un extraño árbol que parecía más viejo y más cansado que toda la casa. Detrás de él se alzaba un paredón de 2 metros donde antes había un alambrado que daba a un descampado. También estaba nuestra casa, mi viejo en su inmensa sabiduría había ido rebotando de alquiler en alquiler hasta terminar viviendo en un espacio cedido por mis abuelos donde antes había un gallinero, lo que trajo aparejada una infinidad de discusiones familiares y peleas campales. A los niños les encanta ver los combates en televisión, pero las peleas familiares los agotan, así que no es de extrañar que yo buscara la precaria seguridad y el silencio de la copa de los ciruelos. Mi única compañía en ese entonces era el sol que me daba de lleno y el viento que movía la copa del árbol como si me estuviera acunando, lo que, en mi inconciencia de niño, encontraba increíblemente soporífero. Fue en esos días del final del verano que lo vi, enorme y amenazante, gordo, gris y peludo. Me hubiera dado miedo si no hubiera estado como yo, absorto en la magia del atardecer, sentado en una delgada rama que no hubiera podido sostener ni a una ardilla, pero ahí estaba él, sosteniendo entre garras afiladas como navajas uno de los duraznos de mi abuelo. Me miró con aburrimiento y devoró el último pedazo, no salió corriendo ni me gruñó, simplemente se hizo uno con el entorno como si hubiera dado un paso atrás de la realidad y desapareció, pero aún recuerdo sus ojos amarillos escudriñando mi alma. Me quedé ahí sentado, sin entender demasiado lo que había visto, en los días subsiguientes traté de buscarlo, subiendo al mismo árbol y quedándome muy quieto, pero nada. A veces mientras leía podía sentir su respiración pesada por encima de mi hombro, veía por el rabillo del ojo una cabeza grande y peluda con enormes colmillos que emergía de una especie de bolsillo del espacio, curioseando en todo lo que hacía, husmeando entre mis juguetes, pero cuando volteaba a ver, ya no estaba. A veces me sorprendía una enorme pata erizada de garras que me robaba una o dos galletas, o su larga cola peluda perdiéndose en algún armario o debajo de la escalera armando un desparramo de abrigos o sifones de soda. De alguna manera siempre estaba ahí. Un buen día mi padre en un desborde de genialidad tuvo la brillante idea de ponerse a cortar árboles, recuerdo oponerme con todas mis fuerzas, que no eran muchas. Recuerdo mis ojos y mi cara quemados por el llanto y la angustia. Recuerdo los gritos y el castigo que siguieron y la noticia devastadora de que venderían la casa y que debían cortar los árboles para hacerla más atractiva, porque ensuciaban mucho. Yo quisiera saber a quién le puede gustar una casa sin árboles, pero en fin. Recuerdo una vida que fue cuesta abajo luego de eso. Han pasado cuarenta años y el enorme círculo de mi vida se ha cerrado colapsando sobre sí mismo. Hoy vuelvo a casa. Y ahí está él… esperando.

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