mi amigo el moustro
Reseñas generalesEl primer día que vi al monstruo, estaba escondido debajo de mi cama. No era peludo ni con tentáculos como en los cuentos de hadas, sino delgado como una sombra alargada, con articulaciones que se doblaban en ángulos imposibles. Sus ojos brillaban como monedas mojadas bajo la tenue luz de mi lamparita nocturna, y cuando sonreía, mostraba tres hileras de dientes afilados como agujas.
—*Hola* —susurró, y su voz sonó como el crujido de hojas secas—. *Tú también tienes miedo, ¿verdad?*
Yo tenía siete años y acababa de pasar la última hora escuchando a mis padres discutir en la cocina. Las palabras "divorcio" y "abogado" flotaban como cuchillos en el aire. Me había refugiado bajo las cobijas, hasta que un frío repentino me hizo mirar hacia el espacio vacío bajo mi cama.
—¿Vas a... comerme? —logré preguntar, aunque mis dientes castañeaban.
El monstruo rió, un sonido que hizo que los vidrios de mi ventana vibraran levemente. *—Prefiero los miedos. Saben mejor que la carne. Los tuyos huelen a leche agria y lápices rotos. Deliciosos.*
Así comenzó nuestro peculiar ritual. Cada noche, cuando la casa se sumía en silencio, aparecía arrastrándose desde ese espacio oscuro que todos los niños temen. Yo le ofrecía migajas de las galletas de chocolate que robaba de la alacena (descubrí que adoraba las chips semi-derretidas), y él, a cambio, se comía mis pesadillas. No literalmente, aunque al principio pensé que sí. Más bien, absorbía esa opresión en el pecho antes de un examen, el nudo en la garganta cuando el matón de la escuela me empujaba contra los lockers, o el vacío helado al escuchar el portazo de mi padre al marcharse.
—*Los humanos son fascinantes* —reflexionó una noche mientras jugueteaba con mi osito de peluche—. *Inventan monstruos para explicar sus miedos, y luego les temen a sus propias creaciones.*
Cuando cumplí doce años, noté que el monstruo comenzaba a cambiar. Su silueta se volvía más difusa, como un dibujo al que le faltara tinta. Una noche apareció del tamaño de un gato, luego de una rata, hasta que apenas era un bulto tembloroso bajo mi almohada.
—*Tu miedo se está acabando* —dijo con una voz que apenas era un suspiro. Hablaba con melancolía, como si extrañara aquellos días en que yo temblaba ante truenos o películas de terror.
Para entonces, ya había aprendido la verdad: los monstruos más peligrosos no vivían bajo las camas, sino dentro de las personas. Lo vi en la mirada vidriosa de mi madre cuando tomaba sus pastillas, en los puños cerrados de mi padre cuando hablaba de la manutención.
La última vez que lo vi, tenía dieciséis años. Mi padre llevaba cuatro años ausente, y mi madre lloraba en silencio frente a la nevera vacía. El monstruo era apenas un hilacho de niebla con dos puntos brillantes.
—*Ya no tengo miedos que darte* —le dije, aunque mentía. Lo que sentía ahora era demasiado complejo para nombrarlo.
—*Claro que sí* —respondió mientras se desvanecía—. *Pero este... este es demasiado grande incluso para mí.*
Se esfumó dejando solo un rastro de olor a caramelo quemado. Durante años pensé que había sido producto de mi imaginación infantil.
Hasta esta noche, cuando mi hijo de cinco años me despertó gritando. *—¡Papá! Hay un hombre oscuro en el armario que quiere mis miedos!*
Sin dudar, tomé una galleta de chocolate de la cocina y la coloqué en el suelo frente al armario entreabierto. *—Este es mi viejo amigo* —susurré—. *Él te ayudará.*
Y en la esquina más oscura, por un instante, distinguí el brillo familiar de dos ojos como monedas mojadas... y el destello de demasiados dientes sonriendo. El ciclo, al parecer, estaba destinado a repetirse.


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