La señora de blanco

Reseñas generales

En 2019, cumplí doce años y, como dictaba la tradición familiar originada tres años antes —cuando mi hermana tenía la misma edad—, era mi turno de ir a Italia con mis abuelos a visitar a mis tíos, que vivían en un pueblo a las afueras de Torino. 

Después de varios meses de suspenso, finalmente estábamos en viaje. El vuelo tardó unas doce horas desde Buenos Aires hasta Roma, y un poco más en un vuelo de cabotaje hasta Torino. Al llegar, hacía muchísimo frío, y tuvimos que esperar un buen rato a que mi tío llegara a buscarnos al aeropuerto. 

—¡Ahí está! —dijo mi abuela, alzando la mano mientras mi tío se acercaba. 

Cuando llegó, agarró dos de las valijas y a mi abuela del brazo. 

—¡Qué frío, eh! —comentó, sonriendo mientras tiritaba un poco—. Vamos rápido al auto, que se nos congelan las ideas. 

Yo tomé otra valija y la silla de ruedas en la que llevaba a mi abuelo. Me llamaba la atención la apariencia de mi tío, al que no había visto hacía tiempo. Estaba notablemente más grande, con profundas ojeras, una barba entre peinada y desprolija, y un sobretodo largo y negro. 

—Estás distinto —le dije sin filtro, mientras cargábamos las cosas. 

Él rió apenas, algo incómodo. 

—Los años no vienen solos, sobri. Ya vas a ver —me guiñó un ojo, pero su sonrisa se sentía forzada. 

A pesar de eso, estaba contento de vernos, y nosotros a él, por lo que nada parecía fuera de lugar. Al menos no lo parecía hasta que llegamos a su casa, donde estaríamos hospedados por dos meses y medio. 

Era una casa pequeña, bastante antigua por fuera. Pero al entrar, nos sorprendió un distribuidor moderno, con puertas que llevaban hacia tres habitaciones, dos baños y un arco que indicaba la entrada a la cocina-comedor.

Imagen generada

La primera tarde allá fue bastante normal. Después de saludarnos afectuosamente, como lo hacen las familias que no se ven hace tiempo, comimos y, después de salir a caminar por los alrededores de abundante naturaleza, volvimos, tomamos un té y nos fuimos a dormir. 

Fue con el paso de los días que el ambiente empezó a tornarse pesado. 

Poco después de nuestra llegada, se cumplió el aniversario de la muerte de la madre de mi tía. Según lo que me habían contado, no se llevaban muy bien, pero ahora mi tía parecía sentirse muy angustiada al recordarla. Esa noche, se fue a dormir temprano, entre sollozos. 

—No me hablen, por favor —dijo bajito, secándose las lágrimas—. Hoy no puedo. 

Atrás de ella, mi tío intentó consolarla. 

—Ya está, amor... ya pasó—decía, sin lograr calmarla. 

Después de eso, verla fue algo más extraño, porque pasaba sus días pintando en una de las habitaciones. Apenas hablaba. 

Una mañana, al despertar, abrí los ojos ligeramente, viendo hacia un lado de la cama. Y ahí estaba mi tía —o alguien igual a ella— parada al lado mío, mirándome fijamente con una sonrisa. Sin procesar lo que había visto, cerré de nuevo los ojos. Cuando entendí lo que había pasado, los abrí rápidamente... pero ya no había nadie.

Después de eso comenzaron las discusiones. Eran sobre cosas sin importancia, pero subían de tono muy rápido

—¿¡Por qué dejaste la luz del baño prendida!? —gritaba mi tía. 

—No fui yo…— Decía molesto. 

—¡Ya les dije mil veces que no gasten electricidad al pedo! 

Con el tiempo, puso más reglas en la casa. Ridículamente estrictas. 

—Se pasa la aspiradora todos los días, ¿entendido? 

—¿Todos los días? —pregunté sorprendido. 

—Sí. Y nada de hablar de "esas cosas raras". Ni se acerquen al cuarto del fondo. 

Yo siempre había sido un chico simple y bastante libre para decir lo que pensaba. Pero este ambiente empezó a afectarme. Desarrollé tics nerviosos, hacía ruidos con la nariz, parpadeaba fuerte, fruncía los labios hacia la nariz. Se trataba de un ambiente incómodo. 

Aunque íbamos de museo en museo y de lugar pintoresco en lugar pintoresco, el momento de volver a casa era simplemente indeseable. Y las cosas raras no terminaban. 

—¿Vos también viste eso? —me preguntó mi prima una tarde, mientras cruzábamos el pasillo. 

—Sí... una sombra. Y alguien dijo mi nombre —respondí. 

—Pero no hay nadie más en la casa... —dijo ella, mirando hacia atrás. 

Fue apenas un día antes de la fecha de vuelta a Buenos Aires que la vi por primera vez. Una tarde, mientras veía las noticias con mi tío —ya hablaban del COVID y las calles vacías—, vi que pasaba frente a la puerta una tela blanca. Parecía la parte inferior de un vestido. 

Me levanté y fui a ver quién estaba caminando con ese vestido tan peculiar, pero no encontré a nadie. 

Un día después, estábamos volviendo a casa. Por suerte. Porque apenas llegamos a Buenos Aires, anunciaron que cerrarían los aeropuertos y se proclamó la pandemia. 

—Si nos quedábamos un día más, nos quedábamos allá —comentó mi abuela en voz baja. 

¿Habrá sido un favor de ella el haber podido volver? 

Pasaron los años, y con ellos llegó esa noche. Donde entendí que ella no había quedado allá en Italia. Me había seguido hasta acá. 

Eran las dos de la mañana. Me levanté a tomar agua. Mi habitación da casi de frente al pasillo que lleva a la cocina. No es particularmente aterrador, pero de noche es oscuro, solo para valientes. Aun así, fui. 

Al dirigir la vista hacia allá, vi a una mujer que me daba la espalda, caminando hacia el otro lado. Llevaba un vestido blanco que parecía iluminado, flotando con su andar. Su cabello era corto y negro. 

—¿Mamá? —pregunté, sin pensar, levantando la voz—. ¿Qué hacés despierta? 

No respondió. Solo siguió caminando. 

Me quedé quieto. El corazón me latía fuerte. Después de un segundo, giré y volví a mi cama sin tomar agua. Esa noche, sin embargo, dormí bien. 

A la mañana siguiente, mientras desayunábamos, pregunté: 

—¿Ma, anoche eras vos en el pasillo? 

Ella frunció el ceño. 

—¿Yo? No, anoche dormí en lo de tu madrina. ¿Por? 

Tragué saliva. 

—Nada… nada. 

La historia se hizo conocida por mis familiares más cercanos, y empezamos a llamarla de broma “la señora de blanco”, sabiendo que a mi hermano más chico le daba miedo. Pero nunca sentí que fuera mala. 

Esa impresión se confirmó durante una semana terrible en la que me enfermé de dengue. Siete días sin poder levantarme, sin ganas de comer, con fiebre altísima. 

Una noche, la vi de nuevo. Estaba sentada en mi cama, inclinada sobre mí, con las manos en mi rostro. Tenía facciones jóvenes, ojos amables. 

—Vas a estar bien —me dijo en voz suave—. Estoy acá para vos. 

Y así fue. Poco tiempo después, me recuperé. 

Desde ese momento, aunque haya pasado poco más de un año, no la volví a ver. Quizás deba agradecer. Porque creo que está ahí para protegerme. Y mientras no la vea... supongo que significa que no hay de qué protegerme.

 

Mi hermana nunca contó nada particular sobre su viaje a Italia. Pero este año sería el turno de mi hermano de irse para allá... Aunque de mis tíos no sabemos nada desde entonces. Ni tampoco de las cosas que habitan —o habitaban— en su casa.

Comentarios 1

L
La Bruja del Cineland25 de junio de 2025
¡Historia paranormal! Me gustan tus detalles sobre la pandemia. Un fantasma que sigue a una familia desde Europa hasta Buenos Aires... ¡por favor continúa escribiendo!